Córdoba: del Silicon Valley de Sudamérica a la conquista del octavo continente

Córdoba: del Silicon Valley de Sudamérica a la conquista del octavo continente

Córdoba ya demostró que puede atraer una industria que parecía reservada a otras latitudes. Motorola fue la primera señal y detrás llegaron nuevas empresas, métodos de trabajo y generaciones de emprendedores. La inteligencia artificial plantea un desafío de la misma dimensión, pero con una exigencia mayor: para habitar este nuevo territorio no alcanza con usar herramientas creadas afuera. Hay que producir tecnología, alojar capacidad de cómputo y formar a quienes puedan decidir qué hacer con ella.

Los mapas del poder económico siempre tuvieron territorios visibles: puertos, minas, fábricas y rutas. Internet añadió otro, sin costas y sin fronteras físicas. Siguiendo una imagen asociada a Jacques Attali, podríamos llamarlo el séptimo continente. Allí Córdoba encontró un lugar propio: pasó de ser una gran ciudad universitaria e industrial a convertirse también en un polo de software y servicios tecnológicos.

Ahora emerge un territorio diferente. La inteligencia artificial no es solamente una nueva industria digital. Es una capa que reorganiza las demás: cambia la producción, la medicina, la educación, el comercio, el gobierno y la defensa. Por eso propongo llamarla el octavo continente. No porque esté separado de Internet, sino porque tiene recursos, rutas, potencias y dependencias propias. Sus materias primas son los datos y la energía; sus puertos son los centros de datos; sus caminos son la fibra, y su capital más escaso es el talento capaz de formular problemas, entrenar modelos y convertirlos en decisiones útiles.

La pregunta para Córdoba no es si la inteligencia artificial llegará. Ya llegó. La pregunta es si la provincia será una usuaria periférica, que paga por soluciones diseñadas en otros centros de poder, o una colonizadora pacífica de ese nuevo continente: una sociedad que explora, crea, invierte y conserva capacidad de decisión sobre su futuro.

Una historia que autoriza a pensar en grande

Hace veinticinco años, atraer a Motorola a Córdoba también parecía una ambición desmesurada. El acuerdo para instalar su centro de desarrollo de software se firmó en junio de 2000. Su valor no puede medirse sólo por la cantidad de empleados que tuvo la compañía. Motorola introdujo estándares internacionales, conectó profesionales cordobeses con proyectos globales y formó personas que luego crearon empresas, dirigieron equipos o enseñaron a otros. Fue una escuela de escala mundial instalada en la ciudad.

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Después llegaron Intel, EDS y otras compañías. Al mismo tiempo, las empresas locales entendieron que debían asociarse, mejorar sus procesos y competir por talento. El Córdoba Technology Cluster, constituido formalmente en 2001, fue parte de esa respuesta. Años más tarde, la provincia se convirtió en pionera al reconocer al software como industria y establecer políticas específicas para promoverlo.

Tuve la oportunidad de participar en aquella etapa desde la función pública. La experiencia dejó una enseñanza que sigue vigente: las inversiones transformadoras no aparecen por generación espontánea. Hubo que identificar empresas, comprender sus necesidades, ofrecer certezas, reunir al gobierno con las universidades y sostener una conversación internacional. El resultado no fue obra de una sola administración ni de una sola firma. Fue una señal inicial que el ecosistema multiplicó.

Hoy el Córdoba Cluster reúne a más de 350 empresas e instituciones vinculadas con tecnología y economía del conocimiento. La Municipalidad registra, además, un ecosistema de startups que abarca software, salud, educación, comercio, agro y gobierno digital. Córdoba ya tiene tripulación. Lo que necesita ahora son nuevas naves y una misión compartida.

Las carabelas del octavo continente

En la primera expansión tecnológica, la principal promesa fue el capital humano. En la era de la inteligencia artificial, el talento continúa siendo decisivo, pero debe viajar acompañado por infraestructura física. La nube parece inmaterial sólo desde la pantalla del usuario. Detrás hay edificios, servidores, refrigeración, subestaciones, redes de transmisión y enormes volúmenes de electricidad disponibles las veinticuatro horas.

La primera carabela es, entonces, la energía. Córdoba debería identificar zonas en las que pueda ofrecer potencia firme, ampliable y con contratos previsibles. Sus centrales hidroeléctricas, la generación térmica y las posibilidades de energía solar, de biomasa y de nueva generación distribuida son activos que deben integrarse en una propuesta concreta. Una empresa que evalúa un centro de datos no compra una declaración: necesita saber cuántos megavatios recibirá, en qué fecha, con qué redundancia y bajo qué precio y reglas.

La segunda carabela es la conectividad. Un centro de datos para inteligencia artificial o un edge data center necesita al menos dos rutas de fibra físicamente separadas, proveedores alternativos, enlaces de alta capacidad y salida internacional confiable. La redundancia no puede existir sólo en un plano: dos cables que comparten la misma traza son una única vulnerabilidad. Provincia, municipios, cooperativas y operadores deberían acordar corredores digitales y publicar su capacidad real.

La tercera es el suelo listo. Córdoba puede seleccionar áreas cercanas a energía, fibra y rutas, con disponibilidad de agua o sistemas de refrigeración adecuados, evaluación ambiental previa, seguridad y reglas urbanísticas claras. El inversor debe encontrar una ventanilla capaz de coordinar permisos sin eliminar controles. Agilidad no es ausencia de Estado; es un Estado que conoce el proyecto, responde en plazo y evita que una misma información sea solicitada por cinco oficinas.

La cuarta carabela es el conocimiento. Ser nativos de la inteligencia artificial exige que las universidades incorporen esta tecnología en todas las carreras, no sólo en informática. Un médico debe aprender a evaluar una recomendación algorítmica; un ingeniero, a diseñar con modelos; un abogado, a reconocer responsabilidades y sesgos; un docente, a usar la IA sin renunciar al pensamiento; un administrador público, a medir resultados. La capacitación técnica debe comenzar antes, en las escuelas, y llegar también a trabajadores y pymes.

La quinta es la libertad de crear. Internet creció porque miles de personas pudieron experimentar antes de que cada uso tuviera una regulación específica. La IA necesita un clima parecido, acompañado por reglas sencillas para proteger derechos concretos. Córdoba podría establecer espacios de prueba, facilitar el acceso a datos públicos anonimizados y premiar soluciones que mejoren la salud, el agro, la industria, la educación, la seguridad vial o la administración. Un buen premio no compra una idea: le da visibilidad, un primer cliente y la posibilidad de demostrar que funciona.

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Preparar misiones y no sólo anunciar deseos

Una conquista inteligente necesita objetivos. La primera misión debería ser atraer capacidad de cómputo. No hace falta comenzar compitiendo por el mayor hyperscale data center de América Latina. Córdoba puede promover centros medianos y edge data centers próximos a industrias, universidades, bancos, empresas de salud y servicios públicos. Esos nodos reducen latencia, mantienen ciertos datos cerca de su origen y crean demanda para técnicos, energía, conectividad, seguridad y mantenimiento.

Para salir al mundo habría que formar una unidad pequeña y profesional de promoción, con un inventario verificable de sitios, potencia eléctrica, fibra, incentivos, permisos y talento disponible. Esa unidad no debería esperar consultas: tendría que presentar Córdoba ante desarrolladores de centros de datos, empresas de nube, fabricantes de chips, fondos de infraestructura y laboratorios de inteligencia artificial. En esta industria, una relación internacional se construye mucho antes de que aparezca una licitación o se anuncie una inversión.

La segunda misión es conectar a las pymes cordobesas con los líderes mundiales. Las rondas empresarias tradicionales son insuficientes si terminan en una fotografía. Cada misión debe salir con empresas seleccionadas, problemas concretos, reuniones preparadas y seguimiento durante un año. Una pyme puede convertirse en proveedora de software, ciberseguridad, mantenimiento, sensores, refrigeración o gestión energética. La política pública debe ayudarla a superar certificaciones y escalas que, de manera aislada, resultan costosas.

La tercera misión es hacer del Estado un primer usuario exigente. Provincia y municipios pueden abrir desafíos públicos para reducir tiempos de habilitación, anticipar fallas en redes, optimizar turnos de salud, detectar compras duplicadas o personalizar la educación. Los proyectos deberían tener datos disponibles, una línea de base, una evaluación independiente y un responsable humano de cada decisión. Comprar innovación no significa comprar promesas: significa pagar por resultados medibles.

La cuarta misión es movilizar a las universidades. Córdoba podría organizar cada año grandes desafíos interdisciplinarios de inteligencia artificial con premios atractivos, acceso a infraestructura de cómputo y contratos piloto para los ganadores. El verdadero premio sería que un equipo universitario pudiera convertir una solución en empresa, patente o servicio exportable. Es una manera de evitar que el talento emigre sin cortar su vínculo con las redes globales.

Energía y conectividad como política de desarrollo

Durante años se pensó la conectividad como un servicio que debía llegar a personas y localidades. Esa tarea continúa. Pero la inteligencia artificial obliga a agregar otra dimensión: la red también debe llegar con enorme capacidad y redundancia a los lugares donde se procesa información. Una zona promovida para centros de datos debería recibir el mismo tratamiento estratégico que un parque industrial, con fibra planificada desde el comienzo y no añadida después.

El desafío energético es todavía mayor. Un centro de datos puede consumir como una actividad industrial intensiva y requiere continuidad. Antes de ofrecer subsidios conviene ofrecer algo más valioso: un cronograma creíble de obras, condiciones de conexión, alternativas de generación y reglas duraderas. La provincia también debe proteger a los demás usuarios. Una inversión será sostenible si financia las ampliaciones que necesita y si su llegada fortalece, en vez de tensionar, la red.

Córdoba reúne una ventaja que a veces subestima: está en el centro productivo del país, tiene universidades, industria, agro, empresas de servicios y experiencia de cooperación entre sectores. Puede desarrollar inteligencia artificial aplicada, no sólo modelos generales. Los datos de una fábrica, un cultivo, una clínica o una red eléctrica adquieren valor cuando se combinan con especialistas que entienden esa actividad. Allí puede estar la diferencia cordobesa.

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Una política de diez años con resultados cada año

La estrategia debe sobrevivir a un calendario electoral. Propongo un acuerdo provincial por diez años, con participación de universidades, empresas, cooperativas, municipios y trabajadores. Ese horizonte largo debería traducirse en metas anuales visibles: megavatios preparados para nuevos proyectos, kilómetros de fibra redundante, estudiantes formados, pymes internacionalizadas, desafíos públicos resueltos, capital privado movilizado y centros de datos instalados.

No todo requiere dinero público. El Estado debe ordenar, coordinar, abrir puertas y reducir incertidumbre. La inversión privada puede financiar energía, edificios y equipamiento cuando existen demanda y reglas confiables. Las universidades aportan investigación y formación. Las empresas locales aportan conocimiento del territorio. Las compañías globales aportan escala y mercados. El papel de la política es reunir esos intereses alrededor de una dirección que produzca beneficios públicos.

También debemos aceptar que algunas misiones fracasarán. La innovación no avanza con la certeza de una obra repetida. Por eso hay que crear mecanismos que permitan probar en pequeño, medir rápido y cerrar un proyecto cuando no funciona. La libertad de experimentar debe convivir con transparencia en el uso de recursos públicos. El fracaso explicado enseña; el privilegio escondido corrompe.

Volver a hacer posible lo que parecía improbable

Cuando Córdoba buscó a Motorola, no tenía garantizado el resultado. Tenía universidades, profesionales, vocación industrial y la decisión de presentarse ante el mundo. La llegada de aquella empresa no convirtió por sí sola a la provincia en un polo tecnológico, pero cambió su trayectoria. Mostró que un cordobés podía trabajar desde aquí en proyectos globales y que una empresa local podía aprender estándares internacionales.

El desafío de la inteligencia artificial es igual de grande y probablemente más urgente. Las regiones que concentren energía, cómputo, datos y conocimiento establecerán las reglas económicas de las próximas décadas. Las demás alquilarán esas capacidades y aceptarán decisiones tomadas lejos de sus necesidades. La soberanía algorítmica empieza por conservar la capacidad práctica de elegir: qué problemas resolver, con qué datos, bajo qué valores y con quién compartir los beneficios.

Córdoba no parte de cero. Tiene historia, universidades, empresas y una cultura que sabe combinar industria e imaginación. Pero el pasado no concede derechos sobre el futuro. Para conquistar el octavo continente hay que construir las carabelas, preparar las tripulaciones y zarpar. Esta vez los territorios no se ocuparán con banderas. Se ocuparán con conocimiento, energía, redes, empresas y confianza.

(*) Ex secretario de Comunicaciones de la Nación y ex intendente de Córdoba.

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