Algunos sentimientos debilitan el funcionamiento de las democracias de una manera que ya ha dejado de ser silenciosa. Las emociones más íntimas se volvieron públicas y crearon un impulso colectivo, a veces en la suma de individualidades y otras en agrupamientos que pueden alcanzar cierta masividad. Algunos líderes se valen de estas emociones, las estimulan y las convierten en un capital político. El sociólogo francés François Dubet se ocupa en su libro El desprecio, ese poderoso combustible de las derechas (Siglo XXI Editores), de una pasión que funciona de manera contagiosa; basta con que alguien se sienta despreciado para que responda con la misma actitud. De esta manera, el desprecio opera como una cadena de relaciones.
Lejos de generar una identidad, el desprecio es el reflejo de una carencia social, de una falta de conciencia de clase, un elemento de despolitización que anula el conflicto en términos argumentativos.
Aquí es donde Dubet realiza una crítica al populismo en la conformación de un pueblo y un anti-pueblo, es decir, la noción de pueblo se piensa en relación con un enemigo. La polarización no permite una instancia de negociación, sino que se sustenta en la confrontación como condición necesaria para diferenciarse del otro, obstaculizando las potenciales formas de síntesis.
En este sentido, es imprescindible una crítica a los sectores progresistas que en la Argentina siguieron la teoría de Ernesto Laclau sin entender que ese estado de polarización podría ser capitalizado por sectores de derecha. También vale aclarar que Chantal Mouffe, otra teórica del populismo que alimentó el pensamiento de izquierda, habla en términos de antagonismo, una noción que descarta la idea de enemigo político.
Una etapa inicial productiva
La particularidad del pensamiento de Dubet es que considera que el desprecio (y es factible sumar el resentimiento o el odio) puede tener una etapa inicial productiva; incluso puede ser un disparador crítico. El autor francés no llama a negarlo ni a erradicarlo totalmente; lo asume como un sentimiento que todos podemos tener, pero la diferencia está en el modo de procesarlo o sublimarlo, de hacer con ese enojo o bronca algo que trascienda el malestar.
Dubet entiende, como Eric Hobsbawm, que el desprecio puede ser la energía de los rebeldes primitivos y se pregunta si puede convertirse en una fuerza democrática. No piensa tanto en una pureza de sentimientos, sino en una transformación crítica, en un instrumento y no en una mera condición individual.
El desprecio actual suele ir más allá del desprecio de clase. Los chalecos amarillos en Francia siempre hablan en términos individuales, nunca se consideran un colectivo. El desprecio se funda en una narrativa sobre sí mismo, en un modo de verse o de internalizar la mirada del otro sobre uno mismo.
Según Dubet, lo que se denuncia es una emoción, una percepción de cierta injusticia en relación con las cosas que el sujeto no puede conseguir, pero eso no lo impulsa a entender la generalidad del estado social. Cabe aquí discutir los límites de este diagnóstico: ¿por qué no pensar que existe en esa disconformidad una matriz política más rudimentaria, otro modo de describir ese estado social desde una falta de reconocimiento o desde la imposibilidad de lograr condiciones de vida dignas?
El desprecio suele generar otro sentimiento que Dubet se propone analizar y que se encuentra en la base de algunas movilizaciones contemporáneas. La indignación es la cualidad de los activistas de Nuit Debout o de Occupy Wall Street y es el nombre del movimiento que llevó adelante el 15-M en España.
El problema de estos estados emocionales es que no suelen generar acciones políticas eficaces. Pierre Rosanvallon hablaba de la era de la impolítica para pensar el debilitamiento de la propia capacidad política, la falta de confianza en la posibilidad de establecer una transformación social, de asumirse como sujetos de la historia.
Bernard Marin hablaba del pasaje de una democracia de los partidos a una democracia de los públicos, una sociedad de espectadores y no de sujetos que intervienen en la vida colectiva. Dubet considera que sentirse despreciado impide encontrar una forma de representación, pero los movimientos de derecha actuales lograron construir una representación e identificación a partir de emociones como el desprecio y el odio.
Estado de impotencia
Tanto la indignación como el desprecio establecen un estado de impotencia que Dubet también le asigna al populismo como un estilo político que atraviesa los partidos. El estilo reemplaza a la ideología y el líder encarna la ira del pueblo. La impotencia se establece cuando no se consigue salir de ese estado emocional, cuando actúa como una afirmación del malestar.
François Dubet es autor de El desprecio, ese poderoso combustible de las derechas (Siglo XXI). Foto: Télam.El desafío que plantea Dubet es cómo pasar de esos sentimientos a una conciencia política. El estado de injusticia que el desprecio, el odio y el resentimiento identifican hoy se convierte en argumentos que anulan la discusión o que reemplazan la argumentación y adquiere autoridad por sí mismo.
Podríamos pensar que sería necesario que esas emociones logren emanciparse de los líderes que las agitan para convertir al pueblo en masa de maniobra funcional a sus intereses. En lugar del odio entre iguales, pasar a la identificación de un estado de dominación.
Estas pasiones pueden ser el sustento de una forma política de emancipación en la medida en que se abandone la posición de víctima que estos estados emocionales propician. La víctima parece tener la razón de su lado; es allí donde el vínculo con el líder genera una suerte de descarga o compensación, un reconocimiento que cura momentáneamente el desprecio.
Alain Touraine decía que el sujeto es siempre un mal sujeto y la lectura de este libro, traducido por Ezequiel Martínez Kolodenst, nos sugiere que tal vez haya que trabajar sobre esa incorrección para sacarla de su faceta más brutal y redireccionarla hacia una organización democrática.
El desprecio, ese poderoso combustible de las derechas, de François Dubet (Siglo XXI).









