Alguien nos ha bendecido a los argentinos que sentimos pasión por el fútbol. Sin remontarnos a décadas más lejanas podemos decir con orgullo, y cierta dosis de soberbia, que hemos visto jugar a Maradona y a Messi, sin olvidarnos de los cracks que cada uno quiera nombrar de su olimpo personal.
Pero hablamos de Leo, el genio que la Selección Argentina ya empieza a extrañar y el fútbol del mundo comenzará a hacerlo, en forma irremediable, en poco tiempo.
¿Qué vemos cuando vemos jugar a Messi, en las distintas canchas que parecen convertirse en el patio de su casa? Vemos a un chico que juega. Parece una obviedad; no lo es. Es un chico que juega con su juguete preferido, que lo usa como nadie, porque juega muy en serio y como nadie puede jugar.
Durante más de veinte años Messi nos mostró una simbiosis mágica con la camiseta argentina, esa que siempre supo que era la que quería vestir más allá de los intentos españoles por convencerlo de que el rojo era el color con el que más títulos podía ganar.
Años de goles, genialidades, broncas, lágrimas de las buenas y de las malas. Siempre con esa zurda absoluta (como el oído absoluto de los genios musicales) capaz de provocar todo tipo de asombros.
Porque durante dos décadas todo el planeta fútbol supo que si Leo arrancaba en diagonal desde la derecha hacia el centro iba a encontrar el espacio y el tiempo justos para sacar el remate y clavarla en el ángulo. La información, las imágenes, las estadísticas, las tenían todos; la solución, ninguno.
Messi es y fue (en la Selección) el previsible más imprevisible de todos. Hacía lo de siempre y le salía casi siempre; inventaba lo que no estaba en los repertorios conocidos y también le salía. Hablamos en pasado porque hablamos de la Selección, pero con 39 años en su último partido con Inter Miami convirtió cuatro goles.
Messi es y fue eso: la magia en estado puro. El pibito que desparramaba a todos con su gambeta pasó de genio a sabio, como dice Jorge Valdano. Claro que, sin dejar de ser genio, con los años empezó a gambetear menos, correr menos, pensar más. El que lo ve desde la tribuna a veces se encuentra con la desconcertante imagen de un tipo que camina despacio, que escanea los primeros minutos de un partido en el que quizás todavía no participa. Está pensando, decía César Luis Menotti. Camina y radiografía la defensa contraria, sus huecos, sus fragilidades. Y si nos las descubre, los inventa.
Todo eso se ve más en la cancha: el Messi de la película, no el de la foto. El Leo que juega en cada minuto, incluso cuando parece que no está, cuando esa presunta ausencia unos segundos después será una pelota que hay que buscar dentro del arco.
Ese Messi de cualquier edad que siempre fue un pibito genial jugando con su pelota, ya con 39 años siente que no es suficiente para seguir ganando con la Selección. Y el fútbol será peor desde ayer.









