La historia es más que conocida: Jane Birkin luchaba por encajar su bolso en el compartimento para equipaje del avión cuando sus pertenencias acabaron desparramadas por el suelo. Era 1984 –la fecha baila de unas versiones a otras, pero es la que sostienen desde Hermès– y la actriz viajaba de París a Londres con tan buena suerte que Jean-Louis Damas, gerente de la maison francesa en aquel momento, fue testigo de su pequeño accidente y no le quedó más remedio que inspirarse en ella para crear uno de los bolsos más famosos y exclusivos de la historia: el Birkin de Hermès. Si bien el diseño compartía poco o nada con la cesta de mimbre redonda, de asa corta y tapa con la que la actriz se dejaba ver a todas horas en los setenta y que definitivamente no parecía hecha para el maletero de un avión, la británica se encargó de darle un uso similar. Al parecer, su deseo era encontrar un bolso que atendiese a sus necesidades de madre primeriza y Damas ideó un modelo amplio, flexible y que incluso tenía un compartimento para los biberones.
Y así, como si se tratara de un bolso cambiador o de un tote asequible y multiusos, la propia Birkin lo paseaba a todas horas y repleto hasta los topes. Siempre lo llevaba abierto dejando a la vista de los más curiosos parte de sus pertenencias: chaquetas, fulares, libros y neceseres solían asomar por encima de un bolso que estaba personalizado con sus iniciales y del que siempre colgaban varios charms y hasta un cortauñas. Igual que esas modelos de Miu Miu que llevaban sus bowlings a rebosar hace un par de veranos, Birkin trataba a sus bolsos homónimos sin contemplaciones a pesar de ser máximos exponentes del lujo contemporáneo. Tanto es así que un bolso Birkin, con un precio medio de más de 10.000 euros en el caso de los modelos más básicos, se considera una inversión más sólida que el oro. El primigenio, considerado “la Mona Lisa de los bolsos” se vendió el año pasado en una subasta en París por siete millones de euros. Poco importaba que la actriz lo hubiera deformado cargándolo sin parar o que tuviera restos de las múltiples pegatinas de organizaciones humanitarias que le puso. Aún más, ahí reside parte del encanto de una pieza de coleccionista de la que Jane se acabó deshaciendo a mediados de los 90 para recaudar fondos para luchar contra el sida.

Pero ella no ha sido la única en tratar el bolso más lujoso del mundo peor que un capazo para la playa. Ahí está, por ejemplo, Kate Moss, experta en utilizar los bolsos más codiciados de su armario para mancharlos de arena y salitre. La británica se dejó ver el año pasado en Formentera con un Kelly, primo hermano del Birkin, a modo de bolsa de playa. La top atesora varios modelos de Hermès en su colección y por eso no pestañea al elegir un modelo vintage de piel marrón de cinco cifras para pisar la arena.
La lista continúa: Kim Kardashian utilizó un Birkin negro como bolso de playa durante su estancia en Miami en el verano de 2012 y no dudó en tirarlo en la arena como quien deja una tote bag publicitaria junto a la toalla. Un gesto compartido por algunas influencers con ganas de generar likes a golpe de controversia. Jennifer Lopez, sin embargo, prefirió darle una segunda vida como bolsa de gimnasio combinándolo con leggins y zapatillas. Y muchas son las que lo han llevado a estadios y citas deportivas demostrando que quien puede pagarse un Birkin no es para reservarlo para ocasiones especiales ni eventos de postín. Victoria Beckham suele llevar los suyos en aeropuertos, partidos y viajes y hasta cruzó un campo de fútbol hace casi dos décadas sosteniendo en el antebrazo un Birkin de un rosa tan vibrante e imposible de ignorar como su minivestido a juego.

Precisamente estos días el bolso, considerado valor refugio, copa los titulares de medios especializados, generalistas y hasta deportivos por obra y gracia de un perfil menos evidente. El futbolista del Manchester City y líder de la selección de Noruega Erling Haaland es dueño de una colección de bolsos de Hermès digna de análisis. El deportista atesora modelos especiales, piezas de coleccionista que solo pueden conseguirse en subastas y ediciones limitadas. No los lleva a la playa (que se sepa), pero sí los utiliza a modo de bolsa de deporte o de viaje, demostrando que sabe rentabilizar bien los 60.000 euros en los que se estiman algunas de sus adquisiciones.

Llama la atención que aquellas que más fácil lo tendrían para llevar un Birkin –este modelo tiene una larga lista de espera a la que solo acceden los clientes más fieles de la maison– sean precisamente quienes lo repudian. Ni Charlotte Gaisbourg ni Lou Doillon, hijas de la actriz, han sido fotografiadas nunca llevando un Birkin y hasta han renegado de él públicamente. La primera confesó en una entrevista que se sentiría una copia de su madre llevando uno. Sobre la segunda, la propia Jane aclaró el asunto en una entrevista con Vogue: “Mi hija Lou no tiene un Birkin. Personalmente, creo que sería una cosa horrible tener un Birkin de tu madre”. La propia musa que inspiró el bolso que muchas considerarían la mejor herencia posible acabó prescindiendo de él. En 2011 confesó que cargar con el emblemático accesorio de Hermès era tan pesado que “solo necesitas uno y te rompe el brazo” y que incluso le causaba tendinitis.

Pero, aún más, rechazó lo que representaba. La actriz, profundamente bohemia y defensora de los derechos de los animales, pidió a Hermès hace unos años que dejara de utilizar su nombre para la versión de piel de cocodrilo del Birkin hasta que pudiera garantizarse un trato acorde con los estándares internacionales de bienestar animal. La casa francesa anunció que iniciaría una investigación al respecto y la sangre no llegó al río, pero ella nunca se sintió del todo cómoda con el estatus y precio inaccesible que había adquirido el bolso. Por eso siempre lo trató como si lo hubiera comprado por 20 euros en un mercadillo. Colmado, desgastado, ajado y un poco descolorido, para ella siempre tuvo el mismo valor que aquel capazo de mimbre que lo desencadenó todo.









