En 1988, cuando la película Mi vecino Totoro llegó a las salas de cine japonesas, no había señales de que su protagonista, un gigante de ojos redondos como la luna llena en el campo, terminaría convertido en un símbolo global.
Pero así fue, al punto de que sus creadores, el estudio de animación Ghibli, acaban de ganar otro premio (tenía, al menos, siete): el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.
El Princesa de Asturias reconoce todas las maravillas del Studio Ghibli, fundado en Tokio en 1985, entre las que figuran las películas La princesa Mononoke (1997) y El viaje de Chihiro (2001).
Según el jurado, Studio Ghibli creó “historias llenas de sensibilidad y de valores humanistas”, como “la empatía, la tolerancia y la amistad, así como el respeto por las personas y la naturaleza”, mediante filmes realizados con “un proceso artesanal”, apostando a “la belleza de lo cotidiano” y “los instantes de silencio y contemplación”.
No se olviden de que antes algunos de esos artistas habían participado en la creación de Heidi.
Totoro no arrasó desde el estreno pero terminó siendo símbolo de Studio Ghibli (y lo salvó de la quiebra). Y, dada su masividad, algunos lo llaman el Mickey japonés.
Mezcla preciosa de oso, mapache, búho y conejo, con aire despreocupado, esta criatura tiene hace tiempo un museo en la capital de Japón y un parque temático. Y su figura vende todo tipo de merchandising.
A casi 40 años de su primera aparición, ¿por qué tantos queremos tanto a Totoro?
No se desesperen…
Hazao Miyazaki, genio de la animación, autor y director de Mi vecino Totoro, dijo una vez: “No voy a hacer películas que les digan a los niños: ‘Deberían desesperarse y huir’”. Y ésa es una de las respuestas que más me gustan.
Otra explicación apunta a que Totoro nos acerca a la magia del animismo japonés. Es un «espíritu del bosque», «señor del bosque», que vive en un árbol sagrado, rodeado por más símbolos de la religión sintoísta (sobre todo, en torno a la comunión con la naturaleza). Eso junto con ecos de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll.
Pero, para muchos, lo central es que Totoro, esta gran gran invención, parte de una experiencia de dolor concreta. Un chico que crece con una madre enferma. Un mundo que se vuelve incierto. Y la necesidad de inventar algo que lo haga habitable.
Miyazaki (1941) nació durante la Segunda Guerra Mundial. La mamá tuvo tuberculosis durante la infancia de él, como parece que va a pasarle a las nenas de la peli.
Pero ojo: ni la biografía de Miyazaki ni la enfermedad son protagonistas de la película. No por evasión, sino porque Totoro muestra una forma honesta de abordar la incertidumbre. La rodea, como en un abrazo, para atravesarla. No siempre se puede hacer más.
Así que no se trata de tuberculosis o no. La cuestión es no saber qué pasará en la infancia y después, también. Lo incierto es uno de los mayores ogros en esta época de cambios vertiginosos y horizontes oscuros.
Totoro no sana. Acompaña. Ayuda a soportar lo insoportable. Le da forma al miedo para que no espante.
Por eso, a casi 4 décadas de su aparición, Totoro sigue vigente. El Princesa de Asturias, también destaca que las obras del Studio Ghibli influyeron “profundamente en generaciones de artistas y cineastas a nivel mundial” y, en la era digital, millones replican su estética, como si intentaran volver a su bosque.
Miyazaki nunca dijo “Totoro es mi refugio”. Pero qué bien lo sugiere. La fantasía sirve para vivir. Y Totoro y Studio Ghibli siempre van a recordarlo.









