Puede que Beyoncé haya llevado a su familia y un traje de plata y cristales, cual esqueleto, en su primera aparición en 10 años en la gala del Met. O que Bad Bunny pareciera un venerable ancianito vestido de Zara. Puede que las Kardashian hayan sacado la artillería pesada, y los corsés, para la escalinata más famosa del mundo. Pero este año, más allá de celebridades, vestidos hermosos, mucha y necesaria inclusión y mensajes sobre la conversación entre arte y moda, la gala del museo Metropolitano de Nueva York se recordará por otra cuestión, una que parece todavía más importante que poner de relieve la diversidad corporal, o de cómo la propia moda también es arte: la de cómo la riqueza, cambiante en cada generación, puede modificar la narrativa, hacerse con la cultura y enrarecer los ambientes hasta suponer un cambio de era.
Entre protestas y corsés, el asalto de los Bezos insinúa el fin de una era en la gala del Met










