No es fácil imaginar cuánto tiempo son 120.000 años. 1.200 siglos. 100 veces lo que duró el Imperio Romano. Ese es el tiempo durante el que, según un estudio que publica este miércoles la revista Nature, los Denisovanos ocuparon de forma repetida la cueva de Bianfu, en Yunnan, en el suroeste de China. Entre hace 190.000 y hace 70.000 años.
Pasan muchas cosas en 120.000 años. Se pueden desarrollar sofisticados rituales, danzas repetitivas creadas por la tribu para forzar un sentido en el mundo o apaciguar el terror de los sueños. Pueden aparecer los primeros balbuceos de lenguaje para desaparecer luego, en un camino de sonámbulo hacia la conciencia que nunca es de una dirección. Y también se pueden tallar piedras para cortar carne de animales para sobrevivir.
Se puede caer en el error de pensar que los restos físicos que dejaron los humanos que habitaron el pasado profundo, o aquellos que podemos recuperar, eran lo que más les importaba o lo que mejor los definía. Por eso es tan difícil la labor de los paleoantropólogos, que tratan de reconstruir la existencia de aquellos ancestros con pequeños hallazgos milagrosos: un hacha de piedra, un arañazo en la pared de una cueva, una proteína en un hueso. La vida de linajes enteros durante cantidades inimaginables de tiempo a partir de unos pocos vestigios.
Hoy, Nature publica dos artículos que aportan unas cuantas piezas al rompecabezas descomunal de la evolución humana y que empiezan a dotar de presencia física a una especie hasta ahora fantasmagórica. Los denisovanos fueron la primera especie de entre nuestros parientes próximos que entró en la historia sin necesidad de grandes fósiles con los que hacerse una idea de cómo era su cráneo o su esqueleto.
La extracción de ADN antiguo en dientes y falanges encontrados en la cueva siberiana de Denisova sirvió para determinar la existencia de la especie, pero durante un tiempo no se hallaron fósiles para reconstruir su aspecto y su historia. Más adelante, se fueron identificando restos que, probablemente, pertenecían al mismo grupo. Una mandíbula encontrada en la cueva de Baishiya, en la meseta del Tibet, restos procedentes del estrecho de Taiwan y el espectacular cráneo de Harbin, en el noreste de China, son los más destacados.
En el primero de los artículos de hoy, un equipo de científicos liderado por Qiaomei Fu, del Instituto de Paleontología y Paleoantropología de Vertebrados de Pekín, en China, amplía nuestra visión sobre los denisovanos con un trabajo que busca agujas en un pajar de huesos. Los investigadores examinaron más de 60.000 fragmentos óseos procedentes de la cueva, la mayoría de animales, en busca de restos humanos irreconocibles a simple vista. Para conseguirlo, utilizaron una técnica denominada ZooMS, que permite identificar especies a partir de pequeñas diferencias en las proteínas del colágeno.
Después, realizaron análisis proteómicos más detallados, e identificaron tres fragmentos que atribuyen a los denisovanos, dos partes de huesos parietales del cráneo y un fragmento del radio del brazo. Este hueso, como otros asociados a la especie, presenta una mezcla de características. Algunas dimensiones y la orientación de determinadas estructuras recuerdan a los neandertales, y la forma general del hueso lo acerca a los humanos modernos.
Si el primer estudio ofrece información sobre su aspecto, el segundo artículo que hoy publica Nature, empieza a reconstruir su forma de vida a partir de las herramientas y los restos animales encontrados en Bianfu. Los denisovanos de esa región se adaptaron a su paisaje, bosques dominados primero por coníferas y después por estepas. No cazaban cualquier cosa. Tenían una clara preferencia por animales medianos y grandes, como ciervos y bóvidos, y elegían individuos adultos jóvenes o maduros, porque eran presas más rentables. Cuando los habían abatido, los aprovechaban todo, hasta el tuétano de los huesos.
Un aspecto interesante es que la forma de vida de aquellas gentes no requería una tecnología muy sofisticada. Durante milenios, los denisovanos se conformaron con unas herramientas de piedra sencillas. “Hicieron un uso eficaz de los recursos que los rodeaban. La piedra disponible podía proporcionar filos cortantes útiles con un modelado relativamente escaso, mientras que los huesos animales podrían haber ofrecido un conjunto de herramientas complementario bastante útil”, explica Bo Li, profesor de la Universidad de Wollongong, en Australia, y coautor del estudio.
Si la tecnología cumplía su función, y así vivieron durante decenas de miles de años, ¿por qué invertir más tiempo y energía en producir instrumentos complejos? La pregunta puede extrañar a los humanos modernos y es otra muestra de que la historia de la humanidad no es necesariamente un camino de mejora continua.
Esto no significa que todos los grupos de denisovanos fueran iguales, algo que no debería sorprendernos dada la habitual diversidad humana si no fuese por el prejuicio de homogeneidad que solemos aplicar a los extraños. “Otros yacimientos contemporáneos del suroeste de China han proporcionado un conjunto de herramientas más avanzado, aunque sigue siendo una incógnita si esos conjuntos fueron elaborados por denisovanos”, puntualiza Li.
En la meseta tibetana, en la cueva de Baishiya, las condiciones eran muy diferentes y sus estrategias de subsistencia parecen haber sido más variadas como respuesta a un ambiente mucho más extremo e impredecible. Los denisovanos, por tanto, no parecen haber tenido una única forma de vida y podían modificar sus estrategias según el territorio.
También aparecen sorprendentes paralelismos con los neandertales. Algunos útiles de hueso de Bianfu recuerdan a los encontrados en contextos neandertales de Eurasia occidental. Esto plantea una cuestión fascinante: poblaciones humanas separadas por miles de kilómetros podían desarrollar de forma independiente soluciones tecnológicas parecidas para problemas similares.
La reconstrucción del linaje denisovano también es una labor de conocimiento de nuestra especie. Yunnan se encuentra en una posición estratégica, entre la meseta del Tíbet, China Oriental, el sur de Asia y el sudeste asiático, la zona junto con Oceanía donde la gente tiene más ADN denisovano. Las piezas que presentan este estudio muestran a una especie que había ocupado una gran extensión en Asia adaptándose a ambientes muy diferentes, desde las montañas de Altai, en Siberia, a la meseta tibetana y las regiones subtropicales del sur de China.
En la reconstrucción de un mundo tan antiguo y con tan pocos restos, el equipo chino no ha utilizado ADN, porque aún no se ha recuperado de los restos de Bianfu. La identificación se ha realizado mediante proteínas antiguas y variantes moleculares características de los denisovanos. Los cinco fósiles presentan, por ejemplo, una variante de una proteína del colágeno que aparece de forma consistente en los restos denisovanos conocidos.
Esto también explica por qué el descubrimiento es metodológicamente importante. Para algunos, el futuro de la paleontología humana podría depender cada vez menos de encontrar cráneos o tibias y cada vez más de aprender a extraer información de miles de fragmentos aparentemente insignificantes.
No todo el mundo está de acuerdo. María Martinón-Torres, directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, en Burgos, alaba que el estudio “empieza a poner huesos, cara e incluso comportamiento a este fantasma que eran los denisovanos”. “Eso también permite cotejar la señal molecular de las proteínas con la anatomía”, añade. Sin embargo, advierte de que la fascinación por una herramienta, como sucedió con la secuenciación de ADN antiguo, pueda hacernos sobreestimar nuestro conocimiento o abandonar otros métodos de adquirirlo menos modernos.
“En este estudio vemos que una señal molecular asociada a los denisovanos aparece en fósiles con morfologías bastante distintas, y además conocemos otras variantes compartidas por Homo erectus, denisovanos y humanos modernos. Entonces la pregunta es: ¿qué nos están contando las proteínas? Yo creo que debemos ser cautos y no convertirlas en un código de barras para identificar una especie”, explica.
En su opinión, se puede caer en la tentación de considerar este tipo de evidencias por encima de los fósiles, cuando deberían tenerse en cuenta en conjunto. “Compartir una mutación no prueba automáticamente que dos fósiles pertenecen a la misma especie. Esa mutación puede ser heredada de un ancestro común muy anterior o reflejar una adaptación a un entorno concreto y aún no hay suficiente investigación para distinguir entre estas posibilidades”, afirma.
En el estudio del pasado, la escasez de información puede dar lugar a relatos más redondos, porque la imaginación puede funcionar sin necesidad de encajar muchos pedazos de información. Antonio Rosas, paleoantropólogo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), reconoce que, a veces, cuando hay más datos, la historia se complica, pero en el caso de los denisovanos y de la evolución humana en Asia esto no será así, porque aún no hay una historia clara que complicar. “Asia es un territorio inmenso, donde tenemos poblaciones de Homo erectus, con una anatomía bastante clara. Ahora empezamos a definir el mundo de los denisovanos, y después tenemos otro más complejo, el de la posible llegada de los sapiens hace 120.000 años, algo que no tenemos claro y que podremos esclarecer cuando tengamos más información”, explica.
En esta región con tres mundos superpuestos y mal delimitados vivieron los denisovanos que ocuparon la cueva de Bianfu durante decenas de miles de años. Hallazgos como el presentado hoy empiezan a convertirlos en algo más que una señal escondida en el ADN de los humanos modernos o en los genomas antiguos de Denisova. Ya nos los podemos imaginar cazando o fabricando herramientas y adaptándose a los cambios en su entorno durante miles de generaciones.
Será mucho más difícil, si solo se tienen en cuenta los restos que perduran, saber qué les importaba de verdad y no imponerles nuestras inclinaciones. Sobre la sencillez de las herramientas en Bianfu, Rosas hace una reflexión: “Podríamos darle la vuelta, porque quizá esa sencillez nos muestra un carácter sofisticado: ¿para qué me voy a complicar la vida si ya lo tengo casi hecho y a mano?”. Es posible que aquellos denisovanos solo dedicasen a la supervivencia lo imprescindible para poder dedicar su tiempo a las cosas que de verdad interesan a los humanos y que no se suelen encontrar en los yacimientos arqueológicos.









