El sábado 11 de julio, los jugadores de la Selección Argentina salieron a disputar los cuartos de final del Mundial con un brazalete negro. Horas antes había muerto Antonio Ubaldo Rattín, uno de los grandes capitanes de la historia del fútbol argentino. Tenía 89 años.
Argentina derrotó a Suiza en tiempo suplementario y consiguió el derecho a enfrentar nuevamente a Inglaterra.
No será una guerra. Ningún partido puede recuperar un territorio, corregir una derrota militar ni devolver las vidas perdidas. Pero tampoco será un encuentro vacío.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hay partidos que duran noventa minutos y hay partidos que cargan con siglos.
Una frase nacida con la Independencia
El 9 de julio de 1816, el Congreso reunido en Tucumán declaró a las Provincias Unidas como una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y la metrópoli española.
Días más tarde se incorporó a la fórmula del juramento una precisión fundamental:
“Y de toda otra dominación extranjera”.
Según la interpretación difundida por el historiador Felipe Pigna, José de San Martín impulsó esa ampliación para impedir que la ruptura con España condujera a una nueva subordinación frente a Inglaterra, Portugal o cualquier otra potencia.
San Martín reclamaba con insistencia la declaración de la independencia. En abril de 1816 le había escrito al diputado Tomás Godoy Cruz:
“¿Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia?”
Para el Libertador, la soberanía no era una consigna decorativa. Era la condición política necesaria para que el Ejército de los Andes dejara de combatir como una fuerza insurgente contra el rey y pudiera avanzar hacia Chile y Perú en nombre de una nación libre.
La frase incorporada al juramento expresaba una advertencia que atravesaría la historia argentina: abandonar un dominio no sirve si se acepta otro en su lugar.
Desde entonces, la soberanía estuvo presente en las guerras, en los conflictos diplomáticos, en las disputas económicas y en la construcción de una identidad nacional que muchas veces se pensó frente a los grandes poderes del mundo.
También ingresó, con sus contradicciones y sus excesos, a una cancha de fútbol.
Falleció Antonio Ubaldo Rattín, el «alma de Boca» y leyenda de la Selección Argentina
1966: el capitán que no podía hacerse entender
El 23 de julio de 1966, Argentina e Inglaterra se enfrentaron en Wembley por los cuartos de final del Mundial. Inglaterra era el país organizador y terminaría consagrándose campeón. El partido quedó marcado por la expulsión del capitán argentino Antonio Rattín.
El árbitro alemán Rudolf Kreitlein no hablaba español. Rattín no hablaba alemán. En una época en la que todavía no existían las tarjetas amarillas y rojas, una expulsión debía comunicarse mediante palabras o gestos.
El argentino pidió un intérprete y se señaló el brazalete. Quería explicar que era el capitán y que tenía derecho a conocer el motivo de la sanción. El partido permaneció detenido durante varios minutos.
Rattín no quería salir.
No comprendía por qué lo expulsaban y se negaba a aceptar una decisión que consideraba injusta. Cuando finalmente fue obligado a retirarse, dejó dos imágenes que sobrevivieron al resultado.
Primero se sentó sobre la alfombra roja destinada al acceso al palco real.
La reina Isabel II no se encontraba en el estadio. Pero la alfombra seguía representando una jerarquía. Era un espacio reservado, un pequeño territorio que indicaba que algunas personas podían transitar por lugares vedados para el resto.
Rattín lo ocupó con su cuerpo.
No estaba formulando una teoría política sobre la igualdad. Según su propio recuerdo, actuó desde la bronca y la impotencia. Sin embargo, algunos gestos adquieren con el tiempo sentidos que exceden la intención de quienes los realizan.
Sobre la alfombra destinada a una reina se sentó un jugador sudamericano que exigía ser escuchado como un igual.
Después se levantó y continuó caminando hacia el vestuario.
Al llegar a una de las esquinas de la cancha encontró el banderín de córner con los colores británicos. Lo tomó con la mano y lo retorció con fuerza mientras desde las tribunas le arrojaban objetos.
El gesto no cambió la expulsión. No devolvió al capitán al partido ni evitó la derrota argentina por uno a cero.
Su valor fue otro.
Rattín había perdido la discusión con el árbitro. No podía comunicarse, no conseguía una explicación y estaba siendo expulsado del territorio de juego. Pero se negaba a marcharse como un hombre inferior.
Primero detuvo su cuerpo sobre la alfombra de la monarquía.
Después cerró la mano sobre el símbolo de la nación anfitriona.
La alfombra expresaba que había personas situadas por encima de otras. Su cuerpo la convirtió durante unos minutos en un lugar común.
El banderín marcaba el límite de la cancha y exhibía la identidad del país organizador. La mano de Rattín pareció responder que ninguna bandera vuelve naturalmente superior a un pueblo.
Seguramente no pensaba en San Martín mientras abandonaba Wembley. Pero algunos gestos parecen pronunciar antiguas frases sin necesidad de conocerlas:
“Y de toda otra dominación extranjera”.
1986: una guerra detrás de la cancha
Veinte años después, Argentina e Inglaterra volvieron a encontrarse en los cuartos de final de un Mundial.
El partido se disputó el 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca de México. Habían pasado apenas cuatro años desde la guerra de Malvinas. Argentina había recuperado la democracia, pero continuaba atravesada por las consecuencias de la dictadura, la derrota militar y la memoria de los jóvenes enviados a combatir en el Atlántico Sur.
Antes del encuentro, jugadores y entrenadores intentaron separar el fútbol de la guerra. Era una afirmación necesaria: los futbolistas no habían decidido aquel conflicto y una cancha no podía transformarse literalmente en un campo de batalla.
Pero la separación nunca fue completa.
Años después, Diego Maradona reconocería que para los jugadores argentinos vencer a Inglaterra había sido parecido a derrotar a un país y no solamente a un equipo. Sabían que muchos jóvenes habían muerto en las islas y vivieron el triunfo como una revancha.
Una revancha simbólica.
Argentina no recuperó las Malvinas en el estadio Azteca. Los goles no corrigieron las decisiones de la dictadura ni devolvieron la vida a los soldados. Pero una sociedad que conservaba la imagen de la derrota encontró, durante noventa minutos, otra manera de representarse.
El primer gol de Maradona fue ilegal.
El capitán argentino saltó junto al arquero Peter Shilton y tocó la pelota con el puño izquierdo. El árbitro tunecino Ali Bin Nasser no observó la infracción y convalidó el tanto. Las repeticiones televisivas mostraron la mano, pero el fútbol todavía no contaba con una herramienta que permitiera revisar y modificar la decisión.
Para Inglaterra fue una estafa.
Para una parte de la sociedad argentina, la jugada se transformó en picardía, revancha y justicia popular. El futbolista pequeño, nacido lejos de los centros del poder mundial, engañaba al arquero alto de una potencia que cuatro años antes había derrotado militarmente a su país.
La infracción no dejó de ser una infracción.
Pero se convirtió en un mito.
La Mano de Dios representó una justicia que no coincidía con el reglamento. La astucia del que se percibía más débil frente a quien aparecía como poderoso. No pedía permiso ni esperaba que las instituciones reconocieran un agravio anterior.
Precisamente por eso continúa siendo una imagen contradictoria. Reducirla a una hazaña patriótica sería tan insuficiente como limitarla a una simple trampa deportiva.
Cuatro minutos después, Maradona convirtió el segundo gol.
Recibió la pelota dentro del campo argentino, avanzó durante once segundos, superó a los futbolistas ingleses que intentaron detenerlo, eludió a Shilton y definió.
El segundo gol cambió el sentido del primero.
En la Mano de Dios, Maradona había engañado a la autoridad.
En el Gol del Siglo ya no necesitó ocultar nada.
Inglaterra sabía que debía detenerlo. Los defensores lo rodearon, lo persiguieron e intentaron derribarlo. No pudieron.
La primera jugada había sido una transgresión.
La segunda fue una demostración.
Una decía que el poder también podía ser burlado.
La otra demostraba que podía ser vencido sin engaños.
Juntas formaron uno de los relatos más poderosos de la cultura popular argentina.

De la mano de Rattín a la mano de Maradona
Hay una continuidad visual entre Wembley y el Azteca.
En 1966, la mano de Rattín se cerró sobre el banderín británico mientras el capitán era obligado a abandonar la cancha.
En 1986, la mano izquierda de Maradona volvió a aparecer frente a Inglaterra.
No fueron acciones equivalentes. Una fue un gesto de protesta y la otra una infracción dentro del partido. Pero ambas convirtieron el cuerpo en un territorio de resistencia.
Rattín no había podido impedir la derrota.
La mano de Maradona abrió el camino hacia una victoria.
Después llegaron los pies.
La mano que en Wembley había retorcido un símbolo británico regresó veinte años más tarde para elevar una pelota. La primera pertenecía a un capitán expulsado. La segunda, a un capitán que se negaba a perder.
Encuesta: Maradona o Messi, ¿a quién nos parecemos más los argentinos?
Una deuda llamada Diego
Años después, Eduardo Sacheri intentó explicar en su cuento “Me van a tener que disculpar” por qué era incapaz de juzgar a Maradona con la misma vara que al resto de los hombres.
No negó sus contradicciones ni lo convirtió en un santo. Habló de una deuda personal:
“Yo le debo esos dos goles a Inglaterra”.
Sacheri no escribió solamente sobre dos acciones deportivas. Escribió sobre una felicidad recibida, sobre un instante que el paso del tiempo no podía borrar y sobre una gratitud capaz de alterar cualquier juicio imparcial.
Su frase expresó algo que millones de argentinos habían sentido sin encontrar las palabras.
Le debían a Maradona la posibilidad de recordar a Inglaterra desde una imagen diferente. No solamente la de los soldados argentinos rendidos después de una guerra conducida irresponsablemente por una dictadura, sino también la de un hombre pequeño que avanzaba con una pelota mientras los ingleses quedaban detrás suyo.
La victoria no reparó la historia.
Pero cambió, durante un instante, la posición desde la cual un pueblo podía mirarla.
2026: el capitán ya no está
El 11 de julio de 2026, Antonio Rattín murió mientras Argentina se preparaba para jugar contra Suiza.
Ese mismo día, los jugadores llevaron un brazalete negro en su memoria. En 1966, Rattín se había señalado el brazalete de capitán para reclamar una explicación. Sesenta años después, la cinta volvió a los brazos argentinos para anunciar que aquel capitán ya no estaba.
La correspondencia es difícil de ignorar.
En Wembley, el brazalete decía: soy el capitán y tengo derecho a ser escuchado.
En 2026, el brazalete negro dijo: el capitán murió, pero su historia continúa entre nosotros.
Cuatro días después de su muerte, Argentina e Inglaterra volverán a enfrentarse en un Mundial.
No serán los únicos cruces entre ambos países. También estuvieron los partidos de 1998 y 2002, atravesados por los penales, la expulsión de David Beckham y su posterior revancha.
Pero 1966, 1986 y 2026 forman un arco particular: el nacimiento de una herida, su transformación en mito y su regreso dentro de una sociedad completamente distinta.
En 1966, el capitán y el árbitro no podían entenderse.
En 1986, las cámaras mostraron el error, pero no existía una herramienta capaz de corregirlo.
En 2026, cada jugada podrá ser detenida, ampliada y revisada desde múltiples ángulos.
La tecnología puede medir la posición de un pie, reconstruir un fuera de juego y examinar un contacto dentro del área. Lo que no puede decidir es qué representa un partido para una sociedad.
Para los futbolistas deberá ser un encuentro deportivo, jugado con profesionalismo y respeto. No son responsables de una guerra ocurrida antes de que muchos de ellos nacieran.
Para quienes estarán detrás de los televisores, sin embargo, nunca será solamente fútbol.
El miércoles
El miércoles 15 de julio habrá familias reunidas, amigos alrededor de una mesa, trabajadores siguiendo el partido desde una radio y niños que quizá escuchen por primera vez los nombres de Rattín, Maradona y Malvinas.
Habrá quienes recuerden personalmente el Mundial de 1986 y quienes solo conozcan aquellos goles a través de imágenes reproducidas miles de veces.
Puede haber una victoria o una derrota. Puede aparecer una nueva jugada memorable o simplemente un partido cerrado, áspero y ordinario. El peso de la historia no garantiza la épica.
Antes de que la pelota comience a rodar se escuchará el Himno Nacional.
“¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!”, dice su comienzo.
Después habla del ruido de las cadenas rotas y pide contemplar “en trono a la noble igualdad”. Finalmente llega el juramento:
“Coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir”.
No se trata de morir por un partido.
Se trata de comprender que existen momentos en los que un pueblo necesita reconocerse en una misma voz. Momentos en los que once jugadores dejan de representar solamente a un equipo y cargan, aun sin haberlo elegido, con los recuerdos, las heridas y las esperanzas de millones.
Cuando Argentina e Inglaterra ingresen a la cancha, regresará Rattín sentado sobre la alfombra de la reina.
Regresará su mano apretando el banderín.
Regresará Maradona elevándose frente a Shilton.
Regresará su cuerpo avanzando durante once segundos hacia el arco inglés.
Regresará Sacheri confesando una deuda que el tiempo no pudo cancelar.
Y regresará aquella frase incorporada en los comienzos de nuestra historia, cuando la Argentina intentaba explicar ante el mundo qué significaba ser verdaderamente independiente:
“Y de toda otra dominación extranjera”.
El resultado todavía no está escrito.
La historia que acompañará a los jugadores, sí.
*Fotógrafo Documental










