Julio Le Parc, uno de los artistas argentinos más influyentes del último siglo, murió este sábado a los 97 años en Paris, tras una carrera de más de siete décadas donde experimentó con el uso de la luz, el color y el espacio. Fue un maestro del arte cinético, el cual impulsó en los ’70 desde Francia, con el objetivo de explorar el movimiento de la obra y el espectador.
Actualmente se encontraba preparando una muestra retrospectiva de su trabajo, que inauguraría en unos días en el Museo Tate de Londres. «Le Parc quiere que los espectadores se sientan activos, de modo que sus actos de mirar y experimentar den vida a cada obra de arte. Quiere crear un arte más democrático que todos puedan disfrutar fácilmente», lo elogiaban desde el Tate.
Nacido en Mendoza e instalado en París, desde 1958, se convirtió en uno de los artistas plásticos argentinos de mayor repercusión internacional. Julio Le Parc se acercaba a los 100 años de edad, pero su actividad artística y su vigencia no decrecían. Por el contrario, se había convertido en un referente del arte argentino con proyección internacional, cada vez más reconocido y, fundamentalmente, como el hombre que abrió los caminos del llamado “arte cinético”.
“Las investigaciones de Le Parc sobre las diversas formas de involucrar y activar al público han redefinido y reinterpretado la experiencia del arte. Guiado por un firme espíritu utópico, Le Parc sigue considerando el arte como un laboratorio social, capaz de producir situaciones impredecibles y de activar lúdicamente al espectador de manera novedosa”, definió una de sus curadoras, Estrellita Brodsky, al presentar en 2016 la primera exposición individual (“Julio Le Parc, de la forma a la acción”) en Estados Unidos. Más precisamente, en el Perez Arte Museum de Miami, en vísperas de la Art Basel.
Pero ¿cuál era el secreto para sentirse tan pleno y tan activo a esa edad? “En la medida en que el trabajo sea interesante, si a uno lo atrae y le intriga lo que está haciendo, hay curiosidad, perspectiva, resultados”, respondió.
De Mendoza al mundo
Le Parc nació el 23 de septiembre de 1928 en Palmira, Mendoza, y el toque de inspiración e llegó con fuerza al pasar por la Escuela de Bellas Artes de su provincia, donde comenzó a estudiar por la noche. Luego, en Buenos Aires, recordó que “uno de mis profesores en la Academia fue Lucio Fontana, que predicaba la idea del espacialismo y nos obligaba a reflexionar. Al mismo tiempo, se iban desarrollando las ideas sobre el arte concreto, formas simples y colores”.
Y de aquella época data, también, su llegada al arte cinético: “Lo hice prestando atención a las preocupaciones de las vanguardias del siglo XX. Pensé en desarrollar los métodos de la Bauhaus y los trabajos que se preocupaban en acercar el arte al movimiento, especialmente mi admirado Mondrian, además de Albers, Tatlin, los pioneros rusos. Ellos creaban en torno a esa idea de relación visual con cierta ilusión de movimiento óptico”.
Con una beca, llegó a París en 1958 y desde entonces, ese fue “su lugar en el mundo” (aunque regresando a la Argentina con mayor frecuencia en los últimos años). Vivió primero en una humilde habitación-taller, donde sólo podía realizar dibujos y pequeñas pinturas sobre hojas de cuaderno cuadriculado (sus “Proyectos de color”), que serían los ensayos de lo que iba a desarrollar a mayor escala durante su vida.
Y a principios de los 60, produjo un movimiento fundamental: la creación del Grupo de Investigación de Arte Visual (GRAV) junto a Francisco García Miranda, Horacio Demarco, Jean-Pierre Yvral y Jöel Stein, entre otros.
“Queríamos desafiar el sistema del arte. Primero fuimos un centro de estudio y después un grupo con fuerte presencia de artistas latinoamericanos en París. La diferencia, para nosotros, era que el objetivo plástico estaba constituido por el movimiento y por la participación del público”.
El GRAV fue la plataforma desde la cual Le Parc propuso una ruptura con la tradición artística, alejándose de la pintura y acercándose a una concepción dinámica de la obra de arte. Su deseo era crear obras que estuvieran en constante transformación e inestabilidad.
Los críticos han definido “sus investigaciones científico-mecánicas, que resultaron en interesantes juegos azarosos de luces y sombras”. Y allí resaltaban “la participación del espectador que permite completar la obra de arte”.
Para aquel momento, Le Parc ya se había ganado un nombre en el ambiente artístico, y su consagración definitiva llegó en 1966 con el Premio Internacional de Pintura en la Bienal de Venecia.
A la par de su compromiso con distintas causas sociales y políticas -se manifestó activamente contra las dictaduras sudamericanas de los 70- profundizaba en la relación entre ciencia y arte, y desarrollaba obras originales, atractivas.
Ya en sus primeros tiempos francés y con el GRAV participaba en distintas movidas. Y ahora volvía a hacerlo, por ejemplo en “La Noche Blanca” (al similar a nuestra Noche de los Museos). Una de sus más recordadas intervenciones allí fue cuando convirtió al puente de Bir-Hakeim -aquel que popularizara Marlon Brandon- sobre el Sena en un recorrido participativo.
A principios de esta década, el Palais de Tokyo, en el corazón de París, realizó una taquillera retrospectiva de Le Parc. Entre los más sorprendidos estaban los directivos de Hermes que tomaron una de las obras (“La larga marcha”) para convertirla en codiciados pañuelos de seda.
Aquella retrospectiva ocupaba dos mil metros cuadrados, y coincidió con su presentación de doce piezas históricas arte cinético en el Grand Palais y con la muestra Le Parc Lumière, en Río de Janeiro.
También sobresalió en aquel momento su homenaje a los muralistas de Galerías Pacífico (Berni, Castagnino, Spilimbergo) durante la muestra Julio Le Parc, la otra mirada en el Centro Cultural Borges.
Entre las obras exhibidas allí estaba un deslumbrante Móvil transparente de 1.561 piezas de acrílico, colgado al techo de la Plaza de las Artes, y la caja cinética Traslación, similar a los modelos de sus comienzos.
Fue un anticipo de lo que ocurriría poco después, también en nuestra ciudad. Por ejemplo, la exitosa Le Parc Lumière en el Malba durante 2014. Allí se presentaba una selección de obras históricas provenientes de la colección Daros Latinoamérica-Zurich, un conjunto de 17 instalaciones lumínicas que cubrían dos salas del museo palermitano.
Y permitía revisitar aquellas experiencias cinéticas de Le Parc en torno a luz, provenientes de los años 60. “Sus juegos de luz en movimiento modifican el espacio, lo recrean en forma permanente, incluyendo al espectador en la obra de arte total” resaltó Hans-Michael Herzog, el curador.
La comunión entre Le Parc y la ciudad se fue acentuando. Exhibió su imponente Esfera Azul en el CCK donde, desde diciember del 2016, quedó definitivamente incorporada al patrimonio: es una creación móvil con placas de acrílico, que domina el hall central.
Conceptualmente, se sintetiza así: “Le Parc invita al espectador a recomponer una imagen, jugando con la proximidad, el movimiento y la circulación, factores que afectan a la percepción”. Y también contribuyó con la escultura Hacia la luz, instalada en la Plazoleta Rubén Darío (avenida del Libertador y Pueyrredón).
Allí el artista cedió su diseño y derechos, mientras el Citybank financió la construcción y emplazamiento. Es un haz de luz que va hacia el cielo, una flecha de 6 metros de puro aluminio cubierta de pintura blanca, pura, ondulada y en vertical.
Instalada en un sitio privilegiado de Buenos Aires, con la suntuosidad de Recoleta de un lado y la Villa 31 hacia el otro, también simboliza los mensajes de unidad e integración que promovía Le Parc. “Quiero dar un mensaje optimista, que todos los seres humanos tenemos la aspiración de mejorar y cambiar nuestra existencia”, definió.










