nada se resuelve con la circular de un ministerio

nada se resuelve con la circular de un ministerio

Celulares apagados dentro de una caja, en la puerta del aula: una postal de época. Cada vez que vuelve a aparecer la idea de prohibir los dispositivos o restringir la Inteligencia Artificial en las escuelas, algunos lo festejan como si por fin hubiéramos encontrado al culpable de la decadencia educativa.

Pero sacarlos parte del mismo error que haberlos puesto. Creer que lo digital es la causa del fracaso escolar es tan ingenuo como creer que repartir compus iba a producir innovación por arte de magia. Las dos posturas miran el aparato y no lo que pasa alrededor: cómo se enseña, qué se propone y para qué.

El diagnóstico, además, es anterior a las pantallas. Durante años, Melina Furman señaló que la escuela debería ser, ante todo, un lugar para aprender a pensar, pero que, en cambio, corría detrás del “conocimiento inerte”: ese saber sin vida que se olvida y no se puede usar. Esa crítica es mucho más vieja que cualquier celular en una mochila. Quizás estemos romantizando un pasado analógico que tampoco formaba pensamiento crítico.

Del otro lado, la escuela tampoco es una superheroína capaz de ganarle sola a todo lo que ocurre fuera de sus muros. Los chicos crecen en una sociedad donde lo aspiracional es ser influencer y donde cuatro o cinco empresas concentran casi toda nuestra atención con productos diseñados para capturarlos de manera adictiva.

Por eso prohibir es una idea peligrosa. Afuera hay un salvaje Oeste digital en el que cada pantalla compite por retenerlos un poco más. ¿Dónde, si no en la escuela, van a aprender a usar estas herramientas con criterio? ¿Dónde van a distinguir una pantalla que informa de una que manipula? ¿Dónde van a discutir sobre algoritmos, atención fragmentada y dopamina barata? ¿En TikTok?

Que quede claro: ni prendidos y presentes siempre, ni apagados y ausentes para siempre. «Apagados a veces» no es lo mismo que «prohibidos siempre»: lo primero es una conversación adulta sobre límites y sentido; lo segundo es la política del avestruz. Los dos extremos comparten la misma comodidad: ninguno obliga a decidir nada.

Nada de esto se resuelve con una circular. Podemos tener excelentes resultados con dispositivos y pésimos sin ellos, y también al revés, porque lo que cambia está en la propuesta y no en el aparato. Construir esa propuesta es un trabajo profesional y al mismo tiempo artesanal: no hay receta ni protocolo. Exige conocimiento y una sensibilidad fina para decidir el cómo, el cuándo y el porqué de cada uso.

Con la Inteligencia Artificial la apuesta es todavía más alta, porque la herramienta puede hacer justo lo que queríamos que hicieran para aprender. Un alumno puede pedirle a la IA que le escriba el ensayo, o puede usarla para discutir, pedirle contraargumentos, descubrir dónde se equivoca y por qué. Las dos escenas usan la misma tecnología y no se parecen en nada: en una, la máquina resuelve; en la otra, obliga a pensar. Esa diferencia no la define el algoritmo ni la resuelve una prohibición: la define lo que la escuela decida proponer.

No se trata de qué tecnologías entran al aula, sino de para qué las hacemos entrar.

(*) Coordinador PENT Proyecto Educación y Nuevas Tecnologías FLACSO Argentina

star111 login

betturkey giris

https://vsetut.uz

lottostar

https://slotcoinvolcano.com

lottostar

super hot slot

hollywoodbets mobile

pusulabet giris

yesplay bet login

limitless casino

betturkey guncel giris

playcity app

sun of egypt 4

moonwin

aviamasters

jeetwin

winnerz

lukki

croco casino

playuzu casino

spinrise

discord boost shop

fairplay

betsson

boocasino

strendus casino

sun of egypt 2 casino

gbets login

playwise365

amon casino

betmaster mx

verde casino

winexch

prizmabet

solar queen

quatro casino login

springbok