“No saber es donde vive lo interesante”

“No saber es donde vive lo interesante”

El 7 de mayo, el Teatro Colón estrena un programa mixto que cruza siglos y estéticas: Études de Harald Lander, Aftermath de Demis Volpi y La consagración de la primavera de Oscar Araiz. En ese mapa diverso se inscribe Come In, la obra de Aszure Barton, una de las creadoras más singulares de la escena contemporánea, que propone una forma de trabajo que desafía la lógica tradicional del ballet.

—Tu forma de trabajar parece ir a contrapelo de cómo funciona el mundo del ballet. ¿Cómo lográs construir un espacio donde bailarines formados en estructuras muy rígidas puedan soltarse y crear junto a vos?

—Lo primero que hago es dejar en claro que genuinamente no tengo todas las respuestas, y lo digo en serio. Algo sucede cuando un bailarín siente eso: deja de esperar que le digan qué hacer y empieza a abrirse. La jerarquía comienza a disolverse. Y entonces empieza el trabajo real.

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—Mencionaste que cuando empezás una obra no sabés adónde va. Esa falta de certeza, ¿es algo que cultivás conscientemente o es algo que simplemente te pasa?

—Las dos cosas. Aprendí a protegerla. Al principio me asustaba: no saber adónde iba una pieza me parecía un fracaso. Ahora entiendo que ese es el punto. En el no-saber es donde vive todo lo interesante. Si ya tengo la respuesta, ¿para qué estamos juntos en el espacio?

—¿Cómo es ser mujer en la coreografía de ballet?

—Habría que revisar un poco la premisa. Hay muchísimas mujeres extraordinarias creando. La pregunta no es si existimos, sino si se nos está dando la plataforma, los recursos para desarrollarnos y el reconocimiento que merecemos. En eso todavía queda mucho por recorrer.

— “Come In” nació de una colaboración muy particular con Mikhail Baryshnikov. ¿Qué dejó esa experiencia en tu manera de entender el movimiento masculino en escena?

—Trabajar con Misha me enseñó a confiar en mis instintos y a escuchar: la música, los silencios, los bailarines. Quiero compartir esta obra porque la encuentro bella: ver a bailarines de cuerpo masculino suavizar su piel, aquietar su energía, volverse simples y quietos. Hay una belleza y un coraje enormes en eso.

—Hay algo en tu trabajo que atrae a personas que nunca antes habían visto danza. ¿Pensás en el público mientras creás?

—No hago danza para complacer al público, pero me encanta si de alguna manera los conmuevo. No toda obra va a resonar en cada persona, y está bien. Lo que siento como un privilegio es tener la oportunidad de compartir algo que viene del corazón y de crear un espacio comunitario, una experiencia compartida. Algo que ocurre entre quienes están en el escenario y quienes miran, en tiempo real. En última instancia, somos lo mismo.

En esa idea de comunidad, de experiencia viva, se cifra también el regreso constante de Barton al escenario. Su obra no busca respuestas cerradas sino abrir preguntas, tensionar lo aprendido y habilitar otras formas de presencia. En el Colón, Come In no solo dialoga con la tradición: la desplaza, la respira y la vuelve, por un momento, incierta y profundamente humana.

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