«No quería hacer la novela del militante ejemplar»

«No quería hacer la novela del militante ejemplar»


El protagonista de este libro podría debatir encendidamente si el origen de esta novela fue realmente libre en la mente de su autor Guillermo Martínez o si las decisiones creativas de quien la escribió estuvieron, también, condicionadas y determinadas desde tiempos inmemoriales. No es un planteo porque sí: en Un crimen dialéctico, el escritor pone en el centro de la escena a un exmilitante revolucionario y doctor en Ciencias que, en su vida académica, debate sobre la existencia –o no– del libre albedrío: ¿somos libres de decidir o todas nuestras decisiones están, de una u otra manera, determinadas desde siempre y para siempre?

Mientras ese debate académico avanza, sus antiguos compañeros de juventud le encomiendan una misión: en nombre de una vieja promesa, debe, en el presente, matar a una persona. ¿Debe hacerlo? ¿Quiere hacerlo? ¿Puede su vida de juventud condicionar su vida de adulto? Martínez, que habló con Clarín, cuenta que el psiquiatra y escritor Carlos Chernov le dijo: “En tu novela, el joven es más poderoso que el adulto”.

La particular misión –y las disquisiciones de quien debe llevarla a cabo– transcurre durante la transición democrática de un país que nunca se menciona, aunque puede adivinarse o sugerirse como la Argentina. También se desarrolla en una geografía montañosa y terrosa que, se supone, corresponde al norte argentino.

Una suerte de recorrido matemático, lógico y dialéctico puede trazarse entre varios de los títulos de Martínez: si Crímenes imperceptibles planteaba un enigma de índole matemática y Los crímenes de Alicia, uno de carácter lógico, Un crimen dialéctico lleva ese desarrollo hacia un thriller de dimensión filosófica. En Guillermo Martínez, casi siempre hay un enigma por resolver: los crímenes forman parte de sus obsesiones más persistentes. Y, en su última ficción, el autor no oculta la inspiración de Las manos sucias, de Jean-Paul Sartre –el dilema moral de un joven militante comunista encargado de asesinar a un líder de su propio partido por motivos tácticos–, y de Cosmos, de Witold Gombrowicz.

A la publicación de Un crimen dialéctico se suma el lanzamiento, por parte de Seix Barral, de la Biblioteca Guillermo Martínez, que reúne para este año y el próximo la reedición de 15 de sus novelas. Entre ellas se encuentran Crímenes imperceptibles (llevada al cine por Álex de la Iglesia como Los crímenes de Oxford y traducida a 36 idiomas), Los crímenes de Alicia (Premio Nadal de Novela 2019), Infierno grande (libro de cuentos de 1989) y La mujer del maestro. El propio Martínez eligió el arte de tapa: obras surrealistas de Renata Juncadella, Verónica Gómez, Guillermo Roux y Remedios Varo que se salen, apenas, del marco de la portada.

Un crimen dialético parte de una situación extrema (un hombre al que se encomienda matar) y, sin embargo, lo más inquietante no es el asesinato en sí sino el proceso mental que lo precede. ¿Te interesaba más narrar el crimen o la transformación de una persona frente a la posibilidad de cometerlo?

–Hacía bastante tiempo que tenía una vaga idea de hacer una novela filosófica, en un sentido similar a lo que hace Gombrowicz en Cosmos, que es una novela que me impactó muchísimo, porque ahí hay una astucia: él invierte la lógica del policial. En vez de que primero esté el cadáver y después la investigación, en Cosmos está primero la investigación y después el crimen. Me interesaba hacer algo de ese estilo. Y entonces fui a ver hace unos años al Teatro San Martín una puesta de Las manos sucias, de Sartre. Fue como si todo mi pasado de militancia juvenil o universitaria volviera a aparecer. Fue la etapa en que yo empezaba a estudiar la cuestión de la dialéctica y tenía pensado, en algún momento, estudiar lógica para inclinarme hacia la lógica dialéctica. Pero no quería hacer la novela del militante ejemplar. Por eso imaginé una situación paradójica, muy dialéctica, justamente, para este narrador que ya está un poco fuera de la euforia revolucionaria.

Guillermo Martínez. Foto: Emmanuel Fernández

–¿Qué encontraste en Las manos sucias y en Cosmos’?

–Me gustó la idea de que podía abarcar esos dos mundos, que están tanto en la novela de Gombrowicz como en la de Sartre. Pero lo que me dio el impulso fue encontrar esta idea que también encuentra el narrador en una de esas noches de insomnio: es un personaje que cree conocer a esa familia en la que se asomó; cree saber cómo obraría y se da cuenta de que, para que su plan tenga alguna chance, tendrá que convertirlos en los opuestos de lo que son. Esa idea, dentro de una misma novela, de convertir a cada personaje en su opuesto, me terminó de dar la conexión con la dialéctica de las oposiciones. Fue lo que me decidió a escribirla durante más de dos años.

–En el epígrafe inicial, contás que tu papá te introdujo en la dialéctica. Todo un término con trasfondo filosófico.

–En algún momento era una contraseña. Todos sabían qué significaba. Ahora parece un concepto difícil, casi técnico, alejado de todo. Creo que esa frase de Borges que dice que le tocaron, como a todos, tiempos difíciles para vivir. Yo creo que el problema es cuando te tocan tiempos estúpidos, que es más difícil todavía. Porque “dialéctico” era una palabra que estaba en mi bagaje, en el de cualquier persona que hubiera leído un par de libros. No era un concepto muy importante ni extraño a lo largo de muchos años. Así que me preocupaba también, al escribir, traer algo de lo que fue la grandeza de las ideas, de la revolución, de los sacrificios de generaciones, de toda la elaboración intelectual, de la noción de revolución social, de su vinculación con algunos problemas filosóficos que vienen desde la antigüedad, como el libre albedrío. Me pareció que era una forma de decir: miremos también un poco hacia atrás, a ver si sacamos fuerzas del pasado para hacer algo mejor en el futuro.

Filosofía, matemática, lógica

–En tus novelas, el enigma dialoga o bien con la matemática (Crímenes imperceptibles) o bien con la literatura (Los crímenes de Alicia) y ahora es el turno de la filosofía y la ciencia.

–Ya está en mi libro Crímenes imperceptibles, que se puede pensar como una novela epistemológica, porque el lógico, que es el personaje, se da cuenta de cómo es la estética del razonamiento de un inspector de la criminalística en general. De algún modo, le sirve una conjetura plausible, como una maniobra de distracción, para que no se vea otra verdad que queda oculta. Esa idea de que, si vos conocés la manera de pensar del otro, podés de algún modo tenderle una trampa aprovechando esta cuestión de la estética de los razonamientos. Luego, en Los crímenes de Alicia, también aparece por el lado de la traducción radical literaria. En La muerte lenta de Luciana B también está toda esa discusión sobre el azar. En todas mis novelas policiales hay en un segundo plano ideas que vienen de alguna tradición filosófica.

Guillermo Martínez: "En todas mis novelas policiales hay en un segundo plano ideas que vienen de alguna tradición filosófica". Foto: Emmanuel Fernández

–¿Una recurrencia temática, dirías?

–Es algo que me interesa hacer. Es una manera de conjugar lo que pensaba que iba a estudiar en el secundario –Filosofía–, porque siempre me interesaron los problemas de la filosofía a lo largo de mi vida, con la rama de la matemática que elegí, que es la lógica matemática. Es como una especie de camino indirecto hacia algunos problemas filosóficos. Siempre pensé sobre lo que es la verdad o lo demostrable. Estas cuestiones se encarnan bien en la narrativa policial, porque también aparecen en la investigación criminal.

–La primera frase es: “Mentir con la verdad: que lo auténtico sea el disfraz de lo falso”.

–Es una frase dialéctica. Porque con la verdad también se puede mentir. Pero te falta todo el contexto que hace que eso que vos creés que es verdad, en un contexto más amplio, en el fondo sea falso.

–Mencionás a tu papá como el primero que te habló de la dialéctica y, hacia el final de la novela, en un diálogo imaginario que tiene el personaje con su padre, aparece esta frase sobre la revolución: “Si triunfamos, se llamará sacrificio, si nos derrotan, se llamará asesinato”.

–Es como lo que pasa con una revolución: son sangrientas. Cuando triunfa, la historia olvida esa parte, y si no triunfa, sus protagonistas quedan como asesinos salvajes. Eso tuvimos en nuestra historia. ¿Quién asigna el rol de asesino o de combatiente? Cuando le encargan la misión al personaje, hay una serie de eufemismos para decirlo: nunca lo dicen de manera explícita, está encriptado. Quería encontrar un concepto para decir eso, pero sin decirlo con todas las letras.

–En paralelo corre esta otra trama sobre el libre albedrío: ¿están nuestras acciones determinadas desde siempre y para siempre o al actuar somos completamente libres? Que es un poco lo que le pasa al narrador, que va intentando determinar las acciones de cierto personaje para que su propia mano quede limpia.

–Trata de construir la cadena causal que fuerce la mano del coronel y no la de él, que él se convierta en la sucesión de causas que llevan al crimen. Por eso también el epígrafe de Otelo. Aparece la noción de “crimen premeditado”, que es el título de un cuento de Gombrowicz que anticipa su novela Cosmos. Por eso también la cita de Ajedrez, poema de Borges: «Dios mueve al jugador, y éste, la pieza./ ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza/ de polvo y tiempo y sueño y agonía?«. Sabemos que el jugador mueve la pieza y que hay un Dios que mueve al jugador, pero qué Dios está detrás de Dios. El narrador está moviendo sus piezas, pero no sabe qué va a pasar. Gran parte del suspenso de la novela es si habrá crimen o no.

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