Obsolescencia programada (Editorial La Pollera), el nuevo libro del joven escritor Manuel Cantón (Buenos Aires, 1996), en su conjunto, pone el foco en una suerte de viaje en el tiempo, entre el siglo XIX y comienzos del XX, tomando algunas frases de puntapié como “la tradición de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, de Karl Marx, o “la historia es primero un drama, después un museo”, de Flavia Calise.
El punto de partida es 1887, en Buenos Aires. Es la época donde se traza la primera etapa de la federalización de la ciudad capital, a la vez que se consolidaba el Estado Nación con la mano férrea de Roca y Juárez Celman. Antes de popularizarse la electricidad, en esa tierra todavía desértica que se moderniza vigorosamente, un hombre ofrece macabros espectáculos dándole chispazos a cuerpos fallecidos que los “devuelven a la vida”.
Los cadáveres –generalmente delincuentes fusilados– son alquilados a un sepulturero de Chacarita que los saca de una fosa común, con la idea de “conquistar la muerte” en un show callejero. Hasta que un día aparece la huérfana de uno de estos muertos y el hombre deberá llevar su acto a otro nivel para poder salir con ella de la miseria. Ese es uno de los cuentos del volumen.
Al hueso de las acciones
Bajo un estilo de párrafos cortos, directos y muchas veces inquietantes, casi al hueso de las acciones, Cantón escribe con gracia, cierto salvajismo y un intencionado despojo en relatos que van de la historia argentina a los efectos de la tecnología en la vida cotidiana, de sucesos aparentemente menores a quiebres que llevan a los personajes a descubrimientos inesperados.
“No sería la primera vez: como todos los italianos, es un hombre volátil y caprichoso”, se lee en el cuento de los macabros espectáculos, donde se anda a carro y los inmigrantes pueblan las calles.
“En Balvanera la ciudad ya es poco más que una barriada. Entonces las farolas se hacen más espaciadas, y finalmente, antes de llegar a Palermo, desaparecen. El camino se torna oscuro, pero pronto los ojos se acostumbran a la luz de luna. Está en su fase gibosa. El carro hace sombra contra la tierra”.
Monjas, crímenes, pueblos, pintores, niñas huérfanas y la electricidad que “ya no es juguete de científicos y curiosos. Ahora es un bien público. Y como todo lo público, va a ser aburrido y banal”.
“Dicen que el pasado no importa mientras el presente sea honorable; yo soy un convencido de que lo primero es cierto, incluso cuando, como es mi caso, no se pueda probar lo segundo”, dice otro personaje, entre rumores, sorpresas, aventuras, ideas y hallazgos, como la primera vez que alguien va al cine y se maravilla con Juana de Arco en la versión muda de Georges Méliès o de pronto irrumpe un reguero de sangre que “manaba sobre un piso de madera” o un chorro de sangre que “salpica el pecho”.
Hay cuentos que se sitúan en otros años, como en 1935, cuando se cuenta la historia de una antena en forma de torre y la pasión por la música en un invento artliano de un sereno: “Todo el resto de la habitación –sobre todo la pared opuesta– estaba ocupado por un gran aparato de radio, que crecía sobre la pared como las raíces de un árbol oxidado; había botones, perillas y palancas distribuidas por doquier; había por lo menos siete parlantes, aunque no todos parecían funcionales; había cables gruesos y cables podridos, consumidos por el óxido que venía del mar. Un tango sonaba tan fuerte que hacía temblar los cristales de la única ventana”.
O en 1951, donde hay una carta dirigida desde Catamarca a Perón y a Eva, que arranca con las siguientes palabras: “Tengo el honor y el atrevimiento de dirigirme a usted, Señor Presidente, porque estoy desesperada. Los últimos meses han sido muy duros para esta humilde viuda, más duros incluso que la ardua vida de la tierra, a la que mal que bien ya estoy acostumbrada”.
Luego surgen partos, una misteriosa “Plaga”, secuestros, artefactos estrafalarios como una máquina de hacer llover, movimientos guerrilleros, granizos, conferencias de físicos, soldados y prisioneros, recortes de diarios, progresos técnicos y fechas entrelazadas.
En la última parte, los hechos se trasladan a 2002, más precisamente a un pueblo chico de Córdoba llamado 25 de Mayo, donde los lugareños aseguran que por la noche se escuchan fantasmas de “voz quebrada”. En realidad, la comarca fue construida para dar lugar al reality «La gran Argentina», en consonancia con la proliferación del género televisivo en las pantallas y un rating tan voraz como escurridizo.
Manuel Cantón es autor de Obsolescencia programada (La Pollera). Foto: redes sociales.“25 de Mayo nació de un proyecto igual de insólito que la frontera e igual de ambicioso que el ferrocarril, pero mucho más reciente; un proyecto que fue a la vez un experimento meticuloso y una apuesta inconcebible; un proyecto que, cuando el país se estaba derrumbando sobre sí mismo, amagó a rescatarlo con la fuerza bruta de su espectáculo”, escribe Cantón en el relato, donde asoma la familia Pistarini, tucumanos de origen, y con ellos acontece una revolución en la zona, con una trama de colonos, éxodos y repoblamientos.
Entre lo real y la ficción disparatada
Cantón –autor de otro libro de cuentos llamado Un año sin verano, corrector editorial y colaborador en Revista 27, Cuarta Prosa, La Agenda y Orsai, entre otros; uno de los ganadores de la Bienal de Arte Joven de la Ciudad en 2019, y que formó parte de la antología de cuento Divino tesoro, publicada por Mardulce–, pivotea entre el registro de lo real y la ficción disparatada, con ecos de escritores como Martín Felipe Castagnet y Michel Nieva, en remover los restos de la modernidad y su relación con la tecnología, la cultura popular y la ciencia ficción, el gótico y el futurismo.
Sus criaturas sortean, así, las dificultades de adaptación ante un gran cambio social, político o histórico, y no casualmente el título Obsolescencia programada hace referencia a la planificación de los emporios tecnológicos por diseñar una vida útil de sus aparatos desde fábrica, un truco que termina en que el consumidor tenga que cambiarlos sí o sí en poco tiempo por otros, seducidos principalmente por nuevos modelos.
Entre los archivos y la memoria, la mediatización de la vida privada, el soñado y oscuro progreso y sus desechos técnicos, la humanidad –parece decir Cantón en sus cuentos– flota, a veces desconcertada, a veces animada, a veces devastada, entre viejas y nuevas formas de entender, vivir y contar el mundo.
Obsolescencia programada, de Manuel Cantón (La Pollera).










