“Estoy por cumplir cincuenta años. Antes de que me descubrieran la enfermedad pensaba que morirme ya no importaría, que había vivido mucho y bien. Ahora pienso en sobrevivir con pañales descartables y me parece una perspectiva maravillosa”, escribe Ana María Shua (Buenos Aires, 1951) en “Un canto a la vida”, el texto que abre El cuerpo roto (Páginas de Espuma).
A los 74 años, Shua vuelve a un territorio que conoce bien: el de las historias donde el cuerpo y la imaginación se enfrentan a sus propios límites. En los doce relatos que integran El cuerpo roto, la enfermedad, el duelo y la fragilidad física aparecen atravesados por el humor, la ironía y una mirada que desconfía de cualquier épica de la supervivencia.
Con una trayectoria que va desde la poesía de El sol y yo (1967) hasta novelas como Soy paciente (1980) y La muerte como efecto secundario (1994), nos recibe en su departamento porteño, lleno de retratos familiares y atravesado por la luz que entra desde los grandes ventanales que ofrecen una postal de la ciudad de Buenos Aires.
En la cocina intenta preparar café con una máquina que, según cuenta, solo obedece a su marido. Lo intenta varias veces. Cuando el aparato vuelve a ignorarla, improvisa un filtro y sigue adelante.
–El libro tiene una estructura muy particular, casi un ritual circular que empieza con la vida y termina con la muerte. ¿Cómo fue el proceso de recuperar textos que mantuviste guardados durante décadas?
–La organización del libro nació de una conversación fundamental con mi editor, Juan Casamayor. Yo le mandé los cuentos sin saber bien cómo ordenarlos, y él me propuso esta lógica: primero el enfermo, después los médicos y finalmente los cuidadores. Pero lo más fuerte fue recuperar dos textos muy personales. El primero y el último, “Después de la muerte”, es una crónica del velorio de mi papá que escribí apenas dos años después de que él muriera, allá por 1977. Lo tuve guardado casi cincuenta años por pudor, porque allí aparecían mi mamá, mi hermana, mi historia más íntima.
Olor a muerte
“Hay olor a muerte. El hombre está acostado en la cama. Tiene puesto una piyama nuevo. celeste. Al lado, sobre la cama, está la hija menor, frotándole el pecho con masajes circulares. Tócalo, dice la mujer a la hija mayor. Todavía está caliente”, describe Shua el encuentro con su padre en “Después de la muerte”.
–En ese relato mencionás que a los 23 años “no sabías que existía la muerte”. ¿Publicarlo ahora es una forma de tomar distancia o de cerrar una herida?
–Es que, aunque parezca mentira, a esa edad yo no tenía clara conciencia de la muerte; mis abuelos aún vivían. Cuando mi papá murió a los cincuenta años, de una embolia pulmonar unos días después de una operación que parecía sencilla, fue como si el cielo se cayera sobre mi cabeza. Escribir ese cuento no fue una liberación, sino una forma de ordenar el caos. Los años me permitieron transformar el dolor en recuerdo, y sentí que finalmente el texto tenía derecho a ser publicado.
–El libro abre con “Un canto a la vida”. El título parece irónico, pero termina siendo profundamente vital. ¿Cómo nació ese texto?
–Totalmente. En el cine, un “canto a la vida” suele ser la historia de alguien con una enfermedad terminal o un parapléjico que deja una lección. Yo quise alejarme de eso. Lo que aparece en bastardilla en el cuento es lo que escribí las primeras dos semanas después del diagnóstico de metástasis. Después, la quimioterapia me barrió la personalidad y ya no pude escribir nada más. Veinte años después retomé esos fragmentos para contar cómo fue sobrevivir a ese “tanque” que te pasa por encima.
–Te rebelás contra la retórica del “enfermo guerrero”. ¿Por qué te molesta tanto que la gente hable de “luchar” contra el cáncer?
–Me molesta la obligación de ser valiente. La enfermedad incluye miedo, cobardía y agotamiento, y quise reivindicar esa verdad. La gente te dice “¡qué luchadora!”, pero uno no lucha: uno está ahí y le pasan cosas. La lucha es del cuerpo, no de la voluntad del paciente. Además, los estudios dicen que el optimismo no influye en la curación, solo hace que la pases un poco mejor mientras estás enfermo.
Me molesta la obligación de ser valiente. La enfermedad incluye miedo, cobardía y agotamiento, y quise reivindicar esa verdad.
–En ese tránsito aparecen también las “soluciones mágicas”. En el libro hay pasajes casi cómicos sobre las propuestas de medicina alternativa que recibiste.
–¡Es que son increíbles! Me han propuesto desde viajes astrales por el interior de mi cuerpo para pelear contra el tumor hasta comerme 28 gorgojos vivos. A una de mis hijas le trajeron un hormiguero de vidrio lleno de gorgojos. En situaciones de desesperación, uno se agarra de lo que sea, pero desde una mentalidad científica es fascinante ver cómo la medicina alternativa ofrece miles de caminos seguros frente a la uniformidad de la quimio.
La escritora Ana María Shua. Foto: Emmanuel Fernández.–Alguna vez dijiste que solo existen dos aventuras universales: el amor y la enfermedad. ¿Por qué te interesa más la segunda?
–No es fácil de explicar. Es una elección arbitraria. Quizás viene de mi infancia; de chica me gustaban las novelas de aventuras y, como no puedo organizar una expedición al Amazonas, la enfermedad es la aventura que nos toca a todos. Siempre me fascinaron los textos sobre plagas y curaciones: desde Mujercitas, con la muerte de Beth, hasta Oliver Sacks, que es mi gran amor literario. Sacks escribía historias clínicas que en realidad son cuentos perfectos. También releí mucho para este libro Morfina, de Mijail Bulgákov, y El diario del año de la peste, de Daniel Defoe.
–Llama la atención la precisión con la que aparecen los términos médicos. ¿De dónde viene esa fascinación por ese lenguaje?
–Antes de terminar el secundario pensé que tal vez iba a estudiar medicina. Hice dos años de orientación vocacional. Era escritora de acá a la luna, pero me tentaba la medicina. Hasta que por suerte me di cuenta a tiempo de que lo que realmente me gustaba eran las palabras. A veces me dicen: “¿Cómo sabés tanto de medicina?”. Y yo no sé nada de medicina; lo que sé son las palabras. Me gusta la nomenclatura médica, el peso que cobra una palabra como “metástasis” cuando entra en tu vida. En el fondo, me fascinan las historias donde se juega algo de vida o muerte; por eso sobreviven los cuentos de hadas como Caperucita Roja o Blancanieves.
–En relatos como “Rita y el doctor” o “Los Gaspáridos” explorás la relación de poder entre médico y paciente. ¿Qué te interesa de ese vínculo?
–Es una relación sadomasoquista muy interesante, pero el sádico no siempre es el médico; a veces es el paciente. El cuerpo es violado por espéculos, agujas y sondas por estos “artistas” que practican el arte de curar. También me interesaba el conflicto con la familia. Los médicos dicen: “Con el paciente todo bien; el problema es la familia”, porque los familiares desconfían y siempre creen que hay un tratamiento mejor.
–El lugar de los cuidadores es central en El cuerpo roto. ¿Quién cuida al que cuida?
–El cuidador sufre tanto como el doliente, pero de otra manera. A veces uno llega a desear que la persona se muera para que deje de sufrir y, cuando se cura, te sentís culpable por lo que deseaste. Es una tarea que históricamente recayó sobre las mujeres. Aunque hoy tratamos de independizarnos, parece que hay un chip biológico o cultural que nos pone en ese lugar de primeras cuidadoras.
–En varios cuentos aparecen mujeres muy mayores como protagonistas. ¿Qué encontrás literariamente en esa etapa de la vida?
–A mis 74 años, el territorio de la vejez ya no me resulta tan misterioso. Es una etapa de despojamiento y de una honestidad feroz. Pero el verdadero misterio está en la demencia. ¿Qué pasa en la mente de alguien que pierde la palabra o cuya memoria se resetea cada siete minutos, como en “Como el mar”? Me interesa mostrar esa caída de la máscara y la revelación de una identidad íntima que los hijos muchas veces desconocen.
A mis 74 años, el territorio de la vejez ya no me resulta tan misterioso. Es una etapa de despojamiento y de una honestidad feroz.
–Sos considerada una referente del microrrelato, un género que hoy pareciera gozar de buena salud.
–El microrrelato tiene una tradición muy fuerte en la Argentina con Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, aunque antes los llamábamos “cuentos brevísimos”. Hoy mucha gente lo escribe, pero poca lo lee. Es como la poesía: si todos los que se presentan a concursos leyeran poesía, sería un bestseller. Escribir un mal microrrelato parece fácil, pero escribir una pésima novela da mucho más trabajo.
–Sin embargo, el cuento está ganando terreno frente a la hegemonía de la novela.
–Absolutamente. Hay una reivindicación en toda América Latina y España. El cuento está acortando la distancia con la novela. Durante mucho tiempo, los editores te decían: “Los cuentos están muy bien, pero tráeme una novela”. Yo me alegro mucho de este auge porque es el género que amo. Desde que el hombre tuvo lenguaje, lo primero que se contó fue un cuento.
La escritora Ana María Shua. Foto: Emmanuel Fernández.–En ese panorama, las mujeres están liderando la narrativa breve, como Samanta Schweblin o Mariana Enríquez.
–Samanta es un genio absoluto; le tengo muchísima admiración. Sus libros de cuentos sí se venden, pero sigue siendo una excepción en un mercado donde la novela es la reina. Es curioso: fui jurado del Premio Clarín y veía que algunos hombres se ponían seudónimos de mujer para asegurarse de que los leyeran con más atención. El lugar de las escritoras hoy es prepotente y maravilloso.
–Has pasado por el microrrelato, el cuento infantil, la poesía y la novela. ¿Qué te sigue llevando a sentarte frente a la computadora?
–Las ganas de no repetirme y de sorprenderme a mí misma. Sigo teniendo tantas dudas hoy como cuando empecé. Cada vez que empiezo algo nuevo hay una lucha contra las palabras; uno tiene algo maravilloso en la mente, pero al bajarlo al lenguaje, a veces la magia sucede y a veces no. Es una negociación constante.
Ana María Shúa básico
- Nació en Buenos Aires, en 1951 y publicó en 1967 su primer libro de poemas, El sol y yo. En 1980 su novela Soy paciente obtuvo el premio Losada.
- Otras novelas suyas son Los amores de Laurita, El libro de los recuerdos (Beca Guggenheim), La muerte como efecto secundario (Premio Ciudad de Buenos Aires en novela y Premio Club de los Trece), El peso de la tentación o Hija.
El Jurado de Honor del Premio Clarín Novela 2023, integrado por Carlos Gamerro, Samanta Schweblin y Ana María Shua. Foto: Cecilia Profetico- En 2009 sus cuatro libros de cuentos se publicaron reunidos con el título Que tengas una vida interesante.
- En 2014 obtuvo en su país el premio Konex de Platino y el Premio Nacional de Cuento y Relato.
- Sus cuatro primeros libros de microrrelatos son La sueñera, Casa de geishas, Botánica del caos y Temporada de fantasmas, que se publicaron reunidos en Cazadores de letras.
- En 2011 se publicó Fenómenos de circo y en 2019 apareció La guerra. Parte de su obra ha sido traducida a dieciséis idiomas.
- Fue, en los años 2022 y 2023, integrante del Jurado de Honor del Premio Clarín Novela.
El cuerpo roto, de Ana María Shúa (Páginas de Espuma).










