Los últimos cinco gobernadores de Río de Janeiro han sido procesados, destituidos o presos por corrupción. El próximo aún no ha jurado el cargo, pero ya está siendo investigado. Douglas Ruas, un policía bolsonarista de 37 años, asumirá el mando del tercer estado más poblado de Brasil. Más de 17 millones de habitantes, el mayor productor de petróleo del país, la carta de presentación de Brasil en el mundo, para bien y para mal. Y lo hará contra todo pronóstico: su victoria en primera vuelta fue una bofetada a los institutos de opinión, que fallaron estrepitosamente, y la confirmación del tirón del bolsonarismo en su tierra natal.
Ruas se impuso con holgura ante el popular exalcalde de Río, Eduardo Paes, aliado del presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Fue proclamado ganador seis días después de la votación. Se convertía así en el undécimo gobernador conquistado por Flávio Bolsonaro y sus aliados en primera vuelta. La confirmación de la victoria tardó tanto por una batalla judicial tras la anulación de los votos recibidos por uno de los aspirantes, cuya candidatura fue anulada después de los comicios.
Para muchos fluminenses, como se conoce a los habitantes del estado de Río de Janeiro (no confundir con los cariocas, naturales de la ciudad), Ruas era hasta hace poco un auténtico desconocido. Su amplia sonrisa y sus orejas de soplillo sí eran más reconocibles en São Gonçalo, porque es el hijo del alcalde. Nelson Ruas, más conocido como Capitão Nelson, un expolicía militar, gobierna esta enorme y empobrecida ciudad de la periferia de Río desde hace cinco años, donde la mayoría de calles no están asfaltadas y hay una iglesia evangélica en cada esquina.
El primer día de su mandato le colocó en una secretaría, y con el ayuntamiento de su padre como trampolín, en 2022 fue elegido diputado estatal con una votación arrolladora. El joven había estudiado Derecho y se había pasado unos años investigando homicidios como comisario de la Policía Civil. Su discurso de mano dura contra la violencia, un clásico del bolsonarismo, explica buena parte de su éxito.
En Brasil, la mayoría de competencias en materia de seguridad están en manos de los gobernadores. Ruas propone dejar de contabilizar las muertes causadas por los policías, porque en su opinión, esa exigencia constante de disminuir la letalidad desincentiva el trabajo de los agentes. Habla de retomar territorios en manos del crimen organizado, crear nuevas cárceles y aprovechar las posibilidades de la Inteligencia Artificial, pero sin muchas concreciones.
La gran paradoja es que Ruas ha sabido presentarse ante el elector como la novedad frente a los “políticos de siempre”, a pesar que su grupo político gobierna en Río desde la primera ola bolsonarista, la de 2018, y de que él ha tenido cargos importantes en la última administración de la región, un gobierno impopular acechado por escándalos de corrupción y vínculos con el crimen organizado que forzaron la caída del gobernador, Cláudio Castro.
De estos dos últimos años son los posibles trapicheos por lo que está siendo investigado por la Fiscalía de Río, que sospecha del “crecimiento patrimonial y financiero abrupto” que tuvieron dos empresas suyas en sus años como máximo responsable de las obras públicas del estado. Se le atribuyen presuntos delitos de robo de dinero público, blanqueo de dinero, fraude en licitaciones y pertenencia a organización criminal. Él lo niega y asegura que la investigación será archivada en breve.
Ruas aparecía en todo momento segundo en las encuestas, superado ampliamente por Paes, el exalcalde de la ciudad de Río, un carismático político de centroderecha muy popular en la capital, pero bastante menos en el interior del estado, mucho más conservador. En las elecciones nacionales apoyó a Lula, algo que muy posiblemente le restó votos.
Para Paes, este era el segundo intento como gobernador: en 2018 también fue arrollado a última hora por un bolsonarista desconocido, el juez Wilson Witzel. Esta vez, en cambio, parecía tener la victoria asegurada. En los últimos meses, la crisis sistémica del estado de Río había llegado a tal punto que estaba ejerciendo como gobernador interino el presidente del Tribunal de Justicia. Ricardo Couto, un señor gris con aires de tecnócrata, se ha dedicado a cortar miles de cargos de fantasmas y a desvelar todo tipo de esquemas mafiosos forjados durante los años de gobiernos ultraderechistas en Río. Su trabajo de poda y limpieza le ha generado aplausos unánimes, pero a la hora de votar, los fluminenses han confiado en el relato de Ruas, que ha intentado distanciarse de esos escándalos, y han dado la enésima oportunidad a la extrema derecha.
Para Flávio Bolsonaro, contar con una plataforma en un estado de peso como Río, la tierra natal del clan, es una señal de fortaleza de cara a la campaña de la segunda vuelta del día 25. En cualquier caso, el mapa ya está muy teñido de azul. De los 27 estados que tiene Brasil, la derecha, más radical o más virada al centro, ya tiene asegurado el gobierno en la mayoría, empezando por los más poblados, São Paulo y Minas Gerais, en manos de bolsonaristas. El PT de Lula sólo se aseguró los estados de Bahía, Piauí y Ceará, en el noreste, el tradicional y cada vez más reducido bastión electoral de la izquierda.
En la segunda vuelta hay seis estados en liza, pero en la mayoría de casos se trata de disputas entre el centroderecha y el bolsonarismo, con la extrema derecha liderando las encuestas. El único estado donde Lula podría anotarse un tanto es Amazonas, donde el candidato de centro parte con una ligera ventaja en los sondeos.










