Era un niño de 12 años, y su hermana de 14, cuando la madre les avisó que se iban a Estados Unidos. Hacía solo dos años del triunfo de la Revolución cubana y se regó, entre otros temores, la idea de que el nuevo gobierno le quitaría la patria potestad a los padres o mandaría a los críos a la Unión Soviética. Antes de abordar un avión hacia Miami, la madre le entregó a la hermana una guitarra; a él una caja de dulces. Once días después, sentado en la cama número 8 de un albergue de Kendall, Frank Rodríguez tuvo hambre.
Muchos cubanoamericanos se sienten estafados por Trump, pero la mayoría votará republicano: “Utilizan el dolor de nosotros”









