“Los primeros libros que amé”. Con ese título, la escritora, traductora y académica Márgara Averbach se dispone, a pedido de Clarín, a revisar la manera en la que la literatura fue abriéndose espacio en su vida. Un espacio que crecería página a página hasta ocupar todo su quehacer profesional, como autora y como docente y catedrática.
“En realidad, recuerdo muy poco de los libros de la primera infancia, ese tiempo en que mi mamá me leía en voz alta porque yo no sabía hacerlo todavía (aprendí en primer grado). Recuerdo dos cuentos, uno con angustia y otro con alegría”, comparte.
Las narraciones aparecían en una colección de la Editorial Abril, que compraban en su familia. “El de la angustia era un cuento en el que un pollito repetía varias veces: ‘Pío, pío, tengo frío’. Desde muy chica, a mí el frío me aterrorizaba (lo sigue haciendo). Y el que me apasionaba era una especie de leyenda en la que se hacía un concurso para ver quién sería rey en un país y todos los candidatos eran un espanto. El último, el peor, tenía un caballo que le resolvía todas las pruebas y, al final, el país decidía que había ganado ¡el caballo! Para mí, una solución maravillosa”.
Averbach se formó como traductora literaria en el Instituto Lenguas Vivas J. R. Fernández y como doctora en Letras en la Universidad de Buenos Aires. Fue, hasta hace poco tiempo, docente de literatura de los EE.UU. en la UBA y de traducción literaria en el Lenguas Vivas J. R. Fernández y en el Lenguas Vivas Spangenberg.
“Me gusta escribir libros que yo soñé y también reescribir en castellano los libros que otros escribieron en inglés”, ha dicho sobre ese camino profesional.
Si las primeras lecturas están parcialmente olvidadas, las de la adolescencia siguen muy presentes: “Dos me marcaron para siempre –dice–. La primera fue la saga del pirata Sandokán, de Emilio Salgari. Creo que en parte también me conmovía por la lucha contra el imperialismo inglés. Amé al pirata y a su amigo Yañez. Amé esos nombres exóticos de Asia y el Índico, la isla de Mompracem, la lucha y la lealtad”.
Podría haberse interesado en las aventuras de Julio Verne, el autor que su padre amaba. Pero no fue así: “Me aburría mucho, salvo excepciones”. Ella fue devota de otro autor: “La saga de Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas. Por ese libro, empecé a inventarme historias en las que yo llegaba a formar parte de ese cuarteto, a pesar de ser mujer. Leí ese libro (que recuerdo muy bien) y después Veinte años después y El vizconde de Bragelonne”, reconstruye.
Pese a que sus libros acompañan a miles de adolescentes, Márgara Averbach ha contado que esa edad le resultó muy dura: “Los libros fueron mi único refugio, el mejor lugar de mi vida durante los tiempos de la secundaria (que siguen siendo los peores de mi vida). La televisión y el cine me gustaban mucho, pero teníamos prohibido ver más de una hora. El peor de los veranos de mi vida, entre cuarto y quinto año, me refugié en una colección de novelas sobre animales: la saga de Thowra, caballo salvaje (australiana); Kpo, la pantera, Sirga, la leona de René Guillot, y mucho más”.
Por su obra, Averbach recibió numerosos premios: el Primer Premio del Concurso de Cuentos para Chicos de las Madres de Plaza de Mayo con Jirafa azul, rinoceronte verde; el Premio Cambaceres de la Biblioteca Nacional (2007) por Una cuadra; el Diploma Konex por Literatura Juvenil (2014), tres premios de ALIJA, por novela juvenil (El año de la Vaca, 2004); por traducción de LIJ (Había una vez una vieja, 2010); y por novela infantil (El agua quieta, 2015). Y la novela juvenil Los que volvieron fue seleccionada como White Raven en 2017.









