Radiografía del hogar venezolano: cae la pobreza, pero vivir sin luz ni agua sigue siendo la norma para la mayoría

Radiografía del hogar venezolano: cae la pobreza, pero vivir sin luz ni agua sigue siendo la norma para la mayoría


En la contradicción constante que es Venezuela la reducción de la pobreza no siempre significa decir que el país está mejor. La última Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi), presentada este jueves por la Universidad Católica Andrés Bello, muestra que, pese a la mejora en los ingresos y al crecimiento del empleo formal, la vida de la mayoría de los venezolanos sigue siendo precaria.

Vivir sin cortes de electricidad es un lujo que solo disfruta el 10% de los venezolanos. El agua llega de forma continua por las tuberías a apenas el 19% de los hogares. El 44% de los niños asiste a la escuela con irregularidad —dos o tres días por semana—; más del 60% de las mujeres en edad de trabajar han quedado fuera del mercado laboral; y los jóvenes han perdido oportunidades educativas en todo el país, incluyendo Caracas, que solía ser territorio privilegiado.

La Encovi lleva una década supliendo el vacío informativo que ha dejado un Gobierno que ocultó sistemáticamente las estadísticas a medida que las cifras empeoraban. El último censo oficial es de 2011, y sus proyecciones para 2025 describen un país que ya no existe.

Los datos surgen de 11.000 encuestas de hogares coordinadas por Anitza Freitez, del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la UCAB, y permiten reconstruir la última década. La migración masiva impulsada por la crisis política y económica reconfiguró el perfil demográfico del país: Venezuela tiene hoy 28,5 millones de habitantes, no los 34 millones que se proyectaban para este momento.

El éxodo se llevó el bono demográfico y envejeció al país antes de tiempo. Por cada 100 personas en edad activa hay hoy 65 dependientes —niños y adultos mayores—, una carga que, según Freitez, correspondía a las proyecciones que se tenían para 2040. La emigración también alteró la composición por sexo: hay 98 hombres por cada 100 mujeres, en parte porque quienes se fueron fueron mayoritariamente ellos. Los hogares se achicaron: de 4,8 miembros en 1990 a 3,1 en 2025, y ha crecido el número de viviendas donde vive una sola persona, generalmente un adulto mayor.

Sin retorno a la vista

El empleo en Venezuela sigue siendo uno de los más bajos de la región. En 2025, la tasa de ocupación era del 55%, por debajo de Colombia, Chile, Brasil, México y el promedio latinoamericano, todos por encima del 60%. La brecha es especialmente pronunciada entre las mujeres: apenas el 39% de las venezolanas en edad de trabajar lo hace. La contracción del mercado laboral y la caída de las remuneraciones las empujó hacia la inactividad, que en la práctica significa trabajo de cuidado no remunerado —de niños, de ancianos, del hogar—. “Hay un ejército femenino en reserva que hay que incorporar a las tareas de desarrollo del país”, señala Freitez.

Entre quienes trabajan, la mayoría siguen siendo por cuenta propia, pero ese indicador bajó del 52% en 2021 al 44% en 2025, lo que refleja un crecimiento del empleo formal, sobre todo en el sector privado. El salario promedio en ese sector era de 230 dólares el año pasado, el más alto después de los empleadores. Los ingresos mejoraron en todos los sectores y el empleo creció levemente, pero ninguna de estas variables logra mover la aguja de la pobreza multidimensional. “Los que son vulnerables llegarán más tarde a las mejoras económicas”, advierte Freitez, en referencia a la apertura a la inversión estadounidense impulsada tras la captura de Nicolás Maduro en una operación militar de Washington el 3 de enero.

La Encovi mide dos tipos de pobreza. La de ingresos sigue bajando desde 2022 y en 2025 se ubicó en 68,5% de los hogares, de los cuales uno de cada tres no tiene para comer. Eso ocurría mientras el 81% de los hogares recibía, cada dos o tres meses, una caja del Clap, el programa de alimentos subsidiados del chavismo. La pobreza multidimensional, en cambio, que mide 13 variables —ingresos, empleo, vivienda, servicios públicos y educación—, casi no se ha movido desde 2022. Y son precisamente los servicios públicos los que más pesan en la vida precaria de los venezolanos.

Esa precariedad es una de las razones por las que el retorno de emigrantes no despega. Desde la pandemia, el porcentaje de hogares con algún miembro que regresó se mantiene en torno al 7%. La mayoría de los que volvieron son niños, niñas y adultos mayores, principalmente desde Ecuador y Colombia. La encuesta también midió la intención de regresar y el porcentaje global no varía, aunque en 2025 creció el interés entre quienes están en Argentina, Colombia, Estados Unidos y Chile.

Educación y mujeres

La educación es uno de los capítulos más alarmantes de la encuesta. En diez años, la cobertura educativa no ha logrado recuperar los niveles previos a la pandemia, cuando llegaba al 70%. En 2025 se mantenía seis puntos por debajo, dejando a 1,2 millones de niños y niñas fuera de la escuela. Freitez advierte de que la matrícula oficial del Ministerio de Educación no cuenta toda la historia: el 44% de los niños que sí están inscritos asiste de forma irregular, dos o tres días por semana, lo que genera brechas profundas en el aprendizaje. La encuesta no mide calidad educativa —el Gobierno dejó de hacerlo hace años—, pero las condiciones para estudiar hablan por sí solas. Los alumnos faltan porque no hay agua, porque no hay luz, porque no hay transporte, porque no hay comida en casa, porque el maestro tampoco va.

La crisis también expulsó a las familias de la educación privada. En 2014, un tercio de los escolares estudiaba en colegios privados; hoy es apenas el 11%. El empobrecimiento generalizado obligó a los hogares a migrar a la escuela pública, que en Venezuela enfrenta déficits estructurales severos. Un dato lo resume: solo en el 29% de las escuelas con Programa de Alimentación Escolar se sirve comida todos los días.

Con estos números, Venezuela no podrá cumplir el objetivo de universalización de la educación que se fijaron las Naciones Unidas para 2030, una meta que queda a apenas cuatro años. Freitez llama a ampliar el acceso a la educación inicial con estrategias convencionales y no convencionales: los niños tienen derecho a recibir las herramientas que permiten el desarrollo cognitivo en etapas posteriores. Y hay un efecto en cadena: mejorar el acceso a la educación inicial también libera a las madres para incorporarse al mercado laboral, ese ejército femenino en reserva que el país, dice la investigadora, no puede seguir desperdiciando.

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