En 1533, el rey Carlos I de España y quinto del Imperio, regresó a España tras permanecer por dos años en lo que hoy conocemos como Alemania. Desde el Perú le llegaron buenas noticias, junto con varias toneladas de plata y oro.
El botín era producto, por una parte, del secuestro y posterior asesinato de Atahualpa por Francisco Pizarro y sus secuaces. El Inca había cumplido con el rescate exigido por sus raptores, consistente en dos habitaciones repletas de plata y dos colmadas de oro.
Pero los invasores sospecharon que la demora en la recolección del gigantesco rescate era una trampa para ganar tiempo y aunar fuerzas para que cuando Atahualpa fuera liberado, se pusiera al frente de la resistencia.
Pizarro y los suyos, tras quedarse con el botín, juzgaron a Atahualpa por ¡traidor! El Inca fue cruelmente torturado y asesinado por los adalides de la civilización occidental.
El botín del rey estaba compuesto además por el producto de los robos y saqueos de templos y la conversión a lingotes de centenares de maravillosas obras de arte, que los conquistadores calificaban de “símbolos demoníacos de la idolatría”.
Nos recuerda el siempre presente Pablo Neruda en su maravilloso Canto General: “Llegaron los adelantados. El Inca salió de la música rodeado por los señores. Las visitas de otro planeta, sudados y barbudas, iban a hacer la reverencia.
El capellán Valverde, corazón traidor, chacal podrido, adelanta un extraño objeto, un trozo de cesto, un fruto tal vez de aquel planeta de donde vienen los caballos. Atahualpa lo toma. No conoce de qué se trata: no brilla, no suena, y lo deja caer sonriendo. Muerte, venganza, matad, que os absuelvo…
El trueno acude hacia los bandoleros. Nuestra sangre en su cuna es derramada. Los príncipes rodean como un coro al Inca, en la hora agonizante. Diez mil peruanos caen bajo cruces y espadas, la sangre mojó las vestiduras de Atahualpa. La noche ha descendido sobre el Perú como una brasa negra”.
Pero el rey Carlos sólo encontraba motivo de alegría en el incremento ilegítimo de las arcas reales, en épocas en las que el absolutismo estimulaba la confusión entre los dineros del Estado y los propios.
Pero de muy poco le sirvió a Carlos V el dinero mal habido: el 80 por ciento del capital aportado por el tesoro americano fue dilapidado por los sucesivos gobiernos hispánicos en las famosas guerras llamadas impropiamente “de religión”.
Porque si bien el origen del conflicto que envolvió al Imperio que gobernaba Carlos V fue religioso –la Reforma protestante y su expansión en Europa–, el verdadero trasfondo era económico y tenía que ver con uno de los postulados del luteranismo, que predicaba que la Iglesia debía desprenderse de todas sus propiedades.
Lutero y sus continuadores hallaron en Alemania el entusiasta apoyo de la mayoría de los príncipes que componían el Imperio, que vieron en la disputa teológica una extraordinaria oportunidad para quedarse con los millonarios bienes del papa de Roma ubicados en sus territorios.
Como Carlos no dejaba de ser el nieto de los Reyes Católicos, debió hacerse cargo de la defensa de los intereses de un papado que había sido muy generoso con España, allá por los años de Alejandro VI Borgia.
Las interminables “guerras santas” que acabarían involucrando a toda Europa eran una sangría inagotable para las arcas españolas y le imprimían a la política de expansión y exploración un ritmo febril, en busca de nuevas fuentes de financiamiento de las aventuras imperiales de los Habsburgo.
Ya en 1529 Carlos le había tenido que vender las Molucas al rey de Portugal por apenas 350.000 ducados.










