Taylor Fritz: “No me gusta perder, siempre duele. Pero aún es más frustrante si lo hago mal” | ICON

Taylor Fritz: “No me gusta perder, siempre duele. Pero aún es más frustrante si lo hago mal” | ICON


El tenista californiano Taylor Fritz viste polo de tenis y traje cruzado firmados por BOSS.Blair Getz Mezibov

Hay algo muy contemporáneo en la actitud de Taylor Fritz (California, 28 años). Es uno de los 10 mejores tenistas del mundo, —actualmente el nueve en el ranking de la ATP—, pero parece haber llegado hasta ahí sin necesidad de construir un relato heroico sobre sí mismo. En una época en la que los deportistas se presentan como productos narrativos de alta gama, Fritz responde a la videollamada tumbado en la cama de su hotel como quién hace un crucigrama. ¿Cuándo se enamoró del tenis? “No lo sé muy bien”. ¿Qué jugador le hizo soñar? “No sé si hubo algún jugador que me hiciera amar el tenis”. ¿Qué quería ser de niño? “Deportista profesional”.

No dice tenista sino deportista. Es una diferencia importante, porque explica bastante bien quién es: mientras otros jugadores construyen una relación romántica con la raqueta, Fritz habla sobre tenis como un veinteañero pragmático hablaría de por qué eligió su carrera universitaria. “Practiqué de todo mientras crecía y, al final, resultó que lo que se me daba mejor era el tenis, así que decidí dedicarle todo mi tiempo”, confiesa sin rubor.

Taylor Fritz nació en San Diego, pero su infancia no responde exactamente al cliché de la siempre soleada California del surf y el skate. “Sí lo probé, pero me caí y me hice daño”, dice de su experiencia con las tablas. Además, a sus padres les preocupaba que se lesionara y lo que a él le gustaba era jugar al baloncesto, tenis o béisbol. Cualquier deporte servía, mientras fuera de competición. “El objetivo siempre fue ser atleta profesional. No creo que de niño jugara solo por diversión. Siempre tuve en mente que cualquier cosa que hiciera en el deporte debía tener como fin llegar a ser atleta profesional ”, afirma.

Así terminó convirtiéndose en una de las grandes figuras del tenis estadounidense. En el ranking ATP es el número dos de EE UU, solo por detrás de su amigo Ben Shelton. Aunque eso puede cambiar en cualquier momento. Esta temporada ganar o perder una ronda de grand slam puede significar subir o bajar tres posiciones. Lo importante es mantenerse en la lucha, entre los diez primeros, y él lo está logrando: ha hecho un muy buen año en hierba, es el jugador con más partidos ganados en césped este año, y en pista dura la cosa va aún mejor, ha vencido en Washington, su primer torneo de 2026.

El día anterior a la entrevista, Ben Shelton le había ganado en la final del Stuttgart Boss Open, pero no está desanimado. “No me gusta perder. Siempre duele. Pero si juego bien como ayer, y me ha faltado algo de suerte, duele menos. Es más frustrante cuando lo hago mal”, dice. Semanas después llegó su revancha: derrotó a Shelton en el torneo de Halle. Luego perdió con otro compatriota, Tiafoe, pero los tenistas estadounidenses del circuito se llevan bien. Lo demostraron en julio, cuando acudieron como una cuadrilla de amigos a la boda de uno de sus líderes, Tommy Paul.

Fritz creció en una familia donde el tenis era el idioma doméstico. Sus padres fueron jugadores. Hoy, ambos son entrenadores. ¿Presión? No, ventaja. “Tener dos padres que entrenaban me ayudó a ir en la dirección correcta”, afirma. Pero ni con esas Fritz parece especialmente interesado en mitificar el juego. “De pequeño mi jugador favorito era Del Potro, pero, siendo sincero, no veía mucho tenis. Me dedicaba a jugarlo”.

Quizá por eso transmite una sensación poco frecuente en el deporte profesional: alguien que nunca ha confundido su trabajo con una identidad. Fuera de la pista, por ejemplo, le gusta descansar. Y jugar a videojuegos. “Si te soy honesto, es a lo que más me dedico”, confiesa. Fritz pertenece a una generación de celebridades que ya no necesitan parecer extraordinarios 24 horas al día. Por eso su alianza con Boss, el gigante de la moda alemana, encaja con una tendencia global: firmas de lujo asociándose con tenistas de élite y pilotos de F1.

Durante décadas, la moda y el deporte mantuvieron una relación de conveniencia. Los atletas aportaban visibilidad; las marcas, glamour. Pero los deportistas han dejado de aspirar a parecer actores. Ahora se presentan como versiones mejor vestidas de sí mismos tanto fuera de la pista, —Fritz participó en el desfile que Boss celebró en Milán en septiembre de 2024, “Me gusta hacer cosas distintas y todo lo relacionado con la moda me resulta divertido y emocionante, por eso fue genial desfilar en una pasarela”, recuerda—, como dentro: Wimbledon es el último grand slam que mantiene la obligación de vestir de blanco y los jugadores gruñían contra una norma anticuada, pero se ha convertido en parte del espectáculo. Boss le preparó a Fritz un llamativo traje blanco de aires retro con maleta a juego.

La misma naturalidad aparece cuando analiza el tenis actual. Fritz comenzó enfrentándose al reinado del Big 3 (Federer, Nadal y Djokovic), y ahora compite contra la nueva aristocracia formada por Sinner y Alcaraz. “La diferencia es que ahora soy mucho más maduro. Hubo un período de un año y medio o así, cuando se retiraron Nadal y Federer, en el que todo era mucho más abierto. Pero después aparecieron Carlos y Jannik y ahora intentamos descubrir cómo derrotarlos”, explica. También habla abiertamente del rival no humano que enfrentan hoy: un calendario asesino. “El equilibrio entre competición, viajes y recuperación está muy lejos de ser el adecuado. Cualquier doctor te dirá que una temporada de 10 meses y medio dejando seis semanas de descanso no es saludable. Pero argumentan que si dejan tiempo libre los jugadores lo aprovecharían para jugar partidos de exhibición. Bueno, pues que lo hagan, así ganarían más dinero. La diferencia es que en las exhibiciones no hay puntos del ranking, que es lo que muchos buscan”.

No parece ser su caso. Ni la ATP, ni los contratos, ni el dinero parecen quitarle el sueño. La verdadera obsesión a estas alturas de su carrera es otra. Le falta una cosa: “He conseguido casi todo lo que quería. Solo me falta ganar un grand slam”, confiesa. Ni héroe trágico ni icono de moda. Ni rebelde ni filósofo. Fritz es solo un chico de California que descubrió que era mejor jugando al tenis que a cualquier otra cosa y que ahora intenta ganar. No parece un gran argumento para un documental, pero precisamente por eso resulta interesante.

Créditos

Realización: Tony Irvine.

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