Para encontrar a los únicos partidos de Brasil con una línea ideológica clara, es necesario mirar a la izquierda o al fondo a la derecha. Solo el Partido de los Trabajadores de Lula, el PT, la escisión que le nació al PT cuando llegó por primera vez al poder, que se llama PSOL, y el partido centrista que viró a la ultraderecha con el desembarco de los Bolsonaro, el Partido de la Libertad, mantienen una línea firme de defensa de unos principios. Entre esos dos extremos, existe un amplio espacio político poblado por el llamado Centrão, el gran centro, una constelación de partidos veleta. Conservadores en asuntos morales y liberales en economía, son de lo más flexibles, conocidos por ofrecer su apoyo parlamentario al mejor postor. La novedad en esta elección es que el Centrão apuesta por la neutralidad en la elección presidencial, sin declarar de antemano su apoyo al ultra Flávio Bolsonaro o al líder de la izquierda, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva.
Seis relevantes partidos del Centrão, incluidas las formaciones en las que militan los presidentes de las dos Cámaras del Congreso, han decidido renunciar a presentar candidatos a la presidencia o apoyar públicamente a ninguno de los otros candidatos. En concreto, el MDB, el PSDB/Cidadania, Progressistas, União Brasil, Republicanos (vinculado a la Iglesia Universal, una poderosa denominación evangélica) y Podemos. Hace cuatro años, los principales entre ellos estuvieron del lado de Jair Bolsonaro, padre del principal rival de Lula ahora.
Las encuestas muestran desde hace meses al dúo Lula-Flávio Bolsonaro en cabeza, muy por delante de cualquier otro aspirante y con el presidente del Gobierno en el liderato. El sondeo más reciente apunta a un empate técnico. Ante ese panorama, el Centrão extrema la cautela, prefiere no apostar sus fichas a ninguno de ellos.
De todos modos, tras la apuesta por la neutralidad de ese centro oportunista, o pragmático, según se mire, existen otros factores importantes. El principal, el poder que en las últimas legislaturas el Congreso le ha arrebatado al presidente, sea del color que sea, mediante las llamadas enmiendas parlamentarias. Gracias a ellas los parlamentarios pueden decidir el destino de una parte creciente del presupuesto gubernamental, que suelen invertir en sus feudos electorales.
La clave es que el trozo de tarta sobre el que deciden aumenta exponencialmente desde 2015. Si entonces decidían sobre nueve millones de dólares, la cuantía se ha multiplicado por mil, hasta casi 9.000 millones.
Claudio Couto, de la Fundación Getúlio Vargas, explicó en un reciente seminario sobre las elecciones que “eso significa que, antes el Congreso se alineaba con el Gobierno porque lo necesitaba, pero ahora no necesita hacer concesiones al presidente para reelegirse”. Couto recalcó que, pese a lo trascendental del cambio, “el electorado todavía no se ha percatado” y presta una atención mucho mayor a la votación de presidente que a la del Congreso, que muchos electores votan en decisiones apresuradas de última hora.
Lula ganó los anteriores comicios presidenciales por 1,8 puntos. De aquella elección, la más reñida de la historia de Brasil, salió el Congreso más derechista, con el PL de Bolsonaro con el mayor grupo parlamentario, seguido del PT de Lula. Por ese motivo, cada una de las leyes que el Gobierno ha requerido una dolorosa negociación parlamentaria. Así salió adelante la exención fiscal para los brasileños que ganan menos de 5.000 reales al mes.
Lula confía en que esa apuesta por la neutralidad aumente sus probabilidades de atraer el apoyo del electorado de centro. En las últimas semanas ha acelerado las negociaciones con los presidentes de ambas Cámaras del Congreso para aprobar medidas de calado como el fin de la jornada 6×1 (que el vigente seis días de trabajo por una libranza se convierta en 5×2) y allanar así su camino a la reelección.
El líder indiscutible de la izquierda brasileña concurre, como en 2022, al frente de una amplia coalición y con su vicepresidente, Geraldo Alckmin, de nuevo como número dos. Lula ha elegido repetir fórmula electoral con Alckmin, un antiguo rival y símbolo de la derecha clásica, con la mirada puesta en el elector moderado. La alianza con Alckmin, con el que ha construido una gran relación, ayuda al líder del PT a suavizar el extendido antipetismo.









