«Hay vida en otros lugares del Universo, lo raro sería que no hubiera»

«Hay vida en otros lugares del Universo, lo raro sería que no hubiera»


Cuando uno repasa los logros de la argentina Cecilia Garraffo en la investigación de temas relacionados con el Universo, imagina una infancia rodeada de libros de Astronomía, pósteres de planetas en su habitación y al menos un telescopio entre sus objetos favoritos. Pero no fue así.

La pequeña Cecilia creció en el barrio de Belgrano y en Olivos. Su padre, Arturo, era piloto de avión; su mamá, Hebe, psicóloga social, y Agustina, su hermana, tenía vocación por la medicina. En su familia, la estrella era el tío Marcelo, un Messi del hockey sobre césped, abanderado de la delegación nacional en los Juegos Olímpicos de 1992.

Nada indicaba que se abriría paso en el mundo de la ciencia. De hecho, cuando terminó el secundario se anotó en la carrera de licenciatura en Actuario porque era muy buena en Matemática. Pero solo llegó hasta tercer año: un día se dio cuenta de que no era por ahí.

“Yo leía libros de Stephen Hawking casi al final de la adolescencia y me fui dando cuenta de cuánto me interesaba el Universo. Justo por esos años, además, se estrenó la película Contacto y me fascinó. Decidí cambiar y anotarme en Astronomía en la Universidad Nacional de La Plata, luego hice el doctorado en Física en la UBA y dos posdoc en los Estados Unidos, en Astrofísica computacional y en Inteligencia Artificial”, cuenta Cecilia, hoy astrofísica y directora del Instituto AstroAI, en el Centro de Astrofísica de Harvard & Smithsonian de los Estados Unidos. Un lugar de vanguardia creado por ella misma.

Jodie Foster interpretando a Eleanor Arroway, en la película Contacto. Foto: Archivo Clarín.

En 2025, la llegada de un reconocimiento internacional fue la confirmación de que su volantazo académico fue un gran acierto.

Recibió el Premio Presidencial a la Trayectoria Temprana para Científicos e Ingenieros, la máxima distinción del gobierno de Estados Unidos a esos profesionales en las primeras etapas de su carrera.

En Contacto, Eleanor Arroway, el personaje de Jodie Foster en ese clásico sobre búsqueda de vida extraterrestre, es una especie de Indiana Jones de la Cosmología.

Científica, temeraria, disruptiva, fue la heroína perfecta para una generación que, en 1995, dos años antes del estreno de esa adaptación del libro de Carl Sagan, se enteró del descubrimiento del primer exoplaneta, el 51 Pegasi b.

Representación del exoplaneta 51 Pegasi b, que orbita una estrella a 50 años luz de la Tierra. Imagen. ESO.

El hallazgo confirmaba que, fuera del Sistema Solar, más allá de sus fronteras, hay otros planetas que orbitan -al igual que la Tierra- estrellas como nuestro Sol.

Hasta el momento se detectaron más de seis mil (el número sigue creciendo) y se sabe que hay más estrellas en el Universo que granitos de arena en las playas de todo el mundo.

Alrededor de cada una puede girar, de mínima, un planeta. De máxima, tal vez más de 10.

En la ficción, Eleanor Arroway quiere saber si en alguno de ellos hay vida. Desde su puesto de trabajo, Cecilia Garraffo también.

De paso por Buenos Aires, donde dictó el seminario Current AI Techniques for Scientific Discovery, en el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), Garraffo habló con Viva sobre cómo llegó al lugar que ocupa y cómo se usa la IA en la investigación astronómica.

Cecilia Garraffo en el aula del ITBA donde dictó un seminario innovador. Foto: Mariana Nedelcu.

Ese cruce podría ayudar a responder preguntas existenciales de la Humanidad. Una de ellas: ¿Estamos solos?

–¿Vos pensás que estamos solos?

–Pienso que hay vida en otros lugares del Universo. No puedo probarlo. Pero es una cuestión estadística. Creo que la mayoría de la comunidad científica coincide conmigo porque lo raro sería que no hubiera más vida que la que conocemos. Eso habría que explicarlo. Es decir, pensar que no hay vida en otros lugares sería parecido a pensar que somos el centro del Universo, que somos los únicos. En lo personal, no tengo ningún deseo de que haya o no haya -cuando hablo de vida, hablo de una bacteria, un microbio, un virus, todo-. En algún sentido eso sería irrelevante. Creo que nos podría dar perspectiva como especie, pero nada más porque las distancias son tan grandes en el Universo que no creo que pudiéramos tener comunicación con ellos, si es que hubiera vida inteligente.

Imagen de una porción del Universo, captada por el Observatorio Vera Rubin.

-¿Cómo trabajan en AstroAI, el instituto que dirigís, para responder esa y otras preguntas?

– En el Instituto estamos trabajando en varias cosas y una de ellas es el desarrollo de modelos propios de Inteligencia Artificial para abordar temas de astronomía. Es decir, nosotros no utilizamos una única IA comercial (N. de la R.: como Chat GPT o Gemini). Tenemos, te diría, metodologías personalizadas que combinan herramientas avanzadas de las ciencias de la computación. Herramientas que no solo sorprenden por la velocidad en que procesan datos si no en cómo pueden ayudar a plantear nuevas preguntas. Con ellas podemos acercarnos a abordar problemas que sean muy complejos, para los que -por ejemplo- nos falta “completitud”, como, en este caso, saber si hay vida o no hay vida en otros lugares del Universo. Para eso se analizan biosignaturas, pistas que nos permiten razonar si en un lugar dado hubo o hay vida.

Cecilia Garraffo, en el Instituto que dirige, trabaja en el desarrollo de modelos propios de IA. Foto: Mariana Nedelcu.

-¿Cuál sería esa pista o molécula que nos podría dar una señal inequívoca de que en determinado planeta hay rastros de vida?

– Creo que no hay ninguna molécula única en especial. Si hay una, sería el oxígeno, que es difícil de medir por el tema de que hay mucho oxígeno en la atmósfera, aunque hay científicos que piensan que lo vamos a poder medir con un instrumento nuevo.

-La cantidad de datos que hoy proveen los instrumentos nuevos es abrumadora.

– Sí, estamos en una nueva era de la ciencia. Sólo el Observatorio Vera Rubin, en Chile, nos da en una sola jornada de observación la misma cantidad de datos que todos los que se recopilaron en la historia de la astronomía. ¿Cómo se procesa todo eso? Nuestro instituto AstroAI nació en parte por una necesidad frente a una imposibilidad de analizar semejante cantidad de información. Nosotros tenemos la posibilidad de, en esa inmensidad de datos, descubrir cosas nuevas de otra manera. Por ejemplo, la IA es muy buena en buscar patrones y, tradicionalmente, siempre buscamos patrones que predecíamos de una teoría, de lo que esperábamos. Ahora, podemos intencionalmente buscar patrones que no conocemos ni sabemos que están ahí. Es algo apasionante.

Marcelita

Así le decía una profesora de educación física a Cecilia Garraffo cuando en el colegio jugaba al hockey sobre césped con todas las miradas encima. “Mis palos estaban firmados por mi tío. Decían Garraffo porque él me regalaba los que ya no usaba, estaban muy gastados, casi astillados. Mis compañeras los veían y decían ¡Wow! Pero no tardé mucho en romperles el corazón a todas: era muy mala jugando (al igual que mi hermana). No le hacía honor al apellido. Una sola vez hice un gol, y fue como de casualidad”, recuerda hoy risueña la sobrina del mejor jugador de la historia argentina en esa disciplina, Marcelo Garraffo.

Marcelo Garraffo, una leyenda del hockey sobre césped, es tío de Cecilia. Foto: Archivo Clarín.

El mundo del deporte perdió una jugadora que, en el campo de la ciencia, se convirtió en crack.

– Además de disruptiva en tu trabajo, sos muy histriónica en tus charlas de divulgación, algo poco común en científicos.

-La verdad es que no sé de dónde viene mi histrionismo. Soy medio extrovertida, pero mis charlas no siempre fueron así. Me acuerdo de las primeras: sufrí mucho. Me daba mucho estrés y miedo, me salían llagas en la boca. No me gustaba nada, sentía mucho pánico escénico. En la primera conferencia que di había una persona muy conocida en Relatividad general. Yo justo estaba hablando de esos temas y me dijo antes de empezar: “No te preocupes, vas a ver que después de dar 50 charlas hasta lo vas a disfrutar”. Me dijo eso y siempre me acuerdo, pero no sé si me ayudó, me daba mucho estrés dar una charla y las preparaba con mucho tiempo de anticipación. Ahora no tanto.

-¿Pensás en escribir libros de divulgación?

-A mí me fascinaron mucho los libros de divulgación que leí. Fueron muy importantes para mí. No creo que escriba alguno porque me resulta más fácil la comunicación oral, no tanto la escrita.

Encrucijadas

Garraffo es una buena lectora. Está leyendo a César Aira; le gustó La villa. Va a empezar uno de Samanta Schweblin y disfruta de Claudia Piñeiro. Le encantó Un verdor terrible y Maniac de Benjamín Labatut.

Labatut, que es periodista y escritor, trata en su obra temas provocadores como los límites del conocimiento humano, las obsesiones de los grandes genios científicos y las consecuencias inesperadas que pueden tener los descubrimientos de esta época.

La astrofísica argentina Cecilia Garraffo con la imagen proyectada de una porción del Universo, tomada por el Observatorio Vera Rubin. Foto: Mariana Nedelcu.

-Una vez mencionaste que te aterraba la Inteligencia Artificial, ¿seguís pensando lo mismo?

-Sí, me sigue aterrando, tengo tres hijos, cada vez me aterra más porque es como que estamos dando a luz, creo, una “especie” más inteligente que nosotros. Y eso nunca fue bueno para, por ejemplo, los animales. No es bueno para los animales que nosotros seamos más inteligentes que ellos. La única razón por la que un león está en una jaula y nosotros no, es porque somos más inteligentes que ellos. Entonces me aterra, sí, porque no sabemos qué va a pasar. Pero tiene su contracara. En su uso estricto en la investigación científica es una herramienta poderosa, muy prometedora: con ella vamos a poder curar un montón de enfermedades. Y si se la utiliza bien, no veo riesgos en cuanto a sus resultados. La validación siempre es humana.

-El ámbito en el que te movés es fascinante, pero también muy competitivo, ¿tuviste alguna mala experiencia?

-Es muy competitivo, sí. Y es más difícil para las mujeres. Tal vez, allá, en los Estados Unidos, lo sea más. Me pasó en el comienzo de mi carrera que había personas que no escuchaban mis ideas y después las repetían apropiándose de ellas. No fue en el ámbito de la Astronomía, fue en Inteligencia Artificial. Pero a esta altura es anecdótico. La comunidad científica, en general, es colaborativa. Hay más ejemplos de buenas experiencias que de malas. A mí me pasa, igual, que frente a esas cosas, siento bronca y redoblo mis esfuerzos. No me detengo.

-¿Viviste eso como obstáculos en tu camino científico?

-Fueron obstáculos, pero por mi personalidad no los viví así. Además, mi hijo mayor tuvo cáncer cuando era chico, eso fue algo realmente prioritario, estuve un año sin trabajar. En ese momento no me importaba la carrera, no me importaba nada. Regresar fue una alegría porque sentí que era un símbolo de que estaba todo bien. Después tuve cáncer yo, cuando ya estaba en Harvard. Cuando se confirmó que no había metástasis, también regresé y ahora me hago controles periódicos. Frente a esas situaciones yo no creo eso que dicen: ‘Lo que no te mata, te fortalece’. No estoy de acuerdo, a mí lo de mi hijo me debilitó para siempre. Eso te deja una herida que no podés curar. De mi cáncer, tal vez, volví con más ganas al trabajo, como que dije: ‘Bueno, ya está, ahora me da todo igual’ y me saqué un poco esto que a veces nos frena, el síndrome del impostor. Dije: ‘Quiero hacer esto’; hice AstroAI después de mi cáncer. Dije: ‘Quiero hacer esto y se lo tengo que presentar a toda esta gente que me parece muy importante y mucho mejor que yo, se los presento y si no les gusta…’(risas). Eso de ‘ya me da igual’, me ayudó. Pero bueno, preferiría no haber pasado por lo que pasé.

-¿Y ahora cómo es tu día a día?

– Mi marido, que es patólogo veterinario, se levanta más temprano con mi hijo de 14. Después yo me despierto con mis mellizos de 9 y los preparo para ir al cole. Les doy el desayuno, estamos un ratito, nos vamos juntos, los dejo, voy a la oficina, llego a las 9 y trabajo hasta las 6 y media de la tarde, más o menos. Mi marido los pasa a buscar para traerlos a casa. Él empieza a preparar la comida, comemos temprano, allá no hay merienda, y los chicos se van a dormir tipo 8.30. Yo los acuesto a los más chicos y quizás miro alguna serie o charlo algo con mi marido o sigo trabajando un rato más. Los fines de semana me dedico mucho a ser mamá. En el trabajo mi tarea cotidiana es una locura: reunión, reunión, reunión, a veces no puedo parar ni un segundo, así que es a full, pero es lindo. Muchas de las reuniones son de ciencia o de propuestas.

Cecilia cuenta su vida con esa impronta avasallante que parece dominar todos sus escenarios. Es una mamá pulpo, una científica aguerrida y una mujer que está revolucionando el modo de hacer ciencia.

Tal vez, lo que ella hace hoy, sea lo más común en unos años. “No puedo pensar en cómo será todo dentro de 10 años, creo que en apenas un año será diferente. El cambio ya empezó”, dice.

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