¿Cuánto incide el entorno y aquello que está al alcance de las manos en los procesos creativos? ¿Se puede dejar un mensaje al mundo desde la realidad individual? Estas preguntas parecen estar suspendidas en el aire de la muestra El árbol de la vida y la abundancia del reconocido artista colombiano Abel Rodríguez o Mogaje Guihu (su nombre indígena, que significa «pluma de gavilán resplandeciente»), que falleció en 2025 a los 84 años.
Reconocido como una de las figuras más relevantes del arte latinoamericano contemporáneo, además de una de las primeros personas indígenas en ingresar al circuito y el mercado internacional, Rodríguez nació a orillas del río Cahuinarí, en la Amazonia colombiana y fue uno de los últimos miembros de la etnia nonuya, que fue «cruelmente diezmada durante el llamado holocausto del caucho, ocurrido en la región entre fines del siglo XIX y comienzos del XX» explican los curadores de la muestra, Adriano Pedrosa y Leandro Muniz, director artístico y curador asistente del Museo de Arte de São Paulo (MASP).
Criado por la familia de su madre, desde los ocho años fue formado como un “sabedor”, alguien capaz de reconocer y nombrar todas las plantas de la selva, sus usos prácticos y simbólicos, junto a la trama de relaciones que tejen con los animales, las personas y el territorio.
Malba expone El árbol de la vida y la abundancia de Abel Rodríguez hasta agosto. Foto: Alejandro Guyot, gentileza.La magia de Rodríguez
Un captor de conocimiento ancestral y eterno. Esa era la magia de Rodríguez, poseedor de una cualidad que, sin imaginar, décadas más tarde lo impulsaría hacia el mundo del arte, donde se convirtió en una figura muy singular en la cultura del arte colombiano.
Malba expone El árbol de la vida y la abundancia de Abel Rodríguez hasta agosto. Foto: Alejandro Guyot, gentileza.«Además de Doris Salcedo, no existen muchos artistas que hayan tenido tanta proyección internacional, en especial si se tiene en cuenta que Abel era una persona indígena y que no recibió ninguna educación formal. Más allá de eso, considero que es muy importante no colocar al artista bajo ninguna categoría preconcebida, algo insuficiente e incluso violento, sino entender que sus obras tuvieron como propósito la transmisión del conocimiento», comparte Muniz.
Esos saberes botánicos infinitos y precisos que adquirió durante toda su vida, están representados en las obras que hoy se despliegan alrededor de la sala del Malba y que conformar la primera exhibición después de su fallecimiento, a través de la cual se busca dar una mirada más precisa sobre los aspectos fundantes de su práctica y expandir la mirada que se tiene sobre su legado.
Rodríguez no fue un artista ingenuo o naif, algo que puede suponerse por los aspectos estéticos de su obra sino «un naturalista, un educador y conocedor de las prácticas ancestrales de su comunidad y que formó una parte central de un organigrama social, a través del cual se transmiten los saberes que ayudarán a la supervivencia de la naturaleza», continúa explicando Leandro, que al igual que Pedrosa, lamentó mucho la perdida del artista en pleno proceso de la exhibición.
Para la comunidad que lo vio nacer y crecer, antes de que tuviera que mudarse de manera forzosa a Bogotá durante los años 90 a causa de los terribles avatares sociopolíticos, el avance del conflicto armado, el narcotráfico y el extractivismo en la región, el concepto de arte existe.
Malba expone El árbol de la vida y la abundancia de Abel Rodríguez hasta agosto. Foto: Alejandro Guyot, gentileza.Sin embargo, es más importante la idea de «Imitia», una palabra de poder y transmisión del saber, por lo que el valor más relevante de la obra de Rodríguez es la información de fondo, los secretos que abren un portal hacia la preservación de algo que un espectador citadino a primera vista podrá parecer poco relevante.
En cuanto a ese punto, ambos curadores son conscientes e invitan a entender que, al no formar parte de ninguna comunidad indígena, hay aspectos que nunca llegarán a comprenderse y eso también es parte del proceso.
«Existen detalles en cada una de las obras que solo Abel sabría percibir en su totalidad», alerta Muniz, así como también invita a abrazar ese misterio y entender que por más bellas y placenteras que sean, muchas existen debido al desplazamiento territorial que el artista no eligió.
Malba expone El árbol de la vida y la abundancia de Abel Rodríguez hasta agosto. Foto: Alejandro Guyot, gentileza.Conocimientos de la selva
Cuando estaba en sus cuarenta, Rodríguez se conectó con el arte a través del dibujo, cuando la organización no gubernamental Tropenbos Internacional Colombia, que estaba haciendo una investigación que buscaba preservar los conocimientos de la selva desde el punto de vista de la gente que allí vivía, lo convocó e incentivó a incursionar en el dibujo, al igual que otros artistas, como por ejemplo su hijo.
Malba expone El árbol de la vida y la abundancia de Abel Rodríguez hasta agosto. Foto: Alejandro Guyot, gentileza.Luego en Bogotá, las cosas comenzaron a acelerarse cuando conoció a los curadores José Roca y Oscar Roldán-Alzate, que estaban muy interesados en la relación entre arte y naturaleza, algo que desplegarían en su producción curatorial, incluyendo a Rodríguez en importantes exposiciones internacionales.
Después de ganar el Premio Prince Claus, uno de los más prestigiosos de Europa, su proyección internacional escaló y comenzó a tomar protagonismo en Documentas y Bienales, llamando la atención del mercado, algo que se detecta incluso en el uso de materiales que fue cambiando a lo largo del tiempo. Sin embargo, en muchas ocasiones Rodríguez fue presentado de manera genérica y no se indagó realmente en sus búsquedas e inquietudes.
Malba expone El árbol de la vida y la abundancia de Abel Rodríguez hasta agosto. Foto: Alejandro Guyot, gentileza.Es por eso que El árbol de la vida y la abundancia busca desentrañar los aspectos más profundos y, dividida en diferentes núcleos, conecta con su práctica fundante y enaltece la verdadera potencia de su conocimiento.
El árbol de la vida y la abundancia de Abel Rodríguez se puede visitar todos los días –excepto martes– de 12 a 20 hasta el 23 de agosto en el Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415).










