nació en China, superó el Covid, publicó un libro y viajará por el mundo

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A los 9 años me sentía grande y quería ayudar a mi familia, entonces empecé a cocinar en la pequeña casa, que a la vez era nuestro local comercial, en la que vivía con mis padres. De ahí salieron mis primeros platos, caseros, nada del otro mundo.

Después, fui preguntando y preguntando y me desarrollé como cocinera, le recuerda a Viva la influencer de cocina Karina Gao. 500 mil seguidores en Instagram. Sonrisa permanente aunque las cosas no salgan como espera:

“Al mal tiempo, buena cara”. Y sonríe: la tarde de esta charla un proyecto de torta de cumpleaños para su hijo no salió como esperaba. “No es lo mismo ser cocinera que pastelera”, advierte. Pero sabe que “el pastel” será una torta hecha y derecha.

Nació en Fuzhou, China, hace 42 años (22 de agosto de 1984), y a sus 8 vino con sus padres a vivir a la Argentina. Se instalaron en un local de la calle Gascón, en Almagro, que funcionaba como comercio de regalería y vivienda a la vez. “Soy de la primera camada de chinos que se criaron en Argentina”, dice.

Karina Gao se traduce, en chino, así: Gāo (alto) Qiàn (mujer bella, delicada o elegante). Aún rememora una infancia difícil en su país de origen: a sus 5 años la mandaban a un jardín de infantes en el que se quedaba a dormir de domingo a jueves. Recién los viernes volvía a su casa para reencontrarse con sus padres.

Padeció bullying en el colegio pero también hizo amigos. Superó la barrera idiomática y hoy sabe hablar, además de chino mandarín y español, inglés y francés.

En aquellas noches de soledad, recuerda, lloraba en silencio bajo las sábanas: “No tenía muñeco de apego, ni luz, ni nada.

Era a lo militar, parte de la inflexibilidad de la época sobre la educación infantil”. Tampoco se acostumbraba a expresar sentimientos a sus padres, así que se fue guardando la angustia. De China, lo único que se trajo fue un órgano que la acompañó en sus primeros años en Argentina.

Padeció bullying en el colegio pero también hizo amigos. Superó la barrera idiomática y hoy sabe hablar, además de chino mandarín y español, inglés y francés. Vivió en Europa. Se recibió de cocinera profesional.

En Francia conoció a quien hoy es su esposo (Dominique Croce, su nombre), con quien tuvo tres hijos: mellizos de 11 (Simón y Benjamín) y uno de 5 (Teo, el cumpleañero).

En Europa tuvo muy buenos empleos; o sea, sueldos más que interesantes y carreras laborales promisorias. Pero nada de eso le cerraba. “Siempre quise ser emprendedora, como lo fueron mis padres al decidir venirse a vivir aquí.” Así que junto a su marido, volvió a Buenos Aires.

Para entonces, hacía tiempo que sus padres tenían un supermercado, el típico supermercado chino.

“Hay una pregunta muy común acerca de por qué los chinos tienen supermercados. La realidad es simple: es el negocio que menos requiere de un buen nivel de idioma. Además, es algo cultural: para el pueblo chino, la comida es el cielo. Es una tradición que viene de una generación que pasó años de guerras y hambrunas, lo que hace que nadie se olvide de esa ley suprema»

Y sigue: «La comida fue el centro de la vida y la medida de la seguridad. Un hogar se consideraba rico si la despensa estaba llena. Para nosotros, tener un supermercado es, por un lado, un modo de supervivencia. Y por otro, la continuación de un principio milenario: si el pueblo vive de la comida, entonces quien provee comida sostiene un pedazo del cielo.” Lo explica en diálogo con esta revista, pero lo detalla en su reciente libro, Hacia el Oeste (editorial La Crujía), en el que cuenta la vida de sus ancestros y la suya hasta el 2009, el año que le cambió la vida.

“Tomo 2009 como punto de inflexión porque ahí fue cuando decidí volver de Francia y establecerme de nuevo en Argentina, donde siento que tengo mis raíces”, explica. Y detalla sobre las hojas que se ven en la hermosa portada del libro: “Esas hojas que caen y caen no son en vano: significan que vuelven al suelo, a su raíz. Esas hojas un poco soy yo, volviendo a mi raíz”, repite.

Aquí empezó a cocinar cada vez más. Primero para la comunidad china, después para cualquiera que le interesara comer rico y sano. Hasta que un día se planteó la posibilidad de mostrar sus platos en las redes sociales. Transcurría el 2015. Empezó en silencio y hoy es influencer de cocina.

Soy consciente de que en las redes sociales me hice conocida porque encontré mi nicho.

Karina GaoInfluencer de cocina

Todavía le sorprende la popularidad alcanzada porque, según ella, “ser oriental no garpaba tanto”. Cree que ahora ese preconcepto cambió, porque lo oriental ya no se resume en el comercio sino que también hay una cultura que se impuso en occidente. “El K-Pop”, ejemplifica. “A la gente que no conocía lo asiático, ahora le encanta.”

E incluso sostiene que para la gente en general ya hay una clara diferencia entre “lo que es China, lo que es Japón y lo que es Corea”. Y agrega: “Soy consciente de que en las redes sociales me hice conocida porque encontré mi nicho, que no era otra cosa que una mami cocinando para sus mellizos”.

Su popularidad creció tanto como su comunidad. Hasta que la llamaron para participar en la televisión. Su partenaire era la actriz Florencia Peña. “Pegamos onda enseguida, y me empezó a gustar la televisión.” Fue un programa, fue otro y otro y así. También concursos televisivos. Nació una estrella. Hasta que el Covid le puso un freno.

Buena vida

“Me acuerdo muy bien de cuando me estaban por inducir al coma en la época de la pandemia. En ese momento tenía muchas fantasías sobre cómo sería el irme de este mundo. Estaba como resignada, como diciéndome: ‘Bueno, ya está’. Yo me despedía porque, la verdad, las chances de sobrevivir eran mitad y mitad, no era una situación de optimismo.”

El panorama se había complicado: en febrero de 2021 llevaba un embarazo de 22 semanas cuando se contagió Covid y su salud empeoró. Poco antes de pasar al coma, subió una foto suya desde el hospital. Sonríe, como siempre.

No fue un momento triste, le dice a Viva ahora que su hijo crece y aquello se convirtió en un mal recuerdo. “Al contrario de lo que puede pensar cualquiera, en uno de los momentos en los que de verdad creí que me iba me dije: ‘Qué buena vida que tuve’. No sentí lástima.”

Hacia el Oeste. En este libro de memorias, Gao cuenta la vida de sus ancestros y también la suya.

Pero salió adelante y volvió al ruedo de la televisión y las redes sociales. Hoy tiene, como soñó, un emprendimiento propio en la gastronomía: la Academia Karina Gao. “Mi vida, una vez superado aquello, sigue siendo muy linda”, agradece. Y enumera aventuras que abarcan países, amigos y familiares. “Hice todo lo que quise hacer.”

Cuando despertó del Covid, entendió hasta dónde su caso había trascendido. El país hablaba de ella: Gao era otra de las que se sumaban a la lista de conocidos y anónimos que iban cayendo ante una epidemia desconocida. Y agradece las cadenas de oraciones que se hicieron por su salud. Pedidos que abarcaron tanto a su comunidad como al resto de los argentinos: “Nunca olvidaré tanto amor”.

Recuperada, los efectos de ese golpe los trasladó al consultorio de Mari, su psicóloga durante cinco años. “Después del Covid tenía miedo de que me agarre de nuevo, porque cuando yo salí de esa serpiente estaba todo muy convulsionado. Necesitaba hablar con alguien que me acompañe para pasar ese proceso.” Cuando Mari le dio el alta, sintió que había entendido mejor quién era ella misma: “Los chinos no suelen ir a terapia, pero yo sí”, se ríe. Y vuelve a reír: “Lo único feo -agrega- es que el día que la terapeuta me dio el alta me acababan de chocar el auto. Estaba súper nerviosa. No era el momento ideal para que me den el alta…”

Los chinos no suelen ir a terapia, pero yo sí.

Karina GaoInfluencer de cocina

Aún recuerda uno de sus primeros platos “en serio”. Tenía 12 o 13 años cuando en su casa-comercio recibieron la visita de un amigo de la familia. Su mamá le hizo un gesto como para que vaya a la carnicería, y recuerda que compró “pata-muslo”, y recuerda que hizo una sopa de pollo con fideos y recuerda el aroma de esa sopa.

Los fideos no eran de fábrica de pastas; eran de los que compramos en cualquier supermercado. Aún hoy, se sincera, “los fideos envasados, tipo los Don Vicente, me siguen pareciendo los más ricos del mundo”.

Criada con principios budistas, a veces habla como una jedi. Por ejemplo cuando dice que cree que “los círculos se cierran”. O cuando cuenta que “los chinos creemos muchísimo en el destino”. Varios fueron los círculos que se cerraron en su vida.

Entre ellos, el que describe en su libro, que es el de su historia y la de sus padres y las de sus abuelos y, en alguna medida, la de tantos chinos. También se cerró un círculo cuando decidió vivir definitivamente en Argentina, aún cuando todo indicaba que su destino era europeo; y otro cuando superó lo del Covid.

Ahora se abre otro círculo. Vaya uno a saber cuándo y cómo se cerrará, pero lo cierto es que a mediados de julio andará por el mundo con su marido y sus hijos. “Si no es ahora, ¿cuándo?”, se pregunta. “Siempre quise tomarme un año que sea fiel a lo que quiero vivir y cómo quiero vivir: trabajar y viajar por el mundo”, se alegra.

De ese viaje, lo único seguro es que habrá regreso a la Argentina. Pero en el medio habrá visita a Australia, que fue el primer país al que emigró su padre cuando quiso probar suerte fuera de China. “Ese lugar tiene mucha simbología”, explica.

Después, el viaje será hacia el oeste. Con los hijos estudiando on line y ella y su esposo trabajando a distancia. “Son las ventajas de no tener un trabajo fijo”, respira. Como cualquier influencer, irá contando sus experiencias a través de videos.

Karina Gao, con todos los miedos superados. Foto. Gentileza La Crujía.

Superó miedos. Entre ellos, el que le provocaba el queso fundido. En Hacia el oeste cuenta que cuando era chica no quería saber nada con el queso derretido que le ponían a las pizzas de Buenos Aires.

“Era como chicle”, decía; y el chicle era uno de los prohibidos por su mamá. Eso, le provocaba temor. También se le prohibían las golosinas. Pero todo (o casi todo) pasa. Y si de chica a esas pizzas les sacaba el queso para comerse solo la masa, de adulta cambió radicalmente: “Pido doble muzzarella y al molde. Y si me dan la pizza con poco queso, siento que fui estafada”.

El miedo que no superó -cuenta en su libro- es el que le tiene a la bicicleta. No sabe andar, a pesar de algún intento que no prosperó. “No tiene nada de malo. No hay que saber hacer todo”, suelta, tras contar que se compró una con el objetivo de aprender, pero la vendió: “Le puse onda”.

Ahora que se va a Europa, piensa, es posible que se vea obligada a aprender, porque su marido y sus hijos querrán pasear, “y yo no los podré acompañar”. O tal vez aprenda a su regreso. Quién sabe. La misma Karina Gao es quien suspira, toma aire y suelta: “Son tantas las cosas que pueden pasar”.

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