Hay dos Joaquín Guzmán. Uno, conocido como El Chapo, se encumbró como el mayor narcotraficante del mundo. Fue temido por sus rivales y por las autoridades. Acumuló la sangre de quien se le cruzó por su camino. No importó si se trataba de un grupo antagónico o de civiles inocentes. El otro, Joaquín Guzmán L., el reo 89914053 de la prisión ADX Florence de Colorado, es un adulto mayor, de casi 70 años, que dice sufrir un encierro injusto, en condiciones inhumanas y no puede hablar con su familia. La Justicia norteamericana lo ha sentenciado con base en una leyenda negra que nada tiene que ver con él. Se trata de un remitente obsesivo que pide clemencia en un inglés ininteligible. En realidad, ambos son la misma persona. Pero el primero está intentando construir esa imagen del segundo a través de decenas de cartas escritas en prisión. La miríada de misivas del criminal, sentenciado en 2019 a cadena perpetua por narcotráfico, revelan la desesperación de quien hasta hace poco imponía su voluntad al mando del Cartel de Sinaloa.
La faceta de escritor empedernido nació el mismo día en el que el capo de la droga fue sentenciado, el 17 de julio de 2019 en la Corte Federal del Distrito Este de Nueva York. Frente al juez Brian Cogan, destinatario de sus cartas posteriores, El Chapo habló de su familia. Se encomendó a Dios y denunció las condiciones de su encierro. “He bebido agua no limpia, no respiro aire limpio, es un aire seco, me duele la garganta, la nariz, me duelen los oídos, me duele la cabeza. Se me ha negado el derecho a respirar aire limpio”. Ese sería el punto de partida de la metamorfosis de Guzmán Loera. También fue el inicio de un trayecto que lo llevará al delirio revisionista de quien ha pretendido reescribir su propia biografía, siempre con la firma de Joaquín Guzmán L.
Mayo de 2022. Brian Cogan recibe en su despacho la primera carta. En ella se presenta “un mexicano de 64 años extraditado de México a Estados Unidos en enero de 2017”. Es un documento largo (siete páginas) y escrito a mano. Es también la súplica de un hombre de fe: “Yo rezo para que esta corte intervenga”. El Chapo comienza a mostrar signos de desesperación y de un sufrimiento indescriptible. No solo está confinado en una cárcel conocida como el Alcatraz de las montañas, sino que también se encuentra bajo un régimen de aislamiento extremo: las SAMs (Medidas Administrativas Especiales, por sus siglas en inglés). “He sufrido mucho”, concluye después de describir sus intensos dolores de cabeza, la pérdida de memoria, los calambres musculares en todo su cuerpo, el estrés y la depresión por la que atraviesa. Cogan respondería, como en el resto de la correspondencia, que mejor ni lo intente. Y que, básicamente, ahorre sus palabras.
La ansiedad escala. El Chapo pide en enero de 2023 la intervención del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador (2018-2024) a través de uno de sus abogados. Hace la petición en la Embajada en Washington. Ya no habla de malos tratos ni de su suplicio personal. La batalla ahora es racial. En el escrito, Guzmán afirma que en la prisión lo discriminan y que es tratado peor que los terroristas que se encuentran en la prisión por ser mexicano. Nada.
Pasa el verano y también la estrategia. En agosto, el exlíder del Cartel de Sinaloa muestra una redacción extraña. Intercala entre la primera y la tercera persona del singular. Su lucha, en dos cartas distintas ese mes, ahora es que las autoridades de ADX Florence le permitan recibir correspondencia de su defensa legal.
Según su relato, los guardias no dejan que pase porque no entienden el contenido de los documentos. “Señor juez, aquí en la cárcel saben que yo no sé inglés […] Siempre emplean la excusa de que es porque Guzmán se escapó de una prisión en México”, explica a Cogan. También le pide que lo dejen ver a su esposa, la influencer Emma Coronel, quien saldría el siguiente mes de prisión, y a sus dos hijas menores de edad: “Le pido que, por favor, la autorice a visitarme y que traiga a mis hijas a visitarme”. Meses después, ya en 2024, volvería a hablar sobre sus hijas. Pero eso no sería lo más llamativo en sus escritos de ese año.
Un “chivo expiatorio”
Estaba claro que el español no lo salvaría. Envió un documento traducido por su equipo legal. El sinaloense pasa a la ofensiva y pide un nuevo juicio. Para justificarlo, el capo de la droga reescribe en la carta el mito fundacional que lo catapultó a la infamia: el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo en el aeropuerto internacional de Guadalajara en 1993. Según su versión, él solo estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. En realidad, él iba a la playa y, por la siempre aleatoria fortuna, le tocó el fuego cruzado. “Antes de ese evento, el señor Guzmán no existía para el Gobierno mexicano”. Esa casualidad tan desafortunada lo convirtió en un “chivo expiatorio”.
El Chapo culminaría el año con dotes de abogado. El criminal, que según el acervo que ha acumulado en los últimos años ha perdido incluso la memoria, muestra conocimientos minuciosos del mundo legal. En septiembre argumenta a Cogan que su extradición fue ilícita porque México lo debió mandar a Texas o California y no a Nueva York. Pero el verdadero nudo gordiano de su situación salió a la luz gracias a la inteligencia estadounidense.
En febrero de 2025, las autoridades norteamericanas descubrieron que los impenetrables muros de ADX Florence no minaron al capo, famoso por sus fugas hollywoodenses en dos prisiones mexicanas. Guzmán había logrado enviar recados a sus hijos, Los Chapitos, a través de sus abogados. Meses antes, uno de sus vástagos traicionó a su socio Ismael El Mayo Zambada para llevarlo a la fuerza a Estados Unidos y entregarse juntos. El hecho ha desatado una guerra sin cuartel entre las dos facciones del cartel en Sinaloa.
El paso del tiempo también refleja cartas más y más febriles. A veces inconexas. Y, como novedad, en inglés. El narco invoca la Constitución estadounidense, habla de tecnicismos legales y procesales como un abogado norteamericano que ya conoce los enrevesados pasajes de la jurisprudencia. Habla del Gobierno mexicano como el verdadero origen de la violencia que masacra a su país. Escribe semanalmente. Hasta 13 cartas entre el 17 de abril y el 27 de mayo, de acuerdo con el recuento del periodista del diario Milenio Ángel Hernández.
El narcotraficante dispara hacia todas partes. Quiere ser extraditado. También arguye que la fiscalía no presentó los cargos en su contra a tiempo. Como colofón, pide atentamente que sus peticiones lleguen al secretario de Estado y al gobernador de Nueva York –aunque en realidad, escribió Brooklyn–. La respuesta ha sido la misma que en toda su carrera como redactor postal. Un silencio atronador.











