ciencias exactas, ballet y música, todo lo que el autor imaginó

ciencias exactas, ballet y música, todo lo que el autor imaginó


Borges sabía sin saber que sabía”. La frase de Guillermo Martínez condensa una intuición que hoy gana fuerza: la obra de Jorge Luis Borges no solo dialoga con la ciencia, sino que, en muchos casos, parece incluso anticiparla. Mucho antes de que ciertas hipótesis fueran formuladas en términos científicos, Borges ya las había imaginado en clave literaria. No como teoría, sino como experiencia narrativa.

Ese desplazamiento –la ficción como forma de pensamiento– es el punto de partida para releer a Borges desde un lugar menos transitado: no solo como clásico de la literatura, sino como un autor que trabajó con los mismos problemas que inquietan a la física, la matemática y la filosofía contemporáneas.

“Su imaginación estaba tan profundamente inmersa en la matriz cultural del siglo XX que destilaba, en forma literaria, ideas que todavía no habían encontrado su expresión científica. La ficción como laboratorio del pensamiento. Ahí está Borges”, reflexiona Martínez, y asegura que esta es la respuesta que lo acompañó durante décadas. “Hoy la entiendo como la clave de todo”.

El autor de Borges y la matemática reconoce que “cada lectura y cada época permiten abrir posibilidades nuevas de interpretación, aunque no siempre estas interpretaciones resisten una segunda mirada: también existen las lecturas descaminadas, las abusivas, las apenas sostenidas por un detalle irrisorio o un hilo suelto”.

La razón de que esto suceda, para Martínez, tiene que ver con que, por un lado, Borges “es en sí mismo un aleph de conexiones culturales que permite ‘rimar con todo’ y, sobre todo, porque es un autor que todos leímos, ‘uno que sabemos todos’, lo que facilita la cita culta y la alusión inmediata, para hablar a través de él y, mejor aún, con sus palabras, tal como hacen los ingleses con William Shakespeare”.

Guillermo Martínez. Archivo Clarín.

La ficción como laboratorio

Borges tuvo siempre un gran interés por la matemática y por la física. “Sus lecturas sobre estos temas y su gran intuición e inteligencia le permitieron captar conceptos de probabilidades, álgebra, criptografía y de varias ramas de la física –describe Martín Hadis en Borges y El eternauta–. Su obra está impregnada de ideas provenientes de esas fuentes. Para dar algunos ejemplos: el nombre del Aleph en su relato epónimo está basado en la teoría de los números transfinitos de Georg Cantor; la extraña configuración de ‘La biblioteca de Babel’ lleva a profundas paradojas numéricas y, en su relato titulado ‘Tigres azules’, hay ecos de la relatividad de Albert Einstein. Asimismo, las ideas de Borges acerca de universos múltiples se adelantaron a las bifurcaciones que proponen ciertas interpretaciones de la física cuántica”.

La pregunta por el saber matemático de Borges aparece enseguida, pero Martínez evita la trampa cuantitativa. Más que cuánto sabía, importa cómo lo sabía. Borges escribe: “cinco, siete años de aprendizaje metafísico, teológico, matemático me capacitarían (tal vez) para planear decorosamente una historia del infinito”.

La ambigüedad –¿proyecto o experiencia? – es reveladora: su relación con la matemática no es curricular sino conceptual. Sabía, al menos, los problemas centrales: las paradojas, las clases de infinito, la topología, la probabilidad. Y sabía, sobre todo, que en el corazón de la disciplina había una fisura: aquella que Bertrand Russell formula al sugerir que “la vasta matemática quizá no fuera más que una vasta tautología”. Es decir: la tensión entre lo verdadero y lo demostrable.

En su ensayo “Borges lector de ciencia y científicos que leen a Borges”, la licenciada en Letras Lucila Pagliai construye una hipótesis tan sugestiva como sólida: Borges no solo leyó ciencia, sino que terminó siendo leído por los científicos como uno de los intérpretes más lúcidos –aunque inesperados– de la crisis del pensamiento moderno.

Su canonización –recuerda Pagliai– se consolida en Europa, especialmente en Francia, cuando pensadores como Roland Barthes o Michel Foucault descubren en su obra algo más que literatura: una forma de pensar el lenguaje, el saber y las estructuras de la modernidad. No lo leen como escritor decorativo, sino como alguien que, desde la ficción, había formulado problemas que la ciencia recién empezaba a reconocer como propios”.

En este mismo sentido, Alberto Rojo señala: “Lo que más me llamó la atención es que Borges es el escritor más citado por los científicos. Si uno busca ‘Borges Jorge Luis’ en el banco de datos de artículos científicos Web of Science, aparecen miles de citas en trabajos de matemáticas, física, biología, economía, lingüística y paleontología. Ningún otro escritor tiene esa presencia en la literatura científica. Quizás porque hay un punto en que la ciencia se queda sin palabras y acude a los poetas, a los que más se acercan a expresar lo inexpresable. Y ahí está Borges”.

Pagliai subraya que Borges interesa a los científicos no por su precisión técnica, sino por su capacidad de construir verosimilitud. Es decir: crea mundos que no son verdaderos en sentido científico, pero sí rigurosamente plausibles dentro de sus propias reglas.

Alberto Rojo. Archivo Clarín.

Y esa operación –la construcción de modelos coherentes– es profundamente afín al pensamiento científico. “Sus ficciones funcionan como dispositivos conceptuales. No explican teorías: las dramatizan. Las vuelven experiencia. La literatura se convierte así en un espacio donde las hipótesis se encarnan, donde los problemas abstractos adquieren forma narrativa”.

El ejemplo que más le fascina a Rojo, y al que dedicó su investigación, es la correspondencia entre “El jardín de senderos que se bifurcan” y la llamada interpretación de los muchos mundos de la mecánica cuántica.

La mecánica cuántica –una de las teorías más exitosas y misteriosas de la física– describe un mundo extraño. Las partículas pueden estar simultáneamente en varios estados a la vez y solo “eligen” uno cuando las observamos.

La pregunta que durante décadas desveló a los físicos es: ¿qué pasa con los otros estados posibles que no se realizaron? “En 1957, el físico Hugh Everett III propuso una respuesta audaz: el universo se divide. En cada medición, la realidad se ramifica en copias paralelas, una por cada resultado posible. Borges había escrito exactamente eso en 1941, dieciséis años antes, en forma de ficción –destaca Rojo–. Si uno pone los dos textos lado a lado –el de Borges y el de Everett–, en el de Borges la ficción se lee como ciencia, y en el de Everett la ciencia suena a ficción”.

Martínez se detiene y profundiza, a su vez, en que “hay a la par una proliferación de teorías sobre sus obras porque se tiende a leerlo como se lee la Cábala, con algo de ‘religiosidad popular’, como señaló con alguna maldad y alguna verdad Juan José Saer, como si fuera un oráculo y hubiera guardado en cada frase profundidades e intenciones infinitas y recónditas, que un lector lo bastante astuto descubrirá infaliblemente”.

El escritor Jorge Luis Borges, en una imagen de archivo. EFE

Como parte de esto, reflexiona: “Hay un afán un poco absurdo de declararlo precursor de tal o cual novísimo descubrimiento o teoría. Leí, por ejemplo, demasiadas veces que ‘La biblioteca de Babel’ anticipaba la red de redes, pero en realidad lo que predomina en esa biblioteca total es el sinsentido y ‘galimatías’ de la combinatoria ciega de letras (como se dice y repite en el cuento). En cambio, sí me parece que «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» presagia algo del mundo de fake news y efectos Mandela que empieza a conformar –o reemplazar– nuestra realidad”.

En las relecturas que hizo, Martínez volvió a preguntar y a buscar respuestas: “La quinta o sexta vez que volví a La biblioteca de Babel (y mucho después de publicado mi libro Borges y la matemática) reparé en la pregunta que es central en el cuento y que no vi comentada en ningún lado: ¿qué significan las letras en el dorso de cada libro? Borges deja asentado que ‘esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas’. Agrega que esa inconexión ‘alguna vez pareció misteriosa’. Anticipa que resumirá la solución y que el descubrimiento de esa solución será el ‘hecho capital’ de la historia. Pero no vuelve a referirse luego claramente a este acertijo –¡el hecho capital de la historia! – que deja planteado en mitad del cuento. De manera que sí descubrí en relecturas algo en lo que no había pensado y que me llevó a escribir mi propio intento de solución a ese acertijo”.

Borges afirmó alguna vez que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Rojo invierte el movimiento y sugiere que la ciencia –ese discurso que aspira a la verdad– también puede leerse como una forma de imaginación rigurosa. Desde esa perspectiva, Borges adquiere una densidad inesperada. “Sus ficciones parecen adelantarse, con una precisión inquietante, a algunos de los problemas centrales de la mecánica cuántica. La literatura, entonces, no como reflejo sino como anticipo: un territorio donde las ideas todavía en gestación encuentran forma antes de volverse teoría”.

El interés de Rojo no es solo señalar coincidencias, sino el modo en que Borges piensa. “Sus relatos funcionan como máquinas narrativas, casi como teoremas: parten de una hipótesis –a veces fantástica– y la desarrollan con rigor interno hasta sus últimas consecuencias”. En ese punto, la literatura borgiana se acerca al pensamiento científico no por lo que dice, sino por cómo está construida.

Esa pérdida de una realidad objetiva –esa coexistencia de múltiples estados– es, para Rojo, una de las revoluciones conceptuales más radicales de la ciencia moderna. “Y es precisamente allí donde Borges parece haber llegado antes, desde la literatura. Como si hubiera intuido que el mundo no se organiza en una única línea de acontecimientos, sino en una trama de posibilidades”.

Cuando los científicos leen a Borges

Pagliai también destaca en su texto un desplazamiento clave: “El interés de los científicos por Borges revela un cambio en la propia ciencia. Ya no se trata de un saber seguro, determinista, sino de uno atravesado por la incertidumbre, la complejidad, los límites del lenguaje”.

Ahí, Pagliai recorta con precisión una doble circulación: Borges como lector de ciencia –curioso, intuitivo, no sistemático– y Borges como autor leído por científicos que encuentran en su obra una forma anticipada de sus propias preguntas. En esa tensión –entre saber y ficción, entre rigor y conjetura– se juega una de las claves más ricas de su obra: la literatura como un espacio capaz no solo de dialogar con la ciencia, sino de pensarla desde otro lugar, con una libertad que a veces la propia ciencia no se permite.

Martín Hadis. Archivo Clarín.

En la reciente publicación de Borges y El eternauta, Martín Hadis explora otra faceta del autor de El Aleph. Hadis le asegura a Clarín que Borges tenía una intuición aguda para todos los temas: “La ciencia no es la excepción –aclara–. A esto debemos sumarle su prodigiosa capacidad de razonamiento y deducción. Los resultados son sorprendentes. En sus cuentos abundan las paradojas lógico-matemáticas. Y, en lo que respecta a la física, en los relatos de Borges encontramos desde premoniciones de la cuántica hasta conceptos avanzados de la relatividad de Einstein. De modo que hay una fuerte presencia de la ciencia en la obra de Borges”.

Este es uno de los muchos rasgos que Borges compartía con Héctor Germán Oesterheld, autor de El eternauta. “El gran tema que estos dos autores tenían en común era la ciencia ficción. Sobre esto hablo en mi nuevo libro. A Borges le fascinaba el género, aunque prefería reemplazar sus aspectos científicos por otros filosóficos o maravillosos. En tanto que Oesterheld se apegó mucho más a la ciencia y a la técnica, y, de hecho, uno de sus grandes objetivos era transmitir conocimientos científicos a sus lectores”.

Además, asegura Martín Hadis, doctor en Humanidades, tenían muchas lecturas en común: “Borges admiraba a H. G. Wells y en El eternauta se nota una fuerte influencia de La guerra de los mundos, de ese mismo autor. Lo mismo ocurre con H. P. Lovecraft. En otras palabras: hay mucho de Borges en El eternauta. Y viceversa”.

La música, el otro idioma

“Walter Pater decía: todas las artes tienden a la condición de la música. Ahora, yo creo que eso podría justificarse, porque si usted toma una música muy sencilla –elijamos una milonga, una forma de música de los arrabales porteños y montevideanos, anterior al tango–, bueno, allí no hay diferencia entre la forma y el fondo. Quiero decir, si yo le pregunto a usted –la verdad es que yo no sé nada de música–, ¿qué es La Marsellesa?, lo mejor es que usted la silbe. En cambio, en otras artes hay una diferencia entre la forma y el fondo –profundizó Borges en una entrevista con Arturo Jasso, en 1972–. Por ejemplo, yo puedo contar, aunque sea malamente, el argumento de un cuento policial. En cambio, la música ha sido un arte perfecto porque la forma es el fondo. Porque una melodía es simplemente esa melodía, no puede ser traducida a otra. Esto me recuerda lo que dijo un crítico alemán, un adversario de Wagner: la música es un lenguaje que algunos podemos hablar, otros podemos sentir y que nadie puede traducir. Creo que eso vendría a confirmar lo que dijo Walter Pater”.

Astor Piazzolla. Archivo Clarín.

Borges fue uno de los escritores que más reflexionó sobre el origen cultural del tango, pero al mismo tiempo mantuvo una postura crítica hacia muchas de sus formas modernas. A pesar de sus críticas, también participó activamente en su creación: en la década de 1960 escribió letras en colaboración con el compositor Astor Piazzolla.

La colaboración entre Jorge Luis Borges y Astor Piazzolla es uno de los episodios más curiosos de la historia cultural argentina: reunió a dos figuras enormes, pero también mostró dos concepciones muy distintas del tango. El trabajo conjunto cristalizó en 1965 en el álbum El tango, donde Piazzolla musicalizó milongas y poemas de Borges. En el ámbito privado, según recuerdan conversaciones recogidas por Adolfo Bioy Casares, Borges incluso lo llamaba con ironía “Astor Pianola”, una broma que refleja el desencuentro entre ambos.

La literatura de Jorge Luis Borges ha sido constante inspiración para diferentes artes, y la danza no queda fuera de esa fascinación. La idea de vincular las obras de Borges y Piazzolla en un ballet con “Hombre de la esquina rosada” como argumento la tuvo Ana Itelman en 1960, y la obra llegó a bailarse en Puerto Rico.

Ana Itelman es una bailarina notable, puesto que sus colegas la odian y la encuentran antipática, pero le reconocen el genio que no pueden negarle. Cuando uno se topa con el genio, hay que resignarse a él”, se refirió Borges a la gran maestra y coreógrafa que influyó como ninguna otra en la danza moderna en la Argentina.

Ana Itelman. Archivo Clarín.

El espíritu del gran autor argentino, sus búsquedas, sus espejos y laberintos coparán el escenario del Teatro Colón. En septiembre, en la sala principal se estrenará mundialmente una creación basada en Jorge Luis Borges, con música de Gustavo Santaolalla, Owen Belton y coreografía de Goyo Montero.

El exbailarín español y coreógrafo confiesa ser un profundo admirador de Borges. “En mi vida como coreógrafo siempre busqué contar historias, hacer ballets narrativos; la literatura me interesa como fuente: tengo un Romeo y Julieta, que es William Shakespeare, y también Serguéi Prokófiev. Hice una versión de El lobo estepario, de Hermann Hesse, y un Don Quijote, pero el del libro, no el del ballet del siglo XIX. Y un Cyrano de Bergerac, El lago de los cisnes, que acabo de hacer para mi ballet de Hannover”, detalla a Clarín.

Goyo Montero. Archivo Clarín.

Siempre he querido hacer Borges, lo conozco, soy lector, lo he leído y releído. Es un autor universal, un hacedor, y ahora aproximarme a él, a su obra, es un sueño –y lo voy a hacer con un gran equipo–. Además de ser una gran responsabilidad trabajar sobre un autor como Borges en la Argentina, intentaré acercarme al autor, a su obra, sin abarcarlo por completo, porque es un autor inabarcable. Lo que sí intentaré es poner mi visión como creador ante un hombre que era un estudioso de la música, un estudioso en general. Era extremadamente sabio. Vamos a intentar trabajar incluso con textos de Borges declamados, o sea que va a haber una rítmica dentro de lo musical. Vamos a intentar acercarnos a El Aleph, una obra que abre un abanico. La música de Santaolalla y de Belton es muy visual y apropiada para la danza, para transmitir el mundo que queremos representar: musicalidad y sensibilidad”.

Borges sigue ahí. Entre la ciencia y la ficción, entre el rigor y la conjetura, entre lo que se sabe y lo que apenas se intuye. Como si, una vez más, hubiera dicho antes aquello que todavía estamos tratando de entender.

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