Lo que se presumía como una prueba de verdadero nivel, por el rival y la escala, queda finalmente en poco más que otra sesión de rodaje en la que Carlos Alcaraz sube otro peldaño y confirma lo sospechado: aun así, viniendo de donde venía y cómo venía, después de cuatro meses y medio de baja (139 días), le vale para desembarcar como mínimo en los cuartos de final de este US Open en el que mucho deberían cambiar las cosas para que no siga progresando aún más lejos. El español vence a Tommy Paul poco menos que silbando, sin la necesidad de tener que forzar demasiado (6-4, 6-3 y 6-4, en 2h 21m) porque la realidad sigue siendo abrumadora: su tenis es demasiado exquisito y el de los demás, en su gran mayoría, demasiado precario.
Nada, ni siquiera el largo periodo de convalecencia, parece haber alterado el estado lógico de las cosas. Los excepcionales atributos del español siguen intactos, resplandecientes, a falta básicamente de apuntalar algunos matices, mientras que el resto —del cuarto escalón del ranking hacia abajo, Zverev delimitando la frontera— continúa dando bandazos. Caídos ya unos cuantos aspirantes, también enfila la salida el estadounidense Paul, un tenista que en otras ocasiones había ofrecido una loable resistencia y que esta vez dimite rápido. No hay tensión, aunque chocan dos fuerzas opuestas: pese a lo sabido, el uno es deseo y convicción, mientras que el otro (29 años y 21º) replica prácticamente rendido, sabiéndose perdedor temprano. Esté más o menos fino, el halo poderoso de Alcaraz es demasiado intimidatorio para todos los terrenales.
A excepción del set concedido en la segunda ronda ante el portugués Jaime Faria, la reinserción del murciano en el circuito transcurre por el mejor de los caminos, sin que nadie haya podido meterle en un verdadero brete todavía; ni siquiera Paul, un jugador lo suficientemente bregado que en ningún momento es capaz de ponerle en apuros. Ayer y hoy, salvo ocasiones contadas, Alcaraz (23 años) y Jannik Sinner (25) parecen competir en otra dimensión, como si perteneciesen ambos a una liga diferente y no hubiera cabida para los disidentes. No está el italiano, así que conforme se descuentan los días y tacha casillas, la candidatura del número tres del mundo coge más cuerpo. Llegados aquí y sin malas señalas en la muñeca, parece depender de sí mismo.
Nadie diría que Alcaraz está probándose, sino al contrario: cada día parece un poquito más fuerte, más seguro, más estable. Sube otro escalón. No hay titubeos. Vista de blanco y marrón, o del azulino y negro de esta vez, sigue afianzándose y rearmándose, de modo que las posibilidades de los demás disminuyen. Si dos días antes pecó de cierta excitación, esta vez transita por la pista con unos andares muy mansos, como si lo tuviera todo más o menos controlado y la victoria fuera una simple cuestión de inercia. Los buenos suelen ganar. Y la lógica va haciendo estragos este domingo: demolición a cámara lenta.
Empieza con un puñado de pelotazos violentos y cuando se avecina la hora decisiva del primer parcial, se lanza a por todas. En los intercambios sencillamente no hay color, y a la que le falla el servicio al norteamericano, su flotador, la historia se acaba. Game over para él. Regala un delicioso golpe por el exterior de la red nada más comenzar la acción, pero el resto se traduce en un ejercicio de frustración: no importa lo que haga, porque caerá. Da igual cuan fuerte le pegue, porque ahí estará Alcaraz para poner la raqueta, a solo un par de metros de la red, y devolverla increíblemente. Lo sufre Paul (“come on, Carlos…”) y el duelo se desarrolla sin emoción alguna, o acaso solo la que produce el ver en vivo a un fuera de serie. No es poco.
Con la pista llena a mediodía, el público aprecia una evolución y a un tenista cada vez más asentado, que mejora con el servicio —de nuevo máximos de 200 km/h— y que de una ronda a otra, gana orden. Si el episodio contra el chino Yibing Wu fue estresante, a pesar de lo que pudiera expresar el marcador, este ante Paul acaba convirtiéndose en poco más de dos placenteras horas en las que ensaya tiros, pule los reflejos y afina la dejada. Predomina el gesto serio, pero lo disfruta. Lo maneja a su antojo. Brinda un golpe por debajo de las piernas y va resolviendo sin que el rival, porquita fe, llegue siquiera a hacerle cosquillas. Como si estuviera viéndose una de esas películas facilonas pero que gustan, con un desenlace demasiado previsible.
No hay giro ni suspense alguno, sino únicamente un vencedor que se balancea en la silla al ritmo del Empire State of Mind de Alicia Keys (así de relajado está) y que cuando lo cierra se fusiona con sus hermanos, en un guiño a la serie Bola de Dragón. Trucos para todo: remates sin dejarla caer, dejadas abiertas, tres derechazos cruzados que ponen finalmente a la grada en pie. En medio de un paisaje tenístico más bien plano, su reincorporación es una bendición. “Es como Federer, Nadal y Djokovic, juega cuando le da la gana”, dice Andre Agassi. Y así es. “He hecho mi juego, con mi estilo”, transmite él. “Da igual el tiempo que haya estado fuera, cada vez que vengo aquí saco mi mejor juego”. Lo descorcha este domingo, día de diversión.
Tommy Paul
vs
Carlos Alcaraz
Sets:









