En La voz humana (Adriana Hidalgo) Giorgio Agamben nos entrega un pequeño libro en el cual se centra en los problemas filosóficos que implica reflexionar sobre la voz. En primera instancia, señala el pensador italiano, los cinco casos (nominativo, genitivo, dativo, acusativo y vocativo) expresan diferentes registros del habla: la forma recta, posesiva, epistolar, causativa y apostrofante o salutatoria.
De esos casos, el vocativo será la modalidad en la cual la voz conmemora, es decir, al mismo tiempo invoca y revoca, se da como un llamado o una forma de interpelar. Sin embargo, Agamben no se queda en la superficie formalista de los casos o las declinaciones del habla sino se interroga por la procedencia de la voz y el lenguaje que la habita. Sirviéndose de Aristóteles nuestro autor afirma: “Las voces remiten a las afecciones en el alma y estas a las cosas”.
La aproximación agambeniana a la cuestión de la voz no se reduce a una mera analítica lingüística sino se expande para introducir la dimensión de lo humano y por ende de lo político, así nos dice: “Esto también significa que el problema de la voz -en cuanto en este tema en cuestión es la definición de la naturaleza humana- es un problema esencialmente político, en el cual de lo que se trata en cada ocasión es de decidir qué es humano y qué no lo es. El nacimiento de la biopolítica -la asunción de la vida humana como tarea política- coincide con el intento de la moderna ciencia del lenguaje de fijar y definir la articulación entre la voz y el lenguaje”.
De este modo, resulta imposible para la perspectiva del autor italiano reflexionar sobre la política contemporánea en relación a la vida sin definir “lo humano” y en consecuencia a la voz que determina esa humanidad.
En este sentido, tanto el filósofo como el poeta son quienes hacen de la voz humana su materia prima, la filosofía y la poesía conmemoran y reviven la antropogénesis, la creación de lo humano en cada momento desde un lugar disímil.
El último texto que forma parte de La voz humana quizá sea el más enriquecedor de todos: se trata de la lección inaugural dictada en la Universidad Estatal de Milán que Agamben dictó el 24 de octubre de 2017.
Allí nuestro autor emprende una pequeña genealogía de la voz humana desde los estoicos (“los primeros en articular temáticamente una reflexión sobre el lenguaje”) llegando a hasta Martin Heidegger (“el programa formulado por Heidegger al principio de Ser y tiempo de una “liberación” de la gramática respecto de la lógica resulta poco menos que irrealizable).
En este marco resulta particularmente interesante la crítica que Agamben le realiza a Jacques Derrida quien en De la gramatología (1967) había reivindicado la primacía de la escritura en la filosofía por sobre la hegemonía de la oralidad en la tradición de Occidente (desde Sócrates en adelante).
Señala Agamben: “Hemos visto, por el contrario, que la filosofía occidental en el origen no sitúa la voz, sino los grámmata que están en ella y la articulan y la vuelven inteligible. La crítica derridiana a la metafísica se basa en una lectura inadecuada de Aristóteles”.
Agamben, desde su óptica, considera que Derrida no supera la metafísica a través de la inversión del privilegio de la voz en favor de la escritura sino, al contrario, continúa manteniendo un proyecto metafísico en la medida en que la escritura no supera la estructura metafísica originaria de la voz sino la repite; en otros términos, el lógos que supuestamente sería manifestado de manera presente y directa en la oralidad no está elidido de la escritura.
Tanto la voz como la práctica escrituraria son modos representativos y mediados de los “estados del alma” a través del lenguaje. El lógos, entonces, no tiene lugar de manera directa en la voz sino en el no-lugar de ella, es decir, en el grámma, en la escritura. De allí, afirma Agamben, que Derrida no pueda salir de la metafísica, por ello su pensamiento se denomina “deconstrucción” en tanto la estructura de la filosofía occidental que Derrida revela no es sino la estructura metafísica una y otra vez repuesta en diferentes lugares.
El origen es siempre una escritura, una huella, por tanto, ningún arché (raíz) puede alcanzarse, de igual modo tampoco nadie arribar a una “presencia” pura (ni en la voz ni en la escritura). Solo tenemos diferimiento.
Afirma Giorgio Agamben: “La voz es el lugar donde el hombre occidental ha puesto en escena el mitologema de su devenir humano, es decir, del pasaje y de la articulación entre la naturaleza y la cultura, entre el cuerpo vivo y el lógos”. Fascinante recorrido del filósofo italiano por la experiencia del hombre indisolublemente unida al lenguaje.
La voz humana, de Giorgio Agamben (Adriana Hidalgo).










