En La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia (Tinta Limón) de Walter Benjamin encontramos al mismo tiempo que las célebres “tesis de filosofía de la historia” escritas en 1940, las diferentes variantes de su elaboración, diferentes fragmentos sobre teoría del conocimiento de La obra de los pasajes y el Fragmento teológico-político.
Una de las claves para comprender la historia en la perspectiva benjaminiana será a partir del concepto de experiencia que nos obliga a determinar tres rasgos específicos de la misma: la singularidad, la inanticipabilidad y la testimonialidad. La relación entre historia y experiencia, asimismo, da cuenta de la finitud y la muerte como la potencia dislocadora de todo acontecimiento.
En otros términos, la muerte como instante de la experiencia será la condición de la temporalidad que atraviesa a la historia.
En este sentido, otro elemento crucial para la concepción filosófica de lo histórico según Benjamin será la experiencia religiosa que implica un cambio, una transformación, una conversión del sujeto y de su relación con los demás que lo confronta con lo inédito. Lo religioso será un orden trascendental del carácter de un shock.
De manera que materialismo histórico y teología son dos dimensiones fundamentales en la filosofía de la historia de Benjamin ya que pensar la historia también requiere pensar su fin y lo mesiánico como germen de ese acabamiento.
El proyecto benjaminiano no concibe a la historia desde una dinámica de progreso o avance sino, por el contrario, desde la discontinuidad, a partir de la sucesión de rupturas, por ello lo mesiánico (en tanto quiebre) se torna necesariamente un elemento constitutivo de esta dialéctica con el materialismo.
Benjamin, por tanto, discute con el progresismo, el historicismo y el fascismo respecto de sus formas de concebir lo histórico. Particularmente, en relación con la modalidad fascista el autor alemán sostendrá que el fascismo reduce la historia a la facticidad, convirtiendo de este modo la historia en naturaleza y la dinámica de las fuerzas que constituyen la historia en una lucha perpetua por la dominación del modo más brutal.
Dentro de las dieciocho tesis sobre el concepto de historia tal vez el pasaje más célebre se encuentre en la séptima donde Benjamin afirma: “No existe un documento de la cultura que no lo sea a la vez de la barbarie. Y como en sí mismo no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión por el cual es traspasado de unos a otros”.
Sobre la articulación entre materialismo y teología, el autor alemán dice: “Mi pensamiento se relaciona con la teología como el papel secante con la tinta. Está completamente empapado en ella. Pero si dependiera del papel secante, no quedaría nada de lo escrito”.
En el marco de La obra de los pasajes encontramos ampliaciones sobre la cuestión histórica aplicada a otras nociones centrales del diccionario benjaminiano como la “dialéctica en suspenso” que remite de modo directo a la imagen.
Así lo fundamenta el filósofo alemán: “La imagen es la dialéctica en suspenso. Pues mientras la relación del presente con el pasado es una puramente temporal, la de lo sido con el ahora es dialéctica: no de naturaleza temporal, sino imaginal. Sólo las imágenes dialécticas son genuinamente históricas, es decir: no arcaicas”.
Benjamin nos ofrece una verdadera filosofía contemporánea, tanto en su dimensión política como estética, donde el estatuto para pensar la temporalidad es el acontecimiento material configurado desde la conciencia de la finitud pero al mismo tiempo que hace de lo teológico la constitución de la dimensión histórica.
Esta cita del fragmento teológico-político lo deja al descubierto con su radicalidad y belleza: “Sólo el Mesías mismo consuma todo acontecer histórico, y en este sentido: sólo y primeramente él libera, consuma, crea la relación de ese acontecer con lo mesiánico mismo”.
La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia, de Walter Benjamin (Tinta Limón).








