Los especialistas llaman “exposoma” al grupo de exposiciones que una persona acumula a lo largo de su vida. Prestarles atención puede significar una valiosa herramienta de prevención para la salud del corazón, lo que ha llevado a la Sociedad Argentina de Cardiología a poner este tema en el centro de los debates de su congreso anual que comienza este miércoles.
Los factores de riesgo que suelen pasar más inadvertidos pueden ser un continuo en la vida cotidiana: el aire que se respira, el ruido ambiente y el estrés crónico. A esos se suman otros más conocidos pero no por eso menos importantes, como son la alimentación, la presión arterial y la calidad del sueño.
“El corazón no vive separado del ambiente. Una persona puede controlar su presión, su colesterol y los demás factores de riesgo tradicionales, pero al mismo tiempo estar expuesta todos los días a aire contaminado, ruido o estrés sostenido», dice Koji Antonio Ishino, cardiólogo y asesor del Consejo de Cardioecología y Hábitos Saludables de la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC).
Según el experto, una persona puede creer que está haciendo bien los deberes para cuidar su salud, y en realidad hay elementos que suelen pasar inadvertidos pero que pueden ser determinantes. «Incorporar estas condiciones a la prevención permite comprender mejor el riesgo y pensar medidas de protección tanto para cada persona en forma individual como para la comunidad en su conjunto”, señala.
La contaminación del aire afecta tanto al sistema respiratorio como al cardiovascular. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 99 por ciento de la población mundial respira aire por debajo de los límites recomendados de calidad. El informe State of Global Air 2025 le atribuyó 7,9 millones de muertes durante 2023. El 86 por ciento correspondió a enfermedades no transmisibles, entre ellas enfermedades cardíacas, accidente cerebrovascular (ACV), diabetes y enfermedades respiratorias crónicas.
“La polución del aire se constituye así en la segunda causa de muerte luego de la hipertensión arterial. La contaminación atmosférica contiene gases y partículas microscópicas, o material particulado fino que pueden penetrar profundamente en los pulmones y desencadenar inflamación y alteraciones en los vasos sanguíneos y la coagulación. La exposición persistente puede contribuir al deterioro de las arterias y sumarse a otros factores de riesgo cardiovascular, aun cuando no provoque tos u otras molestias inmediatas”, dice un documento de la SAC previo al Congreso Argentino de Cardiología, que comienza este miércoles.
El tránsito, las industrias, la generación de energía, la quema de residuos y los incendios son algunas fuentes de contaminación. Dentro de los hogares también influyen el humo de tabaco y el uso de leña u otros combustibles con ventilación inadecuada. «El humo de los incendios puede viajar grandes distancias y afectar a comunidades alejadas, especialmente a personas con enfermedades cardiovasculares o respiratorias», agrega el documento de la sociedad científica.
El ruido persistente del tránsito, los aviones o las actividades industriales también puede afectar la salud cardiovascular, explican los especialistas. “Cuando interfiere con el sueño o provoca respuestas repetidas de alerta, compromete el descanso del organismo, al punto que la propia Sociedad Europea de Cardiología destaca la protección del sueño frente al ruido nocturno como parte de la prevención cardiovascular”, dice el texto de la SAC.
Si bien es estrés forma inevitablemente parte de la vida, el problema aparece cuando las exigencias, los conflictos o la incertidumbre lo vuelven crónico, lo que mantiene al organismo en alerta constante. “Esa activación puede alterar la presión arterial, la inflamación y el metabolismo. Además, puede llevar a dormir peor, abandonar la actividad física, fumar, alimentarse de manera menos saludable o cumplir con menor regularidad los tratamientos”, explica la SAC.
Un estudio publicado en JAMA Network Open siguió durante 10,2 años a 118.706 personas de 21 países sin enfermedad cardiovascular previa. Los resultados indican que los niveles altos de estrés se asociaron con un riesgo relativo de enfermedad cardiovascular un 22 por ciento mayor y de ACV un 30 por ciento mayor.
“Cuando una persona está sometida a estrés durante mucho tiempo, decirle simplemente que se tranquilice aporta poco. Necesitamos escuchar qué le está pasando, cómo duerme y qué posibilidades tiene de sostener hábitos saludables. El cuidado cardiovascular también incluye reconocer esas dificultades y ayudar a abordarlas”, finaliza el cardiólogo César Berenstein, miembro de la SAC y del grupo de expertos en polución del aire y cambio climático de WHF.










