Elsa Osorio sabe que algunos libros llegan demasiado tarde, aunque nunca dejan de ser necesarios. Narradora de proyección internacional, autora de novelas que exploran la memoria, la identidad y los derechos humanos, imagina hoy un regalo para la niña que alguna vez fue. No elige un clásico que haya marcado su infancia, sino uno que hubiera deseado descubrir entonces: Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, de Luis Sepúlveda.
«Le regalaría La historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, de Luis Sepúlveda, que tanto me hubiera gustado leer o que me contaran de chica«, dice a Clarín. Y explica por qué: la conmueven «el graznido universal con el que todas las gaviotas se entienden, palabras anudadas para un mundo entero, los viajes a países lejanos y las muchas historias que cuenta».
En ese relato encuentra, además, una poderosa lección sobre la diversidad y el afecto. «Seguro que me hubiera gustado ser ‘Afortunada’, como llamaron sus amigos a la gaviota que, desde que está en el huevo, cuida y ama alguien tan diferente como un gato, un gato negro y gordo a quien ella llama mami», cuenta.
Y resume el corazón del libro: «Rompe los prejuicios sobre ser diferente con más fuerza y más eficacia que un sesudo ensayo, y lo puede entender un peque. A mí, que como adulta gozo y vivo de la palabra, me gustaría mucho el personaje del Humano que puede volar también con las palabras, no solo con las alas».
La elección dialoga con una trayectoria literaria en la que las palabras siempre ocuparon un lugar central. Osorio ha contado que dedica un enorme cuidado al lenguaje de sus novelas. «Siempre paso mucho tiempo con las pruebas de las novelas, porque yo quiero que el libro sea idéntico en España y en la Argentina. Cada palabra es la que el libro necesita«, afirmó en una entrevista.
Para la autora de A veinte años, Luz, el mayor poder de un libro reside en aquello que ninguna pantalla puede reemplazar. «La lectura da lugar a la imaginación y conecta con las propias emociones; un libro te ayuda a conocerte a vos mismo como ninguna pantalla, por muy realidad virtual que aparezca, porque un libro estimula la vida interior«, sostiene.
Esa experiencia, explica, convierte las palabras en imágenes únicas para cada lector. «Están las palabras y le ponés la imagen que vos ves, algo que nace de palabras y se crea en vos; no es de afuera, no es una pantalla ni una inteligencia artificial que te lo da».
Además, reivindica un hábito que considera cada vez más valioso. «El libro entrena la concentración, mientras las pantallas hacen lo contrario. Leer es como viajar a otras vidas, a otros tiempos, a otros lugares, y adentro de uno mismo».
Por eso evita presentar la lectura como una obligación. Prefiere hablar de un descubrimiento que puede acompañar toda la vida. «Yo no digo que hay que leer como obligación; digo que es un placer leer y que es una pena que se lo pierdan», concluye.









