Ya no es una desconocida: por su mirada reñida con lo establecido, por el complejo entramado de sus libros, por los premios que recibe cada año, por su perspectiva excéntrica. Cynthia Rimsky –nacida en Chile en 1962, pero desde hace más de diez años vecina del pueblo Azcuénaga, en la provincia de Buenos Aires– fue encontrando su lugar en el mapa literario latinoamericano, haciendo de la duda, la observación (y la escucha) el motor de su proceso creativo. Un camino hecho por los márgenes, a caballo de la incorrección política, superponiendo capas de identidad y sentido.
Así, cada nuevo libro de Rimsky se lee como un ritornello o eco de los anteriores, aunque a veces vaya en dirección contraria, o, incluso se ría o ironice sobre ella misma. El tema podría ser lo de menos: en las memorias de un viaje en Poste restante, su relación con el judaísmo a través de la figura de Maimónides, en Los perplejos, la pregunta por el arte y la tradición, en Clara y confusa.
A comienzos de año, Penguin Random House distribuyó Yomurí, novela escrita durante casi doce años (2010-2022) entre Chile y Buenos Aires. Llega tarde y, también, a tiempo.
Se podría decir que Yomurí es la historia de un desplazamiento afiebrado en territorio “transandino”, considerando que los dos países en torno a la cordillera nombramos de este modo al vecino.
Una zona indefinida
La trama ocurre, así, en una zona indefinida –clara y confusa– del territorio, pero también de la identidad y del lenguaje (Rimksy dice elegir los términos por su sonoridad, como aquí prefiere el chilenismo “colorín” al local “pelirrojo”).
La anécdota, como siempre en sus libros, es más que nada un disparador que le permite a la narración desatar la trama, como quien pone en marcha un mecanismo para ir en busca de la aventura, a través de viajes, desplazamientos, o simple fuga hacia adelante.
Aquí, el personaje de Eliza debe abandonar los destinos diplomáticos de su (desaparecido) marido para volver a su país en búsqueda de su padre, el octogenario Kovacs, porque Cristiana, su fastidiada quinta mujer ya no lo soporta.
Eliza evalúa internarlo en una residencia de mayores, pero el enamoradizo y soñador Kovacs no se imagina viviendo en las lujosas habitaciones de “Villa K” (K de Kozarinsky o K de Kiciloff, entre muchas otras referencias, se divierte Rimsky), y propone mejor dirigirse a Yomurí, donde reside la medio hermana de Eliza, Sonya, fruto de un viejo amor de Kovacs con la hippie “Vida”.
Además de encontrar quien lo cuide, este viaje hacia el sur sería para el particular patriarca un modo de –por fin– reunir a su disgregada familia. En el camino, padre e hija coincidirán con una caravana que, bajo el liderazgo de un tal Vladimir Ilich, va también al encuentro de la Heredera: se trata de un grupo de jóvenes de pueblos originarios que viajan al mítico Yomurí (a veces nombrado Yamorí) para recuperar las tierras que les pertenecen, a través de una toma y con el objetivo de realizar una nueva edición de las “Paces”, en el que Eliza será nombrada por la Heredera como “veedora”. Hasta aquí, los mojones de la trama, que apenas servirán al lector para avanzar a tientas por un viaje que, desde el vamos, se anticipa delirante y frenético.
Es en esta trama que cruzará la vejez, el judaísmo, la familia, los orígenes y la identidad, Rimsky pone en marcha, una vez más, su artefacto literario, tan juguetón como corrosivo, de la mano del humor –en particular, la ironía–, una ristra de ilustres personajes secundarios –a uno y otro lado de la tranquera de la “propiedad” disputada– y, fundamentalmente, horadando los lugares (comunes) bienpensantes.
Como sostuvo en una entrevista: “Lo que más me costó (años)… fue encontrar un lugar desde donde contar. Se hace difícil encontrar el lugar desde donde contar el pasado del cual fui parte y en el que la revolución, la utopía de la igualdad, la fraternidad, etcétera, se veían como posibles, cercanos y hasta se daba la vida por ellos”.
La ganadora del Premio Herralde, la chilena Cynthia Rimsky. EFE/ David Borrat.Resistencia frente a la memoria oficial
La literatura supone un lugar de resistencia frente a la memoria oficial y los usos cristalizados del lenguaje. Quizás por ello los ecos literarios de Yomurí nos llevan de Aira a Gombrowicz, de Copi a Lamborghini (en el epígrafe, “No hay vida más allá de la creencia”), de Mansilla (Una excursión…) a Dino Buzzatti (El desierto de los tártaros). Como el polaco-argentino, que desconfiaba de las “formas”, para Rimsky no hay identidades ni verdades que validar en la literatura, si no un territorio con su propias memorias híbridas y geografías imaginarias.
Hacia el final de Yomurí, las peripecias escalan hasta un final tan apoteótico como operístico: “La batalla no es como aparece en los libros o en la tele, ni siquiera es correcto el término batalla, únicamente podría llamarla así un lector con visión panorámica. Acá no prima un acto sobre otro o después de otro. No se ordenan como los cuerpos en el patio de la escuela o el conocimiento que proporciona la universidad. Entregarse al acontecimiento es lo más cerque Eliza ha estado del caos».
Es probable que a esta altura el lector se sienta arrasado, confundido o perplejo. Para entonces, tal vez aporte lo que alguna vez confesó la propia Rimsky: “Tengo la sensación de que mis lectores y lectoras son náufragos, como yo”. Eso sí: la aventura y el desparpajo –incluidas las carcajadas– están garantizados.
Yomurí, de Cynthia Rimsky (Random House).










