Trece años tenía Marcio Barbosa cuando en el Brasil de los ochenta entró a trabajar en un supermercado con contrato, en aquella época era legal. Ayudaba a colocar la compra en bolsas. También recorría su barriada en Porto Alegre, ofreciéndose al vecindario para todo tipo de trabajillos. “Señora, ¿quiere que le limpie el patio?”, preguntaba. Limpiaba casas, recogía chatarra…”, recuerda. Con ese dinerillo, ayudaba en casa y se daba un capricho. Bollos rellenos de dulce de papaya. “Vivía con mi hermana pequeña y mi madre, una mujer con mucho empuje. Y cuando la cosa se ponía muy difícil, mi tío abuelo nos ayudaba para que no faltara nada”, cuenta al teléfono desde Porto Alegre, en el Brasil más rico y menos desigual. Pequeño empresario y contable de 52 años, Barbosa encarna un profundo cambio social y político en las clases populares brasileñas que tiene reflejo en las urnas y ayuda a entender la fuerza de los Bolsonaro.
“Me llaman bolsonarista, pero no lo soy. Yo, Marcio, en lo social, soy un tío de izquierdas. Pero por la cuestión económica, soy de derechas. Soy un negro de derechas”, dice. Fue el primer universitario de su familia, el primero en prosperar. Contribuyó con su voto a las dos primeras victorias de Lula (2002 y 2006). Pero luego llegaron los escándalos de corrupción y la decepción. Dio la espalda al Partido de los Trabajadores… y en 2018 abrazó a Jair Messias Bolsonaro.
La infancia de sus dos hijas es muy distinta de la suya. Barbosa y su esposa, policía, siguieron los pasos de cualquier familia brasileña que prospera. Lo primero, colegio privado. “Porque nuestra escuela pública está, desgraciadamente, muy mal. Les enseñan a opinar cuando apenas saben interpretar un texto, y no les enseñan a ser emprendedores”, lamenta. La inversión familiar en educación supone tal esfuerzo económico que renunciaron a tener un tercer hijo.
Dirige una gestoría laboral con dos empleadas a las que da incentivos por productividad. En sintonía con los Bolsonaro, quiere adelgazar el Estado, pero con límites: “No me entienda mal cuando digo reducir el Estado. Los programas sociales son importantes, lo sé. Pero deben servir para dar un impulso, no para que depender siempre de ellos. Hay mucha gente que dice, ‘¿Para qué voy a trabajar en McDonald’s por el salario mínimo si puedo cobrar Bolsa Familia sin salir de casa?”. Considera esas ayudas necesarias en un país tan desigual porque han contribuido a la inclusión social, pero exige más fiscalización y eficacia.
Unos 1.200 kilómetros al norte, viven Fábio Souza 45 años, y Robson, 36, primos y peluqueros de profesión. Ellos también encarnan esa conversión derechista entre las clases media y baja. A los tres les disgustan la etiqueta bolsonarista o ultraderechista. Son de derechas, conservadores, sin estridencias. Religiosos, sin fundamentalismo. Uno, católico; otros, evangélicos.
Casi tres décadas atrás, la familia Souza abrió una peluquería masculina en Vila São José, una barriada en la periferia de São Paulo. Uno de esos lugares a los que nadie llega por casualidad. Tiene parque infantil, algunos restaurantes y un pequeño núcleo comercial, pero en la intimidad de los hogares existen familias acuciadas por el hambre. Existen familias ahogadas en deudas y familias que presionan a sus hijos adolescentes para que abandonen la escuela, se pongan a trabajar y lleven dinero a casa.
Para los primos Souza, Flávio Bolsonaro encarna el cambio, la posibilidad de que la situación mejore, de que el camino para llegar a fin de mes sea menos tortuoso.
“Flávio quiere un cambio, arreglar lo que está mal del otro lado. Lula prometió picanha [carne], pero no ha cumplido, solo nos llega para huevos… ¿Flávio va a ser bueno? No sabemos. Pero el pueblo quiere cambio, quiere apostar ¿entiende?”, enfatiza el mayor. Esa es la palabra mágica. Cambio. Fábio quiere un Gobierno de derechas, pero también contempla la hipótesis de que el presidente sea reelecto: “Vamos a esperar, a ver quién gana. Si gana Lula, que cumpla lo que promete. Si gana Flávio, que traiga el cambio. Estamos en un momento para arriesgar. A veces hay que arriesgar algunos movimientos, algunos golpes, para ver si aciertas”, añade.
La fundación Perseu Abramo, vinculada al Partido de los Trabajadores de Lula, retrató hace una década, en un informe de 67 páginas, el cambio de valores políticos que germinaba en las periferias. Los autores descubrieron que para estos brasileños “el enemigo es el Estado ineficaz e incompetente”. Hallaron “un liberalismo particular de las clases populares, que necesita ser mejor comprendido, más que un neoliberalismo arraigado o un conservadurismo en sentido estricto”. En esos hogares precarios, “la igualdad de oportunidades es el punto de partida y la defensa del mérito, la meta”. Creen que “el mercado es más creíble que el Estado (…) cultivan más el individualismo que la solidaridad (…) reconocen la importancia de un Estado eficaz para transformar los impuestos en servicios de calidad y reducir las desigualdades”.

El partido de Lula, uno de los más potentes de la izquierda latinoamericana, acertó con el diagnóstico, pero no ha dado por ahora con el tratamiento para detener la fuga de las clases populares hacia una derecha que los Bolsonaro lideran.
Bolsonaro padre, militar en la reserva, irrumpió como un huracán en 2018, un desconocido que prometía dar la vuelta al sistema. A los cuatro años, tras una pandemia, 700.000 muertos y coqueteos con el golpismo, obtuvo más votos, aunque insuficientes frente a un Lula resucitado. Los Bolsonaro acaban de conseguir, en la persona de Flávio, cinco millones de votos más que en 2022 con el patriarca encarcelado y el candidato, investigado por corrupción. Lula, al que los entrevistados ven como el sistema, puro continuismo, perdió tres millones de votos. “El problema de la izquierda es que confunde el proyecto de país con un proyecto de poder”, sentencia el contable Barbosa.
Resulta interesante cruzar los ingresos con las preferencias políticas. Un análisis de Folha de S.Paulo indica que el izquierdista vence en la base y la cima de la pirámide. Lula arrasa entre el tercio más pobre (los que ganan menos de 320 dólares al mes) y vence entre el 4% más rico. Bolsonaro hijo triunfa, en cambio, en la franja intermedia (de 450 a 5.200 dólares al mes) y con más margen que su padre.
Una imagen resume el panorama: Lula gana en ese trocito de Río que visitan los turistas. Copacabana, la cuna de la Bossa Nova, los barrios de Caetano Veloso, Gilberto Gil y Chico Buarque. Pero en el cinturón metropolitano, donde viven las limpiadoras y los porteros, son territorio Bolsonaro.

Además de peluquero, Fábio Souza es profesor de jiu-jitsu, un arte marcial muy popular en Brasil. Entre sus aficionados, incontables votantes de los Bolsonaro. Alcanzó el cinturón negro antes de votar por primera vez a un Bolsonaro, a Jair, en 2018. En su entorno los emprendedores se multiplican: ese ejército de conductores de Uber, vendedoras de dulces, repartidores… “Mucha gente quiere trabajar por libre para ganar un poquito más”. ¿Y lo consiguen? “Sí. Aumentas un poco la jornada y lo logras”.
Sostiene que, si Lula ganó en 2022, “fue, según lo que oímos entonces, porque hubo una manipulación para sacarlo de la cárcel y que ganara. Y, mire, ganó”, dice sentado en el salón de peluquería mientras su primo corta el pelo a tijera o maquinilla y repasa a navaja el cogote de un cliente.
Robson Souza, el menor, explica sus motivos antes de salir a toda prisa a recoger a su hija. La explicación es breve porque el motivo es uno. Quiere comprarse un coche, ya sabe cuál. “Un día, comentando con un cliente, me dijo: ¿Y por qué no esperas a 2027? Puede cambiar el Gobierno, y quizá bajan las tasas de interés [13,75%]”. Eso le abrió los ojos a una hipótesis que no había contemplado. Ahí decidió no repetir con Lula como en 2022, sino elegir a Bolsonaro. Una apuesta, sin garantía, como bien sabe. “Puede pasar o puede no pasar, pero si el coche bajara de 50.000 reales a 40.000, digamos, es una buena diferencia”, explica.
La peluquería abre de ocho a ocho. Treinta reales cuesta el corte de caballero, unos seis dólares. A su primo Fábio le preocupan los impuestos, que llevan a los negocios a cerrar o a trasladarse a ciudades del interior, los robos frecuentes de celular, la sobrecarga en la sanidad pública…
Este empresario-peluquero apostó por Lula allá a principios de siglo, cuando el obrero convertido en sindicalista encarnaba el cambio, los sueños de los obreros y de los inmigrantes nordestinos. Hace ya tiempo que se desencantó con él. Apunta que la frustración se ha extendido incluso al nordeste, el caladero de votos clave para Lula y el PT. “La gente ya se ha dado cuenta de que en estos cuatro años Lula no cumplió lo prometido. ¿Qué nos va a traer de nuevo en los próximos cuatro?”, se pregunta. “Mi familia es de Ceará y allí empiezan a darse cuenta de que también quieren un cambio”. En efecto, la derecha va abriendo brechas en el dominio del PT en su feudo más fiel.

Barbosa prefiere al patriarca frente a Bolsonaro hijo. Lo considera íntegro, “un tipo que no se corrompió”. Sugiere que eso motivó su caída. En cambio, al Souza mayor le gusta más Flávio, el heredero, porque “no tiene aquellas explosiones, no insulta, se controla más”. El duelo Lula-Bolsonaro se presenta extremadamente reñido. El derechista es el favorito. Nadie que quedó atrás en primera vuelta ha ganado la Presidencia. Pero tampoco era fácil de imaginar que Lula pudiera tener una segunda vida política tras la cárcel.
Si Bolsonaro gana, ¿cuál debería ser su prioridad como presidente? Responde el Souza mayor, padre de una niña: “Mejorar la educación y la sanidad. Necesitamos un cambio ahí para que los críos tengan más oportunidades de ir a la universidad, para que no sea tan difícil emprender nuevos caminos”.









