Murió el Indio Solari: un unicornio en medio del pogo

Murió el Indio Solari: un unicornio en medio del pogo

El Indio Solari murió y el país se llenó de intérpretes. Nunca faltaron, pero ahora son más. Desde hace años hay especialistas en explicar qué quiso decir en tal canción, qué pensaba realmente sobre tal asunto y quién era detrás del personaje. Es una de las ventajas de estar muerto: ya no existe el riesgo de contradecir a nadie.

Nació como Carlos Alberto Solari, pero eso importa poco. También Kafka nació como Kafka y nadie escribe necrológicas sobre un certificado de nacimiento. El problema con el Indio es otro. Durante cuarenta años logró que una cantidad desproporcionada de personas trabajara para él gratuitamente. Él escribía unas pocas líneas y cientos de miles se dedicaban a interpretarlas. Pocos artistas argentinos consiguieron semejante economía de recursos.

Murió el Indio Solari a los 77 años, líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota e ídolo del Rock Nacional

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Su parentesco más interesante no está en el rock argentino sino en Silvio Rodríguez. La comparación puede parecer arbitraria hasta que uno deja de escuchar las canciones y empieza a observar lo que ocurre alrededor de ellas. Los dos pertenecen a una corriente que podría llamarse «surrealismo socialista». Es decir, la costumbre latinoamericana de envolver intuiciones políticas, morales o sentimentales en una nube de imágenes más o menos enigmáticas. Silvio llenó sus canciones de unicornios, ventanas, barcos y personajes alegóricos. El Indio prefirió tahúres, fugitivos, traficantes, princesas, científicos delirantes y delincuentes metafísicos. Los seguidores de ambos dedicaron décadas a descifrar mensajes que quizá nunca estuvieron allí. Pero una vez que una multitud decide buscar profundidad, la profundidad termina apareciendo, porque la profundidad es cortés.

La diferencia es que Silvio siempre pareció convencido de saber exactamente qué quería decir. El Indio fue más prudente. O más astuto. Entendió que una explicación resuelve un problema, mientras que una ambigüedad puede durar medio siglo. Hay canciones de Silvio que parecen querer comunicar algo. Hay canciones del Indio que parecen querer perpetuar la conversación.

Con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota construyó una de las máquinas de identificación colectiva más eficaces que produjo la cultura popular argentina. Los Redondos fueron un grupo de rock, pero también una manera de pertenecer. Para algunos funcionaron como una educación sentimental; para otros, como una filosofía portátil; para muchos, como una tribu.

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No fue un gran cantante. Tampoco un gran músico en el sentido que suelen darle los músicos. Ni siquiera estoy seguro de que haya sido un gran poeta, aunque sospecho que la discusión lo habría divertido. Fue algo más extraño y probablemente más difícil: un fabricante de frases memorables. Consiguió que fragmentos de canciones abandonaran las canciones y empezaran a circular solos. La gente los repite, los escribe en paredes, se los tatúa sobre la piel y los utiliza para explicar emociones que no sabe explicar de otro modo. Sospecho que incluso los usa en conversaciones privadas, susurrados al oído. Hay escritores enteros que no consiguen semejante nivel de infiltración.

Comprendió además algo elemental: la exposición desgasta. Mientras el resto de los artistas corría hacia las cámaras, él se alejaba de ellas. Administró sus apariciones con una inteligencia que hoy parece casi extravagante. Cada silencio alimentaba la leyenda. Cada ausencia aumentaba el interés. Descubrió que la mejor manera de volverse omnipresente consistía en ausentarse.

Por eso sus recitales terminaron pareciéndose menos a conciertos que a peregrinaciones. Miles de personas viajaban durante horas para verlo aparecer durante un rato sobre un escenario. No iban solamente a escuchar canciones. Iban a verificar una existencia. Como sucede con ciertas devociones religiosas, importaba menos lo que ocurría que la posibilidad de decir después: yo estuve ahí.

Los argentinos suelen imaginar que fenómenos semejantes son patrimonio nacional, pero en 2017 ocurrió algo revelador. Mientras el Indio convocaba una multitud gigantesca en Olavarría, en Italia Vasco Rossi reunía otra multitud igualmente gigantesca en Módena. Dos hombres nacidos en los años 50, dos países afectos a la nostalgia y dos masas desplazándose cientos de kilómetros para celebrar algo que ya estaba ocurriendo desde hacía décadas. Ni Vasco Rossi ni el Indio representaban una novedad. Representaban una continuidad. Doscientas mil personas no viajaban para descubrirlos. Viajaba para reconocerse en ellos.

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Esa clase de fenómenos suele desconcertar a los periodistas culturales. Se preguntan qué tienen esas canciones. La pregunta es otra. Qué tienen esas personas. Qué buscan cuando se reúnen en cantidades industriales alrededor de un hombre que canta. Qué necesidad colectiva queda satisfecha durante unas pocas horas.

La enfermedad fue reduciendo poco a poco el territorio del cuerpo. El Parkinson convirtió cada aparición en una negociación visible entre la voluntad y la materia. La materia ganó, como viene ganando desde hace algunos millones de años. Pero incluso entonces la figura siguió creciendo. Otros artistas envejecen hasta convertirse en una copia cansada de sí mismos. El Indio parecía avanzar en dirección contraria. Cuanto menos podía hacer, más simbólico se volvía.

Tampoco colaboraba demasiado con la iconografía habitual del género. El rock argentino produjo una cantidad considerable de hombres empeñados en parecer rockeros. El Indio eligió otro camino. Durante años subió al escenario vestido como un gerente de sucursal bancaria que acababa de abandonar una reunión particularmente aburrida.

Camisas, pantalones discretos, algún saco, ninguna voluntad visible de seducir mediante el vestuario. Resultaba extraño: mientras decenas de miles de personas proyectaban sobre él fantasías de marginalidad, peligro o rebeldía, el hombre parecía listo para explicarle a un cliente las ventajas de un plazo fijo. Quizá allí hubiera también una forma de inteligencia. Entendió que ya no necesitaba parecer nada. El mito hacía ese trabajo por él.

También pertenecía a un país que ya no existe. Una Argentina donde todavía era posible construir una leyenda sin exhibir la intimidad en cuotas diarias. Una época en la que un artista podía callarse durante meses sin que nadie interpretara el silencio como una estrategia de marketing o una crisis emocional. El Indio entendió algo que hoy parece olvidado: el silencio no es la ausencia de un discurso. A veces es el discurso.

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Ahora empieza la parte más incómoda. Llegarán las reediciones, los homenajes, los documentales, los suplementos especiales y los amigos retrospectivos. Aparecerán quienes aseguren haberlo entendido mejor que nadie y quienes administren la interpretación correcta de cada verso. Habrá custodios del legado, guardianes del sentido oculto y especialistas en explicar qué pensaba sobre asuntos que tuvo la delicadeza de no comentar. El muerto tendrá una agenda más cargada que el vivo.

Quedan los discos, naturalmente. Quedan las canciones. Quedan las discusiones. Queda una multitud envejecida que seguirá buscando significados en frases escritas hace cuarenta años. Como Silvio Rodríguez, deja detrás una obra condenada a la relectura permanente. Los dos fueron, cada uno a su manera, practicantes consumados de ese surrealismo socialista tan latinoamericano: la sospecha de que detrás de cada imagen hay una revelación esperando.

La diferencia es que Silvio parecía prometer una respuesta, y el Indio construyó una carrera entera alrededor de la pregunta.

No es un destino menor. Hay artistas que dejan certezas. Él deja discusiones. Y las discusiones, a diferencia de las certezas, tienen la costumbre de sobrevivir a sus autores.

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