«Enseguida vuelvo» es lo que atinó a escribir el joven artista italiano Maurizio Cattelan en el cartel que colgó en la puerta tras cerrar la galería donde, horas más tarde, debía realizar una de sus primeras exposiciones individuales a fines de los años 80. Luego abandonó el lugar.
Veinte años más tarde, con una importante producción conocida y reconocida, en la que hay obras realizadas con taxidermia, piezas de cera, tallas y retratos caricaturescos de sí mismo y de famosos, como Picasso y el papa Juan Pablo II derribado por un meteorito sobre una alfombra roja (“La Nona Ora”) o el propio Hitler niño rezando de rodillas (“Him”), el Museo Guggenheim lo invitó a realizar una exhibición retrospectiva que llegó a reunir ciento treinta obras.
Lo propio, y acaso esperable de Cattelan, es que se empeñara en eludir cualquier convención expositiva que implicara un desarrollo cronológico o que tuviera que ver con núcleos temáticos.
¿Qué hizo? Organizó el montaje de las distintas piezas que integraban la exhibición para que colgaran de la lucarna central del edificio diseñado por Frank Lloyd Wright, como un gigantesco móvil. Algo así como un juguete de cuna o un guiño al artista americano Alexander Calder.
Más recientemente, en julio pasado, inauguró otra retrospectiva en la Neue Nationalgalerie de Berlín. En el edificio modernista de amplios espacios que diseñó Mies van der Rohe en los años 60, instaló una gran reproducción de la Puerta de Brandeburgo y, además, emplazó la figura en miniatura de Adolf Hitler rezando, que es otra de sus piezas más conocidas.
Así, los temas que todavía complejizan las relaciones políticas y sociales en Alemania no quedaron ausentes.
A Buenos Aires llegó la semana pasada y, desde su arribo, se encuentra pergeñando la muestra suya que, según se anuncia, tendrá lugar en marzo de 2027.
El modo en que habrá de encararla es por ahora una incógnita. Lo que seguramente no es una incógnita es la curiosidad y las expectativas que ya despierta este artista, cuya obra paródica suele atravesar la tragedia del presente y la memoria con interesante osadía. Sobre algunos de estos aspectos accedió a hablar con Clarin.
–Su obra se identifica fundamentalmente con el humor, la parodia y la provocación. Me gustaría saber qué te llevó a dedicar la totalidad de tu trabajo a este enfoque.
–No recuerdo haber tomado nunca una decisión explícita de ese tipo. Creo que ocurrió lo contrario: primero surgieron las obras y, después, alguien encontró una definición que permitía agruparlas todas.
–Es imposible no mencionar Comedian –la banana que presentó por primera vez en Art Basel Miami en 2019–. Se ha vuelto más famoso, y quizás más controvertido, que el urinario de Duchamp. ¿Cuál era la intención original y qué opina de la reacción que provocó, tanto dentro como fuera del mercado del arte?
–Más famoso, tal vez; pero no confundamos popularidad con importancia. Sin Duchamp, probablemente la banana tampoco existiría. Él cambió las reglas del juego de forma tan radical que resulta difícil imaginar el arte contemporáneo sin él.
–¿Cómo te imaginas en el futuro? ¿Le molestaría que le recordaran como un creador de imágenes anárquico o como un bufón?
–Que me llamen bufón no me molesta especialmente. Lo que sí resulta un tanto reduccionista es utilizar esa etiqueta para desestimar la obra. En cuanto al futuro, no sé qué perdurará. Yo puedo sobrellevar que se me interprete erróneamente; solo espero que mis obras también puedan hacerlo.









