No siempre la niña o el niño que fuimos llega a los libros durante la infancia. A Sandra Comino le ocurrió con Matilda, de Roald Dahl. Ya era adulta cuando leyó la novela, sin embargo sintió que ese era el libro que hubiera querido poner entre las manos de la nena que alguna vez fue.
«Mi yo adulta le regalaría a mi niña Matilda. Es un libro que leí de adulta y me fascinó. No solo por la historia sino por cómo está escrito«, cuenta a Clarín. Y enseguida se detiene en uno de los aspectos que más admira del libro: ese narrador que, con humor e ironía, se vuelve cómplice del lector desde las primeras páginas.
Pero hay otra razón todavía más profunda para elegir esa novela. Comino encuentra en Matilda una heroína que descubre en la lectura un refugio frente a la indiferencia de los adultos. «Los padres de Matilda están desinteresados en sus hijos. Fomentan el uso de la televisión y condenan la lectura, por lo tanto se niegan a comprar libros, por eso Matilda va a la biblioteca», explica.
Allí, la protagonista se sumerge en los grandes clásicos y encuentra un mundo propio. «Hay una voz que dice lo hermoso que puede ser el mundo aunque uno viva con padres insoportables si se puede leer en una habitación con una taza de chocolate caliente».
La autora de La casita azul también admira la fuerza moral de esa niña. «El sentido común aquí lo tiene Matilda y también su maestra. Lo más lindo es cómo una niña escucha su corazón y decide sobre su futuro. La novela es una historia donde hay justicia poética, tan necesaria«.
No sorprende que esa sea su elección. Desde hace décadas, Comino construye una obra que aborda asuntos complejos –la violencia, la muerte, las desigualdades, la guerra, los vínculos familiares– desde la mirada de chicos y chicas que intentan comprender un mundo muchas veces contradictorio. Como tallerista, investigadora y promotora de la lectura, siempre entendió la literatura como una herramienta para acompañar el crecimiento de los lectores.
Cuando piensa en la importancia de los libros en pleno siglo XXI, Comino no enfrenta la lectura con las pantallas. Prefiere recordar una idea de Graciela Montes: «La infancia es un lugar de desigualdad muy grande». Y, precisamente por eso, cree que la literatura sigue siendo indispensable.
«Los chicos tienen que disfrutar de la lectura, no solo para sentirse a salvo, como Matilda, sino porque leer permite adquirir juicio crítico y es lo que se necesita en este mundo para ser libre de verdad«, afirma.
Para ella, la ficción también enseña a mirar a los otros. «La literatura nos hace más felices, sin dudas, y leer es un derecho. Las historias nos ponen permanentemente en el lugar de otros. La literatura es necesaria en la infancia, más en tiempos donde la frialdad, la desigualdad y la impotencia nos modelan los días».
Y sabe, además, que las primeras lecturas nunca desaparecen. «Las primeras lecturas conforman la memoria, participan de los recuerdos y contribuyen a relacionar situaciones vividas con determinadas historias».
Por eso recuerda que todavía puede asociar libros con rincones de su casa, con pérdidas, alegrías o tardes enteras de lectura. Esa es, quizá, la mayor razón para acercar un libro a un chico: «La construcción de ese lugar posible que genera la literatura, de estar habitada por ella, es algo que debemos ofrendar a las infancias».









