Los dos procesos electorales presidenciales más recientes celebrados en Colombia y Perú, junto con el que tuvo lugar el año pasado en Honduras, han producido resultados muy cerrados, con diferencias mínimas entre los candidatos que compitieron en las segundas vueltas. Los triunfos exiguos generaron situaciones de tensión máxima con denuncias por irregularidades, la extensión de un amplio sentimiento de agonía, euforia para los vencedores y desánimos para los derrotados. La polarización ha vuelto a definir el escenario. Sin embargo, esta realidad, por recurrente, amerita una reflexión más sosegada para poder entender lo acaecido desde una perspectiva distinta.










