Muchos no llegan a fin de mes, hay demasiado chico y jubilado en la pobreza; demasiado trabajador en la informalidad. Buena parte de la sociedad está partida en grietas dolorosas que definen un fragilísimo mosaico. La política, si no se embarra en un lenguaje ordinario, cae seguido en el seductor pozo de la corrupción. Comemos mal y la educación no repunta. Los veranos son más calurosos; las lluvias, más tormentosas. La foto, para millones de argentinos, refleja hoy una realidad de tensiones e incertidumbre. Un todo mal, sí, pero hay un ranking global en el que la rompemos: estamos entre los más familieros del mundo.
Así lo estableció el Global Mind Health 2025, un reporte de la organización estadounidense Sapiens Labs, que tiene como difícil meta reflejar el estado de la salud mental en ochenta y pico de países, a partir de más de 40 indicadores evaluados en una encuesta online de la que cualquiera, si tiene unos 15 minutos, puede participar.
Argentina está en el segundo puesto de los países cuyos habitantes mantienen vínculos familiares más fuertes, según las respuestas que más de 200.000 participantes de entre 18 y 34 años, residentes de 80 países, dieron para este informe. Les habían pedido que eligieran entre cinco niveles de cercanía con sus familiares, partiendo de los extremos “soy cercano a muchos” y “no me llevo bien con ninguno”.
El resultado: los argentinos fueron los más positivos o proactivos, visto desde los zapatos de la -podría decirse- clásica familiera argenta.
Ese segundo escalafón fue curiosamente compartido con un país del que cualquiera apostaría lo contrario; Finlandia, que también obtuvo un 70% de respuestas en el sentido comentado. El mayor premio se lo llevó República Dominicana, con el 72%.
Según el informe, “los países de habla hispana dominan los rankings globales de vínculos familiares estrechos”. Suma que América latina se “sigue destacando por su fortaleza en los lazos sociales y familiares, que actúan como un amortiguador frente al deterioro de la salud mental”.
Mientras el país quedó nueve puntos porcentuales por encima del promedio global (61%) en términos de lazos vinculares fuertes, las tres naciones más “pobres” en ese sentido fueron una asiática y dos africanas: Taiwán, con el 46%; Benín, con el 47%; y Mozambique, con el 48% de respuestas positivas.
Ahora bien, ¿qué significa todo esto? ¿Qué dice de nosotros esta tan alardeada “calidez social”, cuando la vida cotidiana es tan difícil para la mayoría de la población, sin contar que el propio informe subraya los efectos desatendidos de la crisis mundial en salud mental, de la que Argentina, por supuesto, no está exenta?
Mayores de 55 años, los grandes familieros
Además, de los encuestados de 18 a 34 años, hubo un segundo grupo de consultados. Más de 262.000 personas mayores de 55 años, cuyas respuestas sirvieron para marcar cambios de tendencia o contrapuntos con el segmento más joven. El primer grupo (18 a 34 años) contó con la participación de 6.008 personas; en el segundo (55 para arriba), 17.672.
Un punto clave es que, a diferencia del cambio de tendencia abrupto que se vio en algunos países cuyos ciudadanos mayores dijeron tener lazos «más estrechos» que los manifestados por los más jóvenes, en el caso de Argentina las diferencias en las respuestas positivas (del tipo “soy cercano a muchos”) entre esos grupos etarios fue casi exigua o irrelevante: 70% de respuestas positivas en el grupo más joven y 72% en el de 55 o más.
Pero (otro punto clave para sumar), mientras en el caso de los más jóvenes Argentina quedó en el puesto número 2 de este ránking, en el de adultos «grandes» quedamos en 49º (siempre sobre 80 países participantes).
La conclusión es evidente: el viraje intergeneracional de una mayor “calidez familiar” a cierta frialdad o distancia en la generación más joven se dio mucho más enfáticamente en otros países que acá. Cambiaron los demás. Nosotros, no.
El informe plantea que a quienes mantienen conexiones familiares débiles, tan bien no les va. Tienen una probabilidad cuatro veces mayor de tener puntuaciones de salud mental en los rangos que este análisis define como “angustiado” o “luchando”, y de sufrir problemas “que incluyen evasión y distanciamiento de situaciones sociales; dificultades en formar relaciones, sentimientos de tristeza o desesperanza, y pensamientos no deseados u obsesivos”, plantea el reporte.
Argentina: un tiempo para la familiera
En un intento por clarificar estas cuestiones, Clarín habló con Verónica Giménez Béliveau, coordinadora del Programa “Sociedad, Cultura y Religión” del Centro de Estudios e Investigaciones Laborales (CEIL), institución dependiente del Conicet. La experta estableció conexiones entre el informe de salud mental y dos encuestas dedicadas a estudiar la cultura y las creencias de los argentinos, en las que viene trabajando hace años con su equipo de investigación.
Giménez Béliveau arrancó marcando un contraste fundamental: “Hay que tomar en cuenta que existen estudios que relatan la destrucción de los vínculos familiares en sociedades que son sometidas a procesos de guerra, de pobreza extrema, migraciones en masa, desastres naturales o epidemias”.
“Habría que tomar esto en cuenta porque cuando la gente se va, las redes sociales se desarman, y ahí tenés grandes problemas, como los huérfanos de las guerras. Por ejemplo, los chicos de Chernóbil, que terminaron yéndose a Cuba, o los huérfanos de la Guerra Civil Española”, analizó.
Lejos de esos escenarios (aun con todos los problemas del lado de acá), Giménez Béliveau sumó un concepto relacionado con su práctica diaria; la idea de familia ampliada, fenómeno visible en América latina y en Argentina: “Si miramos los estudios de migraciones en la región, la que migra muchas veces es la mujer y para sostener las cadenas de cuidado, una segunda mujer quizás le sostiene a los hijos. O sea, hay familia que cuida y sostiene porque existe esa estructura social”.
“En uno de los estudios que hicimos se ve algo de esto, y es que en general consideramos ‘familia’ a las relaciones verticales -padres, hijos y también hermanos-, y a veces un poco más allá. Pero también se habla de una ‘familia ampliada’, que quizás es mencionada como familia cercana geográficamente, en el mismo barrio o localidad”, aclaró.
“Lo que me parece interesante –sumó— es que en la región existe una concepción de sociedad que se va basando no sólo en los lazos de sangre sino que los articula con los de cercanía. Tenés un primo lejano en otra ciudad al que le pedís ayuda o compañía en cierto momento, y esa persona pasa a ser parte de tu familia”.
Argentina: ¿un lugar al que volver?
Giménez Béliveau conectó esas ideas con la espiritualidad, entendida desde los lazos familiares. “En nuestro estudio aparece un cruce de la espiritualidad, que se vincula a la trascendencia, y esto también genera bienestar. Me parece interesante relacionar la idea de espiritualidad con el lazo social y con la familia porque una de las cosas que sale de nuestro estudio es que las prácticas religiosas y espirituales se hacen en familia”, evaluó.
Es decir, “en los grupos más fuertemente religiosos o espirituales, la transmisión es familiar. La familia aparece como núcleo de transmisión de espiritualidades y de confort; es un lugar al que se va a buscar. Un lugar al que se vuelve”.
En la comparación con otros países, el contraste es claro: “En América latina, frente a una crisis económica, un hijo adulto que se fue quizás vuelve a la casa de la madre. Ahora bien, esto que nos puede parecer normal no es tan frecuente en otros lugares”.
«Desde ya, es una construcción social; no estoy en contra de los postulados freudianos según los cuales la familia puede ser el lugar más peligroso de la sociedad, pero lo que marco es que acá siguen funcionando estas estructuras”, explicó la socióloga.
Clarín le preguntó de dónde viene todo esto y por qué se sostiene. “Más que de dónde viene, me parece que tiene que ver con un tiempo. Si pensás en la época colonial, eran sociedades en las que las estructuras económicas dependían de la comunidad más que de la familia nuclear, que es un producto de la modernidad más reciente”, señaló.
Pero si uno mira “los datos demográficos de España o Italia verá que no tienen nada que ver con el relato local de familia. Priman las familias monoparentales o aquellas en las que los hijos están lejos de los padres, sin contar que la baja de la natalidad es enorme en esos países”.
La pregunta entonces es: ¿vamos a eso en Argentina, solo que estamos más atrasados? ¿Más “familieros” significa “menos desarrollados”?
La investigadora, que se mostró cautelosa, no descartó la idea de plano. En efecto, parece haber un tema de «tiempos», más allá de la cuestión de la época: el tiempo que exige desarrollarse plenamente en los términos laborales aceptados actualmente, en contraposición al tiempo que también exige el desarrollo de la dinámica familiar.
Como dijo Giménez Béliveau sorprendida por la repentina baja de natalidad en el país, “además de producción social, un país precisa reproducción social, como para garantizar que alguien siga trabajando”. Una y la otra demandan lazos sociales, y sin dudas, tiempo.
El refugio de la familia
Hijo de Elsa y Tito, tercero de cuatro hermanos, padre de Camila, Lucila y Tomás, Esteban Baigun encarna lo que muestra el estudio: se convirtió en el capitán de una familia que nunca pierde ocasión de reunirse. “La familia es ese lugar donde uno encuentra refugio, donde nadie quiere ser más importante que nadie porque cada uno ocupa un lugar. Es el famoso todos para uno y uno para todos”, resume. Para él, los momentos más lindos de la vida siempre están rodeados de seres queridos.
Este contador de 53 años, con una carrera destacada en el mundo de las finanzas y el vino, ha llevado la tradición familiar como estandarte de su vida. Con raíces españolas y ucranianas, la parte gallega de su familia es la que más lo identifica. «Mi abuela vino de España y tuvo cuatro hijos muy unidos», recuerda. Hoy, con 67 primos, la familia completa se reúne al menos una vez al año para mantener viva la tradición.
El abuelo Pastor, patriarca que llegó a los 100 años, dejó tres pilares que aún guían a todos: reunirse, ayudarse y no mentirse. “Mi abuelo nos enseñó que no hay lugar para los celos ni para las envidias”, recuerda Esteban. Esas enseñanzas se sostienen en la práctica cotidiana: hermanos que viven en el mismo barrio, sobrinos que duermen en casas ajenas como si fueran propias, y reuniones que se multiplican en cada cumpleaños, festividad o viaje. “Es una red invisible que nos contiene y nos hace la vida más linda”, dice.
Los Baigun Atis celebran todo: los 100 del abuelo, los 80 de la madre, las graduaciones, las inauguraciones de casas y hasta los tradicionales ñoquis del 29, que antes hacía la abuela y hoy prepara Esteban al disco. “Siempre hay un motivo: cumpleaños, despedidas, festividades. Esa voluntad de encontrarnos es lo que nos mantiene unidos”, asegura. Para él, la familia es refugio, amor y celebración, y la unión que lograron es su mayor tesoro.
Colaboró: Fernanda Godoy (Maestría Clarín – Udesa)









