Hace poco más de 43 años, un 25 de enero de 1983, una noticia conmocionó la ciudad de Río Tercero: había aparecido muerto “Antonito”.
Dicen que todo pueblo tiene su loco; bueno, Antonito era el “loco” de Río Tercero; pero no era loco, era un personaje querible, inofensivo, simpático y reconocido.
En ese entonces, como secretario de Redacción del diario Tribuna escribí unas líneas que, lejos de ser un obituario, sencillamente fueron una despedida, sentida y merecida.
“Antonio González, 50 años, nacido en la zona rural de Berrotarán, encontrado en la mañana del día 25 de enero de 1983 sin vida con un cinturón atado en el cuello debajo del árbol donde tenía su precaria y permanente vivienda, al lado del galpón de la fábrica de aceites por un operario municipal que desmalezaba el lugar. Profesión, personaje de Río Tercero.
Mira, Antonio, resulta muy difícil hacer una crónica policial de tu muerte, por eso, Antonio, prefiero contarte algunas cosas, cosas que vimos, que oímos, caras consternadas y de sorpresa al enterarse de tu partida, de tu trágica partida, porque nadie, Antonito, te aseguro que nadie, cree que vos te hayas querido matar, ahorcándote con un cinturón.
Eso queda para la gente bárbara y vos, Antonio, no eras un bárbaro, al contrario, eras un ángel. Sí, un ángel de la tierra, de esos que debería haber por doquier, porque yo sé que vos volabas, yo te vi volar. Claro, alguno dirá que estoy loco o que el loco eras vos, pero déjalos que piensen así, Antonio, porque el que haya muchos que piensen así hace necesario que sean muchos los Antonios.
Mira, Antonio, te puedo asegurar que mucha gente se reía de vos, pero en el fondo esa risa era un reconocimiento a tu humanidad. Lo que pasa es que a los seres humanos normales les cuesta dejar salir sus sentimientos y expresarlos, por eso dicen que son normales.
Pero te juro que en las caras que yo vi, a pesar de las bromas y de los chistes que se hayan dicho, había un sentimiento de pena mala, esa que duele, esa extraña mezcla de lástima y cariño que nos hace reír o llorar, según si estamos solos o acompañados.
¿Sabes, Antonio, que el día que te encontraron muerto, llovió mucho y corrió un fuerte viento bastante fresco? A pesar de todo, te aseguro que había muchos que no querían irse, estaban como pegados al piso y los ojos clavados en tu casa, en tu ‘nido’ de dormir, cuando plegabas las alas. Querían ver cuando te sacaran, no a vos, claro, a lo que había sido tu cuerpo, ese cuerpo corto, chueco, con bigotes que te hacía juego con el alma, no por lo feo, sino por lo simpático.
Me contaron que un día volaste alto, te fuiste a pasear a Buenos Aires con los muchachos de los colectivos, tus amigos de la terminal y que te dejaron en Plaza 11 y allí te encontró un vecino de tu Río Tercero. ¿Qué me contás? Te hiciste un vuelito hasta la Capital Federal.
También me contaron que cuando viniste a esta ciudad vivías con tu madre en barrio Sarmiento y luego, cuando ella también se fue para siempre, te viniste a la casa de una gente amiga en la calle Esperanza, al lado de la terminal. Y también viviste en casa de otra familia, donde te trataron muy bien y que todos te querían. Y que no te gustaba mucho el agua, a eso también me lo contaron.
Me enteré que todos los domingos ibas al cementerio a llevarle flores a tu mamá y que te sabías tomar unos vinitos en el Club Central Norte y que hacías mandados y eras muy amable y que no te gustaba pelearte con nadie, a pesar de que a veces te enojabas con alguno.
Vos sabes que no hay mucha gente en estos días que se muera dejando una memoria tan limpia como la tuya. Vos dejás en la memoria de todos la imagen de alguien que vivió sin hacer daño y eso ya es un gran capital en nuestros tiempos. Vos no necesitabas hacer daño a nadie porque estabas por encima del mal. Tu mente no albergaba nada más que pájaros y sonrisas.
Tu cuerpo, al igual que el de todos algún día, dejó la triste realidad de la materia descompuesta. Aguantó todo, los años, los fríos, los soles, los vientos y las lluvias. En cambio, tu espíritu les dio a los otros, los normales, los cuerdos, el silbo de tu alegría de vivir a pesar de todo. Te van a extrañar, Antonio. Te aseguro que todos te van a extrañar.
Los choferes de los colectivos, la gente de la terminal, los vecinos del ‘nido’, los que te veían pasar y te saludaban con una sonrisa, los que te cuidaron alguna vez y te dieron abrigo en sus casas, los pájaros que te acompañaban a volar y nosotros, los de Tribuna. También vamos a extrañar tu venta de nuestro diario a viva voz por las calles de Río Tercero. Chau, Antonio, personaje de Río Tercero.
Volá bien alto y desde allá mandanos tu sonrisa”.
El asesinato de Antonio González, “Antonito”, permanece sin resolver y fue archivado. En marzo de 2022 se inauguró un mural en su memoria, en una pared sobre la calle Esperanza, a la altura de la Terminal de Ómnibus, la “zona de influencia” de Antonito. Hoy el mural luce desteñido.










