Luis García Montero, poeta, director del Instituto Cervantes, trotamundos desde que se dedica a las labores que quedan dichas, ha escrito La mejor edad (Tusquets), una novela poética y, a veces, escalofriante que reclama la atención de quienes hoy estudian o padecen la injusticia. Esta entrevista coincide con su presencia en Buenos Aires. Argentina es también objeto de la conversación.
–Has escrito, a partir de una historia que parece real, una novela que no huye de la poesía. ¿Es la poesía la que mueve siempre tu escritura?
–La poesía es el género poético que me enseñó a mirar la realidad y a comprender que la literatura se mete dentro de los seres humanos. Para eso hace falta que los sentimientos del yo biográfico pasen a un personaje literario capaz de representar a la condición humana, a lo que puede ser habitado por todos los seres humanos. La novela permite extender ese espacio para llegar a más rincones de la sociedad, más rincones de la vida humana.
–Esa poesía lleva también a la melancolía, de los personajes, del propio autor quizá. ¿Escribiste para recuperar una historia que conociste y que probablemente pasa ahora también?
–Me gusta volver a los recuerdos que suponen razones para la esperanza. Aprendí con María Zambrano que, junto al miedo, debemos sostener la esperanza, y por eso, en situaciones difíciles, busco argumentos en los que la memoria sirva para comprometerse con el futuro. No me gusta la palabra renuncia. Prefiero la palabra conciencia.
–1975 es un año clave en la vida de España… y de Argentina, por cierto. Tu presentadora en Madrid fue Dolores Delgado, fiscal de Sala en materia de Derechos Humanos y Memoria Histórica. Tu otro presentador, Jordi Gracia, dijo en aquel acto que era una novela de amor. ¿Sientes que la novela responde a estas calificaciones?
–Sí, es una novela de amor. La democracia, para mí, no fue solo poder votar cada cuatro años. Como poeta que empezaba, la democracia fue luchar por una educación sentimental que superase el machismo de la dictadura y el autoritarismo de la justicia. Somos libres cuando tomamos conciencia de lo que decimos al decir soy yo o al decir te quiero.
–Desde que empieza el libro, este lector, al menos, advierte en tu escritura ideología, política, pero, sobre todo, emoción, entusiasmo de contar. Capacidad de contar y de vivir la historia. ¿Qué la impulsó?
–También me gustan las conversaciones. En esta época de tanta prisa y tanto individualismo, se nos olvida lo necesario que es escuchar a los demás para descubrirnos a nosotros mismos. Hay dificultades para una conversación entre generaciones, parece que los viejos son cascarrabias y los jóvenes son tontos. Y hay dificultades para que se entiendan las personas que han representado situaciones sociales distintas. En esta novela se sientan a hablar alguien que se hizo juez en una dictadura y consiguió evolucionar hacia la democracia y alguien que consiguió sobrevivir a través de situaciones difíciles.
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–La justicia es uno de los elementos principales del libro, y de la historia, por cierto. ¿Cómo era entonces, en 1975, cómo siguió siendo? ¿Cuál es ahora el estado de salud de la justicia en España? ¿Y en el mundo?
–Al pensar en la democracia, no es conveniente olvidar que uno de sus logros importantes fue superar el autoritarismo de la justicia, la legitimación del derecho colectivo y la voluntad popular. Por eso, ahora, cuando parece que la democracia se degrada en favor de la extrema derecha, me parecen muy significativas algunas dinámicas. Por ejemplo, la vuelta del machismo, de su violencia. Se llama feminazis a las mujeres que luchan por la igualdad. Y hay también una degradación de la justicia democrática. Hay jueces que parecen trabajar para degradar la política y favorecer, con sus actuaciones, a las élites económicas. La independencia hoy en la justicia no puede solo defender su libertad frente a un gobierno. Debe defender su libertad frente a las dinámicas ideológicas de las élites y el neoliberalismo.
–Dijiste que en este libro hay historias de estos cincuenta años de España. ¿Qué los define ahora?
–Bueno, creo que la situación en España es inseparable de lo que ocurre en el mundo. Los que defendemos una democracia social, que es una libertad e igualdad de derechos, vemos lo que ocurre en los EE. UU. El neoliberalismo está derivando a situaciones en las que la libertad se identifica con la liquidación de un Estado con autoridad política para organizar la vida. Parece que domina la ley salvaje del más fuerte. Son nuevas formas de pensamiento dictatorial que sustituyen la fuerza de los dictadores por las manos libres de los millonarios. La palabra libertad está siendo envenenada. No es el respeto a la diversidad, sino las manos libres de los más salvajes… Es una situación difícil. Se desmantela la justicia internacional, se desatan guerras, se violan fronteras. Como soy poeta, me preocupan las palabras. Me duele que se rompa con la tradición ilustrada para acabar con la fraternidad e imponer el discurso del odio. La libertad se impone hoy como la ley del más fuerte. Y la igualdad ya no es el respeto a la diversidad en una ilusión colectiva, sino la homogeneización en nombre de las identidades imperativas. La violencia internacional se relaciona con dinámicas culturales que no invitan a la convivencia, sino al circo de los poderosos.
El director del Instituto Cervantes, Luis García Montero. Foto: EFE.–En la presentación que hiciste en Madrid evocaste el recuerdo de Almudena Grandes, tu mujer, que conoció el libro. ¿Cómo influyó ella en los libros que vinieron después de que los dos fueran compañeros en la vida?
–Tuve la suerte de convivir con Almudena Grandes durante 30 años. En nuestra convivencia y en nuestra complicidad, entró, como es lógico, la literatura. Me identifiqué con su manera de unir los argumentos de la movida cultural de los años 80 y la nueva educación sentimental democrática con la memoria histórica, con la herencia republicana. Mi apuesta por la poesía de Antonio Machado se relacionó con su apuesta en recuerdo de Galdós. Nos ayudábamos al leer lo que escribíamos. Cuando yo terminé La mejor edad, ella me hizo una lectura crítica. Y de pronto llegó su enfermedad y su muerte. Yo he tenido encerrada la novela en un cajón, y escribí un libro de poemas, Un año y tres meses, para intentar comprender lo que se había roto en mí. El año pasado saqué la novela del cajón y la reescribí con las sugerencias de Almudena. La vida continúa y Almudena me ayuda a seguir hacia adelante.
–Recordaste entonces la raíz del libro: el juez que en 1975 dictó una sentencia injusta y buscaba al ajusticiado para pedirle perdón… Esa conversación puede ser real. ¿Pero hoy también podría ser creíble?
–Yo he vivido situaciones que tienen que ver con el argumento. Cuando empecé a militar contra la dictadura al final del franquismo, muchos compañeros habían pasado por la cárcel y se encontraban después con jueces que intentaban cambiar. La democracia significó una transformación de la justicia. En la parroquia de San Carlos Borromeo, en Madrid, una parroquia de curas obreros y progresistas, coincidí con un sentenciado que se encontró en una reunión con el juez que lo había sentenciado en su juventud. Fue muy emocionante para mí, en un viaje a Chile, invitado por la Fundación Pablo Neruda, leer en un periódico que el juez Baltasar Garzón había conseguido detener a Pinochet. Me pareció una metáfora de los avances de la democracia. Siento que hoy estén en peligro.
–¿Cómo ves hoy la justicia, aquí y en el mundo?
–Pues debemos intentar que los jueces respondan a la voluntad de un Estado de derecho y a un poder judicial que no se someta a los intereses de los millonarios que quieren desacreditar el Estado en relación directa con el pseudoperiodismo y los escándalos. El periodismo y la justicia son dos ejes decisivos de la democracia. Por eso están siendo sometidos a la prepotencia de las élites económicas en las nuevas dictaduras de los millonarios. Los que creemos en la democracia, los que no quisimos someternos a los fusiles de los militares, no podemos hoy cerrar los ojos a las prepotencias de los millonarios.
–Dijiste que en este libro hay historias de estos cincuenta años de España. ¿Qué los define ahora? ¿Qué país es este, qué país está siendo?
–En estos 50 años hemos vivido un orgullo de avance a la democracia y, ahora, un proceso de descrédito de la política. No se trata solo de impedir que sigan los avances, sino de borrar lo conseguido. Es el interés de los enemigos. Debemos, por eso, recordar todo lo que se ha conseguido en estos 50 años. No se trata solo de votar, sino de defender la sanidad pública, la educación pública, las universidades públicas, las condiciones sociales de la igualdad frente a la privatización que buscan las élites. Recuperar el orgullo democrático y la ilusión colectiva es fundamental para resistirnos al espectáculo de los prepotentes. Que no se nos olvide la violencia autoritaria. Que no se nos olvide lo conseguido por una democracia social.
El director del Instituto Cervantes, Luis García Montero. Foto: EFE.–Presentas el libro por todas partes. También en Buenos Aires. Este país es importante para el tuyo, y para ti, y para muchos de lo que fueron, como Rafael Alberti, o como Francisco Ayala, cercanos amigos tuyos. ¿Cuál es tu relación con el país que ahora te lee?
–La Argentina es para mí una parte de mi territorio cultural y sentimental. Mis maestros más importantes, Rafael Alberti y Francisco Ayala, vivieron su exilio republicano en Argentina. Un exiliado argentino, Horacio Rébora, hijo del rector de la Universidad de Córdoba, llegó a Granada en 1980 y abrió un bar, La Tertulia, que fue el centro cultural de la democracia en mi ciudad. Ahí conocí e hice amistad con el Cuarteto Cedrón, con Juan Gelman, con Daniel Moyano… Y pusimos en marcha el festival de tango de Granada. La historia de España y Argentina son hermanas para mí. Cuando llegó la democracia a España, viajamos a Buenos Aires para celebrar un hermanamiento cultural. Gracias a Roberto Alifano, tuve la oportunidad de visitar en su casa a Borges. Lo admiraba mucho. Por eso me dolió que lo acusasen de que su antiperonismo lo había acercado a los militares golpistas. Y por eso me emocioné cuando me enteré de que le había preguntado a Videla por un amigo llamado Haroldo Conti. Cuando visité al papa Francisco en el Vaticano, me dijo que Borges era un tipazo. Yo le dije que estaba de acuerdo. He escrito poemas en los que me siento un habitante de Buenos Aires.









