La guerra empezó antes de que sonara una sola guitarra. Desde temprano, las inmediaciones del Estadio Vélez Sarsfield respiraban estética biker, camperas negras, banderas, familias enteras, grupos de adolescentes y fanáticos veteranos mezclados en un mismo ritual generacional. El 23 de mayo, Airbag inauguró la primera de sus cuatro fechas en Liniers y convirtió el barrio en la antesala de una noche de dimensiones descomunales.
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Con tres funciones agotadas y una cuarta añadida ante la demanda, el regreso de los hermanos Sardelli al estadio donde redefinieron su historia marcó el comienzo del tour de “El Club de la Pelea II”, la nueva etapa creativa de una banda que ya juega definitivamente en la liga mayor del rock latinoamericano.
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Minutos después de las 21, las luces se apagaron y Vélez estalló. Lo primero que capturó las miradas no fueron los músicos, sino la escenografía: un gigantesco avión dominando el escenario, rodeado de visuales bélicas, luces rojas y azules cruzándose como proyectiles, sirenas y una atmósfera de combate cuidadosamente diseñada para potenciar el concepto del show.
Entonces aparecieron ellos. Pato, Guido y Gastón Sardelli irrumpieron con sus máscaras de calavera y la explosión inicial de “Huracán”. El sonido golpeó directo al pecho. No hubo introducciones suaves ni tiempo para acomodarse: Airbag eligió abrir fuego desde el primer segundo.
Uno de los elementos más potentes de la noche fue precisamente ese: la contundencia sonora. Guitarras filosas, bajos pesados, una batería demoledora y una mezcla que sostuvo con claridad tanto los momentos de máxima saturación como los pasajes más emotivos. Vélez sonó enorme, compacto y feroz.

Pero si hubo un movimiento capaz de descolocar incluso a los seguidores más fieles, fue el setlist. Lejos de refugiarse en una estructura previsible, Airbag decidió alterar el orden habitual de sus himnos y patear el tablero. “Solo Aquí”, históricamente reservada para los cierres catárticos, apareció apenas comenzado el recital, provocando sorpresa, nostalgia y una multitud cantando como si el show estuviera llegando a su final.
La lista de canciones funcionó como un viaje de más de treinta temas entre pasado, presente y futuro. Hubo espacio para clásicos inevitables, rescates inesperados y nuevas composiciones que ya empiezan a construir identidad propia dentro del universo de la banda.
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El estreno en vivo de “Reptiles” apareció como uno de los momentos más esperados. La canción, uno de los primeros adelantos de El Club de la Pelea II, confirmó sobre el escenario por qué se convirtió rápidamente en uno de los lanzamientos más comentados de esta nueva etapa. Junto a “Blues del Infierno”, “Asuntos Pendientes” y “Anarquía en Buenos Aires”, la banda dejó ver hacia dónde apunta su nuevo material.
Sin embargo, el show no se limitó al presente. Los Sardelli parecieron decididos a premiar a quienes los acompañan desde hace años, desempolvando piezas menos habituales como “Kamikaze”, “Culpables” y “Mamba Negra”, recibidas con una intensidad que demostró el nivel de culto que rodea al repertorio de Airbag.

En el campo, el fenómeno social resultaba imposible de ignorar. Había pogos furiosos conviviendo con padres e hijos, parejas, grupos de amigos y fanáticos de distintas edades compartiendo la misma liturgia rockera. El estadio parecía una caldera: humo, calor humano, saltos sincronizados y miles de gargantas respondiendo cada consigna sin necesidad de indicaciones.
La dimensión visual tampoco aflojó nunca. Pantallas monumentales, fuego, luces quirúrgicamente sincronizadas y una narrativa estética marcada por la iconografía bélica y callejera terminaron de darle al recital un carácter cinematográfico. Más que un simple concierto, Airbag montó una experiencia de estadio pensada hasta el último detalle.
Uno de los picos emocionales de la noche llegó sobre el tramo final. Guido Sardelli abandonó el escenario, corrió entre la multitud y lanzó un grito cargado de simbolismo: “¡Diego, Diego!”. El homenaje a Diego Armando Maradona generó una reacción inmediata en las tribunas y preparó el terreno para una sentida interpretación de “Perdido”, uno de los momentos más sensibles del recital.
La recta final fue una ametralladora de hits. “Por Mil Noches”, “Colombiana”, “Cae el Sol”, “Jinetes Cromados” y otros clásicos consolidaron un cierre sin respiro, sostenido por un público que no mostró signos de agotamiento pese a las más de dos horas de intensidad.
Cuando llegaron los acordes finales de “Kalashnikov”, Vélez terminó de transformarse en una gigantesca olla a presión. Los pogos multiplicados a lo largo del campo, las tribunas vibrando y el rugido colectivo dejaron una imagen difícil de separar del concepto central de la noche: caos, adrenalina y celebración.

Más allá del despliegue técnico o la espectacularidad de la puesta, el primer Vélez dejó otra certeza. Airbag ya no carga con el peso de demostrar nada. Después de los cinco River agotados, las giras internacionales, los millones de reproducciones y el crecimiento sostenido de los últimos años, la banda encontró una identidad de estadios propia, reconocible y cada vez más ambiciosa.
La apuesta de “El Club de la Pelea II” parece moverse justamente sobre esa lógica: escalar sin abandonar la crudeza rockera que construyó su vínculo con el público. El resultado, al menos en esta primera noche en Liniers, fue contundente.
Con tres funciones todavía por delante, Airbag no solo abrió una nueva seguidilla de estadios. Encendió una maquinaria emocional y sonora que convirtió a Vélez en territorio propio. Y dejó flotando una sensación difícil de ignorar entre humo, distorsión y cánticos interminables: lo que alguna vez fue una banda adolescente del under mainstream argentino hoy se consolidó como uno de los fenómenos más poderosos del rock en español.
LV / EM










