Un conflicto militar con Irán que no acaba. Una guerra comercial recién abierta con el vecino Canadá. Inestabilidad en los mercados de deuda pública. Caídas en los índices de popularidad y unas elecciones de medio mandato a la vuelta de la esquina donde los sondeos favorecen a la oposición. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dejó de lado todos esos problemas este domingo en favor de una actividad mucho más placentera: dar el banderazo de salida a una carrera automovilística de Indycar en las calles de un Washington convertido, por un día, en una competidora del circuito de Indianápolis.
La carrera, Freedom 250 Grand Prix (“Gran Premio Libertad 250), representaba la guinda de las celebraciones por el 250 aniversario de Estados Unidos que se han sucedido en los últimos tres meses en la capital estadounidense —y cuyos preparativos convirtieron su centro en parte en un laberinto, y en parte en una carrera de obstáculos. Se esperaba que al menos 140.000 personas se acercaran a las zonas habilitadas para presenciar el paso de los vehículos.
Han sido unas celebraciones a las que Trump ha querido imprimir su sello personal, y en las que el presidente estadounidense se impuso como el protagonista y foco de los festejos. Desde un combate de lucha libre en los jardines de la Casa Blanca a una feria y un espectáculo de fuegos artificiales el 4 de julio, el día de la Independencia del país, en el Mall de Washington, el mismo parque en torno al que se desarrollaba la carrera de este domingo. En agosto ha presidido también los “Juegos Patriotas”, una especie de gincana para estudiantes de secundaria.
Antes de dar la señal de salida bajando la banderola verde, Trump había dado una vuelta de honor en el vehículo presidencial, apodado “La Bestia”, al circuito establecido en torno a algunos de los edificios y monumentos más simbólicos de la capital estadounidense: los museos de la institución Smithsonian, el monumento a Washington. No así el Capitolio, la sede del Congreso estadounidense y una de las construcciones más reconocibles de todo Estados Unidos: los legisladores no quisieron aprobar el paso de vehículos de carreras a toda velocidad por las cercanías de su lugar de trabajo, ni hacer una excepción con las normas que prohíben la publicidad en los terrenos de la sede del poder legislativo.
Aviones en formación
Mientras en el cielo sobrevolaban aviones militares en formación —uno de los espectáculos favoritos de Trump en los actos del 250 aniversario—, el presidente siguió después la carrera desde una tribuna protegida con cristal blindado, acompañado de su esposa, Melania, y personalidades oficiales como el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, o el secretario de Comercio, Howard Lutnick. No hizo declaraciones durante el acontecimiento. En enero había firmado una orden ejecutiva para aprobar la carrera. En julio, en pleno apogeo de las conmemoraciones del aniversario, había prometido que la de este domingo sería “como ninguna otra carrera jamás celebrada”. “Será uno de los eventos automovilísticos más inolvidables que el mundo haya visto”.
Cuando se anunció la celebración de la carrera, Trump publicó en sus redes sociales un vídeo generado con inteligencia artificial que recreaba el circuito y al público y en el que se veía al republicano mostrando el pulgar hacia arriba a un águila calva —uno de los símbolos de EE UU— que volaba junto a su helicóptero. Después, la aeronave aterrizaba en pleno circuito y Trump daba el pistoletazo de salida a la carrera. Según el comunicado de la Casa Blanca, el objetivo de la carrera era “demostrar el poder del ingenio estadounidense en ingeniería, tecnología y carreras de alto rendimiento”.
La carrera ha visto a los vehículos participantes alcanzar velocidades superiores a los 280 kilómetros por hora en 147 vueltas que han sumado un total de 400 kilómetros en torno al Mall, el parque nacional que atraviesa el centro de Washington y enlaza el Capitolio con el monumento a Lincoln, a la orilla del río Potomac. La velocidad máxima autorizada al tráfico en un día habitual en esa zona es de 40 kilómetros, siete veces menos de lo alcanzado por los pilotos este domingo.

Los organizadores de la carrera, la corporación Penske dueña de Indycar, había trabajado durante siete meses con el Ayuntamiento de Washington para los preparativos de la competición. Unos preparativos que han incluido la construcción de barreras de cemento en algunos puntos del recorrido, cierres de calles y restricciones de aparcamiento, y la soldadura de las tapas de las alcantarillas.
Especial atención se prestó al efecto del paso de los vehículos a toda velocidad junto a los museos del Smithsonian: los responsables de la institución habían expresado su temor por que las vibraciones pudieran perjudicar a las obras maestras y piezas únicas que se albergan en sus edificios.









