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El mundo lleva décadas escrutando el cuerpo de las mujeres: qué comen, cuánto pesan, cómo se ven. Pero en tiempos de redes sociales, Ozempic y el resurgimiento de estéticas que privilegian la extrema delgadez, la gordofobia ha dejado de ser solo un problema emocional y social. También golpea el bolsillo y amplía la brecha salarial de género.
Las mujeres con sobrepeso u obesidad ganan menos que el resto, y cada kilo adicional puede traducirse en una penalidad salarial al momento de cambiar de empleo o aspirar a un ascenso. Los primeros estudios sobre este fenómeno en América Latina revelan que el costo es significativo. En los hombres, en cambio, esta brecha prácticamente no existe.
En 2022, los economistas Raymundo Campos y Eva Gonzales pusieron a prueba esta hipótesis en México. Los investigadores enviaron más de 3.000 currículos falsos a cerca de 1.000 ofertas de trabajo. Todas las hojas de vida contenían la misma formación y experiencia, pero con fotografías distintas: unas de personas con obesidad, otras de personas delgadas. Los empleadores descartaron a las candidatas con obesidad con una frecuencia mucho mayor que al resto de los perfiles.
Patricia Matus, investigadora posdoctoral de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) especializada en el estudio de la gordofobia, sostiene que en los procesos de selección laboral pesan, además del currículo, capitales sociales ajenos a lo profesional. “Lamentablemente, dentro de esos capitales operan una serie de sistemas de desigualdad: encarnar un cuerpo blanco, normativo, joven y delgado”, explica la investigadora.
Según Matus, estas exigencias recaen con mayor severidad sobre las mujeres, dado que estos estándares de belleza están históricamente ligados al cuerpo femenino. “En la figura hegemónica de la masculinidad no aparece esa exigencia”, señala. A los hombres no se les pide delgadez, sino fortaleza, lo que les permite tener cuerpos grandes sin enfrentar una condena social equivalente.
Un análisis publicado en 2022 por la revista The Economist determinó que, para una mujer europea, perder peso puede incrementar su salario casi la mitad de lo que lo haría obtener una maestría, título que eleva los ingresos en un 18%. Sin embargo, los empleadores latinoamericanos parecen castigar el sobrepeso con mayor severidad que sus contrapartes europeas.
En un segundo estudio, Campos comparó las pérdidas salariales asociadas al sobrepeso y la obesidad con las ganancias derivadas de los años de escolaridad. Su conclusión: bajar de peso puede equivaler, en términos económicos, a 2,5 años de estudio. Es decir, para una mujer mexicana, ser delgada puede tener el mismo valor salarial que terminar el bachillerato o cursar un posgrado. “Pensamos que es posible que, si bien el empleo agregado puede no verse afectado, la calidad de esos empleos sí sea diferente”, precisa el investigador.
Las mujeres delgadas suelen ser más prósperas económicamente que las mujeres con sobrepeso, pero el fenómeno alimenta además un círculo vicioso: de acuerdo con un estudio del Centro de Modelística y Pronósticos Económicos (CEMPE) de la UNAM, la obesidad es tres veces más frecuente entre las mujeres pobres en zonas rurales que entre las mujeres ricas en zonas urbanas. Esta mayor propensión a subir de peso se convierte, a su vez, en un obstáculo adicional para su movilidad social. El patrón se repite en otros países de la región, como Chile.
Una discriminación que la sociedad se resiste a reconocer
México es el país latinoamericano con la mayor tasa de obesidad, pero ese incremento no ha suavizado el trato que la sociedad dispensa a las personas con sobrepeso. Mientras la prevalencia de la obesidad aumenta, la discriminación asociada no cede.
Según la encuesta de discriminación del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en 2022 el peso y estatura fue la segunda causa más frecuente de exclusión en el país, solo por debajo de la imagen personal —incluidos ropa, tatuajes o perforaciones— y por encima de las opiniones políticas o el género. La tendencia, además, va al alza: entre 2017 y 2022, la discriminación por género se redujo más de cinco puntos, mientras que la discriminación por peso y estatura aumentó casi dos.
Para Matus, esta resistencia a reconocer el sesgo contra las personas gordas se explica por la falta de discusión pública y el desconocimiento generalizado. “Los cuerpos grandes se asocian, a través de prejuicios, con ciertas cuestiones de carácter como falta de disciplina y problemas emocionales. Todo esto es estigma, no es una realidad”, afirma.
La gordofobia, sostiene la antropóloga, atraviesa múltiples factores que dificultan su reconocimiento como forma de discriminación, especialmente cuando se justifica bajo el argumento de la salud. Este se ha vuelto uno de los principales motores de una industria de la delgadez que parecía haber perdido fuerza con el cambio de siglo, pero que ha resurgido con vigor en la era de las redes sociales y el Ozempic.
“Estas medicinas tienen un potencial de aumentar las desigualdades en el mercado laboral”, advierte Campos. Matus comparte esa preocupación y sostiene que, mientras el sistema de salud siga validando esta forma de discriminación, erradicarla será una tarea cuesta arriba. “Sin información, es muy difícil que nos pongamos las gafas antigordofobia”, explica.
Esta falta de reconocimiento colectivo deja sin validación la experiencia de dolor y malestar que atraviesan las mujeres con cuerpos grandes. “Queda como una experiencia encapsulada en el ámbito privado, sentida y sufrida por quienes la viven”, lamenta la investigadora.
Matus retoma el concepto de “moral gordofóbica”, acuñado por la autora Magdalena Piñeyro, para explicar la persistencia de esta forma de discriminación: “Opera con tanta fuerza que en nuestras familias —las mamás, las amigas— tenemos prácticas gordofóbicas que justificamos apelando a la salud”.
La antropóloga señala, además, la falta de conciencia sobre las desigualdades que se dan entre las propias mujeres, más allá de las que enfrentan de manera colectiva. “La gordofobia es tan compleja y lacerante porque está articulada con otras desigualdades: muchas mujeres de cuerpos grandes son también racializadas”, concluye.









