Hay documentales deportivos que funcionan como un repaso cronológico de triunfos y derrotas. Otros intentan explicar la psicología del campeón. Pero Dibu Martínez: El pibe que ataja el tiempo, el proyecto que imaginan Hernán Casciari y Liniers alrededor de Emiliano Martínez, parece ir hacia otro lado: una mezcla improbable entre animación, autobiografía, cuento fantástico y documental contemporáneo. Lo que comenzó como una serie animada producida desde Orsai terminó convirtiéndose en una pieza híbrida para Netflix donde el arquero campeón del mundo aparece atravesado por una pregunta extraña y profundamente narrativa: ¿qué pasa cuando un don se convierte también en una carga? Entre referencias al cine documental moderno, dibujos animados, humor absurdo y conversaciones familiares, Casciari y Liniers intentan construir un relato que dialogue al mismo tiempo con chicos, adultos y fanáticos del fútbol.
—La primera pregunta que les quiero hacer es qué sintieron que tenían que capturar de la historia del Dibu. ¿Qué era lo esencial?
HERNÁN CASCIARI: Desde el lado del guion, lo primero que me interesó fue hablar de la trampa. Pensar el talento como una especie de trampa. La idea era imaginar a un chico que descubre que tiene un interruptor en el ombligo que puede detener el tiempo y decide usarlo a su favor. Pero después aparece el costo de eso: el insomnio, el dolor, el agotamiento. Me obsesionaba esa idea de que un don extremo también puede sentirse como una condena. Todo empezó cuando el Dibu contó después del Mundial que no podía dormir. Veníamos muy pegados todavía a Qatar 2022 y a toda esa épica descomunal. Entonces pensé: “Claro, imaginá lo que debe ser tener ese nivel de presión en el cuerpo”. Ahí apareció el disparador del interruptor en el ombligo.
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LINIERS: Me acuerdo perfecto de esa primera charla con Hernán. Nos encontramos en un bar y él me dijo: “Tengo algo para ofrecerte”. Yo venía totalmente saturado de trabajo y mentalizado para decir que no. Estaba rebotando proyectos automáticamente porque no podía más. Pero entonces me dice: “Es una serie animada sobre el Dibu Martínez”. Y tardé medio segundo en cambiar completamente de idea. Sentí inmediatamente que había algo ahí que valía la pena hacer. También estábamos todavía muy atravesados emocionalmente por el Mundial. Era imposible separar al personaje de toda esa energía colectiva que seguía flotando en el aire.
—Ricardo, visualmente, ¿qué desafíos te planteó el proyecto considerando la forma en que dibujas?
LINIERS: Muchísimos. Porque una cosa es dibujar historietas y otra muy distinta pensar algo que se mueve, que tiene anatomía, ritmo, continuidad visual. Yo empecé haciendo bocetos totalmente absurdos, abstractos incluso, buscando por dónde entrarle al personaje. Y después apareció también el propio Dibu opinando sobre cómo quería verse. Me acuerdo que una de las primeras cosas que me pidió fue: “No me dibujes las orejas tan grandes”. Pero más allá del chiste, había algo muy interesante en mantener cierta identidad visual mía —la acuarela, las líneas, las narices rojas, cierta deformación caricaturesca— dentro de una lógica más cercana a la animación. Con los chicos de la cancha o los amigos podíamos jugar mucho más libremente. Con personajes reales había que encontrar un equilibrio para que siguieran siendo reconocibles. Y además hay algo muy hermoso en la animación: es un trabajo profundamente colectivo. Yo hice diseños y bocetos, pero los que estuvieron inclinados sobre la mesa durante años animando de verdad fueron los pibes de Hucap. Hay un montón de héroes anónimos detrás de este proyecto.
—¿Qué encontraron finalmente en esta mezcla entre documental y animación?
HERNÁN CASCIARI: Fue un proceso rarísimo. Inicialmente era solo una serie animada. Después nos dimos cuenta de que no alcanzaba el presupuesto y empezó a transformarse. Más tarde apareció la posibilidad del documental tradicional y ahí nos encontramos con un problema: ¿cómo hacer convivir esas dos cosas? Entonces empecé a imaginar una especie de falso documental donde el propio Dibu, sus padres y Mandinha hablaran del “interruptor” como si fuera un secreto familiar. Como si hubiera algo sobrenatural que todos conocen pero nadie quiere terminar de admitir. Y ahí apareció algo muy potente. Porque la mezcla entre el documental real y la fantasía empezó a generar un lenguaje completamente nuevo. Lo más sorprendente fue descubrir que toda la familia se prestó a jugar con eso de una manera muy genuina.
LINIERS: Yo creo que estamos viviendo una edad dorada del documental. Cuando éramos chicos, el documental era solemne, pesado. Ahora los documentales te atrapan narrativamente. Pero honestamente nunca vi algo como esto. Tiene una rareza muy particular. Y además el dibujo animado genera un puente muy fuerte con los chicos. El arquero ya tiene algo de superhéroe naturalmente: vuela, usa ropa distinta, salva al equipo. El Dibu ya era casi un personaje de cómic antes de que empezáramos a dibujarlo. Entonces la película juega con eso. Los chicos van a entrar por la animación y por el personaje heroico, pero los adultos van a encontrar otras capas.
—Hay algo de objeto cuidado en el proyecto, casi como una figurita. ¿Cuánto pensaron en el público infantil?
HERNÁN CASCIARI: Muchísimo. Desde el comienzo pensé esta historia para chicos. Pero al mismo tiempo quería que existiera una pregunta secreta para adultos. La pregunta sobre qué significa realmente tener un talento extraordinario. Porque muchas veces un don también puede convertirse en una prisión. Entonces el desafío era lograr una doble lectura. Que un chico pudiera disfrutar la aventura y el humor, pero que el adulto también encontrara algo más profundo para pensar. Cuando después se incorporó el documental real, esa dimensión intergeneracional se volvió todavía más fuerte.
LINIERS: Eso pasa mucho con los grandes dibujos animados. Los chicos entran por el dibujo y los padres descubren otra cosa abajo. Pasaba con Los Simpson, pasa con Pixar, pasa con Miyazaki. Y también pasa con Mafalda. El desafío era justamente evitar que el adulto sintiera que estaba viendo algo exclusivamente infantil. Queríamos construir distintos niveles de lectura para que cada espectador encontrara algo diferente.
—Y finalmente: ¿qué aportó el propio Dibu al proceso creativo?
HERNÁN CASCIARI: Muchísimo. Al principio nos daba hasta pudor hablar con él. Veníamos todavía muy atravesados por el Mundial. Era raro sentarse a discutir un proyecto creativo con alguien que hacía tan poco había protagonizado algo tan gigantesco. Pero enseguida apareció otra faceta suya que me fascinó: su nivel de obsesión. El tipo tiene planillas Excel donde calcula cuántos partidos le faltan para superar récords históricos. Tiene cronogramas futuros de objetivos. Es una persona completamente obsesiva. Y eso me dio muchísimo material para escribir.
LINIERS: Y además le interesa muchísimo el dibujo animado. Estaba muy atento a todo lo visual. Teníamos reuniones por Zoom desde distintos países y él participaba mucho de las conversaciones sobre personajes y estética. Lo que más me impresionó fue descubrir a alguien extremadamente competitivo pero al mismo tiempo dispuesto a reírse de sí mismo y entrar en un proyecto tan raro como este. Porque realmente es raro. Y justamente ahí está gran parte de su encanto.










