Se transformó en una de las actrices más convocadas en el mundo audiovisual. Es el talento y la ductilidad para encarna distintos personajes lo que la hacen tan particular a Mercedes Morán. Desde el 24 de este mes, luego de su presentación en la competencia de la Sección Oficial de la 74° edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián se podrá ver la serie Mis muertos tristes, por Netflix. En los papeles protagónicos además de Morán están Dolores Fonzi, Alejandra Flechner, Carolina Álvarez, Carlos Portaluppi, Germán de Silva y la actriz chilena Luz Jiménez. Son cuatro episodios basados en los cuentos de Mariana Enríquez, aunque el guión contó con la colaboración de Guillermo Calderón, Anastasia Ayazi y Pablo Larraín, quien además es el director.
—¿Qué fue lo que más te costó componer de esta médica que habla con los muertos?
—Con Pablo (Larraín, el director) llegamos a la conclusión de que este don que tiene y padece Ema la ha atravesado de una manera tremenda durante toda su vida, desde su infancia. Esto le ha hecho forjar un carácter muy especial, el de una persona que prácticamente no teme, no tiene culpas, ni se sobre adapta. No le cuesta decir las cosas como son a quien sea y no tiene pasión. Siempre el gran riesgo es que cuando querés componer un personaje de este tipo, la actriz parezca inexpresiva. Sabía que tenía que tener siempre la cabeza llena de pensamientos y estaba segura que con Pablo como director en la cámara iba a poder leerlos. Fue un trabajo de un minimalismo en el carácter muy grande. Atraviesa también su vínculo familiar con su hija, con su hermana y con su madre. Con respecto a la hija (Dolores Fonzi) me costó no ser una madre sobreprotectora, como soy yo. Hubo escenas en que la sentía crueldad.
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—¿Y su relación con los muertos?
—La familiaridad que siente con los muertos no me costó para nada, porque que tengo un vínculo no con muertos, pero sí soy consciente de que percibo más cosas de las que se ven. Fue muy liberador en ese sentido porque ese tipo de percepciones siempre son vistas desde un lugar de locura para con el que lo experimenta. Es como creer en Dios, en el infierno, en el cielo o en los ángeles, a nadie lo transforma en un loco.
—Aparece muy fuerte el vínculo con la madre y este año publicaste tu libro Madre mía. ¿Hay relación?
—No fue una necesidad mía, en realidad desde que hice Ay, amor divino (2016) la editorial se me acercó para que escribiera. Les dije que no, porque no soy escritora, escribo pero nunca pensé en publicar. Pasó mucho tiempo, murió mi madre y después de filmar Mis muertos tristes, me detuve por un tema personal, sentí que tenía que parar de trabajar y de viajar. Y se volvieron a acercar los de la editorial y ahí lo empecé a considerar. Además me ofrecieron que mi hija Manuela hiciera la edición y me puse a escribir. Ahora lo presento en Madrid.
—¿Sos crítica de tu nuevo trabajo de autora/narradora?
—Soy una gran lectora porque admiro mucho a los escritores y escritoras y sentía que no estaba a la altura de las circunstancias. Pero después la recepción de la gente fue muy buena y confío un poco más en que me salió bien.
—¿Cómo procesaste tu propio duelo?
—Cuando se nos muere la madre, nos aparece ese agujero tremendo, pero también algún tipo de alivio, en algunos casos. Cuando leí el cuento de Mariana (Enríquez) me había fascinado ese personaje. Nunca imaginé que después iba a venir una propuesta de la mano de un director que quiero y admiro tanto como Pablo con quien hice la película Neruda (2016). Me parecía un personaje increíble, que no se parece a ningún otro, vive un duelo en la confrontación que generalmente suceden después de la pérdida de una madre en la familia. En este caso también con la hermana, con la hija y al mismo tiempo está atravesando una situación en el barrio donde se va a vivir. Es fantástica y al mismo tiempo con una crítica social muy grande, Además fue muy anticipatoria, cuando la filmamos no había sucedido el caso de las tres chiquitas que asesinaron.
—¿Dónde se filmaron los cuatro episodios de la serie?
—Los interiores en Chile y los exteriores aquí, en ese barrio Piedra Buena en Villa Lugano, con esa estructura edilicia tan particular. Claramente la locación cuenta mucho. Trabamos con equipos chilenos y argentinos, con los que ya había trabajado.
—¿Mis muertos tristes forma parte del género del terror?
—Me parece que esos fantasmas con los que ella trabaja son otras partes nuestras. Es una gran metáfora. No es estrictamente género de terror, lo veo más como fantástico y social. Mariana está corrida de cualquier definición, por eso también me resulta tan atractiva.
—¿Crees que el hecho de que esté justamente La virgen de la tosquera ahora nominada para representar a Argentina en los Premios Goya es un impulso a la serie?
—Es poner en el mismo plano a una autora de literatura argentina que inspira con sus novelas y cuentos a ser filmados. También pasa mucho con Claudia Piñeiro. Trascienden otros géneros. Hay ahora como una tendencia que muchos guiones estén basados, inspirados o adaptados de novelas o cuentos. Hay algo de la literatura argentina y el audiovisual nacional que empiezan a dialogar y me parece interesante. En los últimos tiempos hay una cantidad de autoras maravillosas, que están siendo reconocidas en el mundo. Sé que habrá mucha presencia argentina en el Festival de San Sebastián. Juntarnos en este momento que nos pasa todo lo que nos pasa con nuestro cine y poder estar allá, donde es tan apreciado y valorado, es como un abrazo. Son momentos difíciles para la cultura, para los chicos que van a la escuela, para los que van a las universidades, para los artistas, en general. Hay algo que viene de arriba donde queda claro y expresado de todas maneras que la cultura es un gasto innecesario. Como ciudadana, la cultura es siempre una inversión y los países que no lo atienden tienen en un destino difícil.
—¿Te arrepentís de algo como madre o hija?
—Sí, por supuesto. Creo que son roles difíciles, en general disfuncionales. Esa fantasía de la familia perfecta y funcional es un vale como objetivo, pero que en general no sucede. La maternidad es un aprendizaje permanente y la de hijos adultos de la que no se habla es un tema muy interesante. Se habla de la madre con los bebés o con los adolescentes, pero no se habla de maternar hijos adultos. Es un rol nuevo que una tiene que aprender. Hay que saber ocupar otro lugar, acotado donde debés ver qué podés opinar: Tenés que correrte de ese lugar de protección o de consejo. Me equivoqué por supuesto, en muchas cosas, en otras creo haber acertado, pero es un aprendizaje como hija y como madre.
—¿Cuál crees que es el deseo de una madre con respecto a un hijo?
—Que sea feliz, que tenga salud y que descubra su vocación. Además que no esté atemorizado, que tenga una autovalorización importante. Es lo que uno desea en general para la gente que ama y especialmente para ellos, además deben saber de la incondicionalidad de este rol, que sepan que siempre voy a estar. También deseo que me recuerden con alegría, cuando ya no esté.
—¿Y la abuela?
—Ese rol es bárbaro. Estás eximida de criar, de poner límites y podés darle todos los gustos. Hay algo muy increíble que es que ves a algo de los padres, en los nietos. En mi caso noto a mis hijas que vuelven a encarnar. Cada una de mis nietas o mi nieto, me lleva directamente a la infancia de su madre y eso es precioso.









