la lucha de la ciencia para salvar a una mítica laguna del Conurbano

la lucha de la ciencia para salvar a una mítica laguna del Conurbano


San Vicente es una ciudad bonaerense atravesada por la política desde siempre; aquí se encuentra la quinta de Juan Domingo Perón, donde descansan sus restos. Para sus casi 100 mil habitantes, su centro neurálgico no es la plaza principal frente a la municipalidad, ni la iglesia o el banco.

Es una laguna de 180 hectáreas, a 50 kilómetros al sur del Obelisco. Hasta aquí llegó, o mejor dicho, trajeron, a Pontederia crassipes, el camalote. Y con el tiempo invadió tanto el espacio de ese espejo de agua que hoy amenaza con cubrirlo por completo.

El camalote es una planta acuática, parte del linaje que hace 500 millones de años comenzó la transformación de la Tierra, de las más agresivas de todas.

Quienes la estudian para erradicarla dicen que está “totalmente adaptada”, que es “aliada del aumento de temperatura” y que hasta “hace clones” de sí misma para expandirse.

En el mundo analizan su genética para combatirla, y una de las soluciones que encontraron para frenar su avance es argentina.

“A nivel mundial, esta planta se encuentra en más de 60 países. Es nativa de Sudamérica y de algunas zonas argentinas, pero no de la región pampeana donde se encuentra la laguna de San Vicente”, explica a Viva Ana Faltlhauser, becaria posdoctoral del Conicet.

Junto a Alejandro Sosa, investigador adjunto, forman parte de la Fundación para el Estudio de Especies Invasivas (FuEDEI). Para vencer a esta plaga, ellos activan un minúsculo ejército argentino.

“Hay insectos que solo comen camalotes. Multiplicarlos sirve para restablecer el equilibrio de su ambiente nativo”, dice la bióloga. Sosa especifica: “Le damos un refuerzo de insectos al sistema”. Utilizan tanto Megamelus scutellaris, una chicharrita que succiona savia, como Neochetina bruchi, un gorgojo que mastica las hojas.

El camalote es una planta acuática, parte del linaje que hace 500 millones de años comenzó la transformación de la Tierra, de las más agresivas de todas.

“Estos insectos fueron estudiados hace muchos años en Argentina y ahora se utilizan en el mundo, pero son de acá”, sigue Faltlhauser, que registró un “60 por ciento en la reducción de la biomasa de los camalotes desde que aplicamos el control biológico”.

Al achicar el tamaño de las plantas, se ahorran esfuerzos en la remoción mecánica que acompaña el proceso.

El estudio sobre el caso más extenso de control biológico en el mundo, en La Rioja, lleva la firma de ambos investigadores.

En el paper que describe su trabajo hay una foto de un puente que conecta con un mirador: una casa amarilla, techo a dos aguas, sobre un pilar blanco.

De fondo, las montañas, y abajo el Dique Los Sauces con el agua verde, año 1974. Al lado, la misma foto, pero el agua parda, en 2018.

Por primera vez desde su introducción “no se registraron plantas”, afirma la investigación. Eso buscan recrear en la laguna de San Vicente. Del estudio también participó el profesor Martin Hill, presidente de la Organización Internacional de Control Biológico y doctor en entomología por la Universidad de Rhodes, en Sudáfrica, que viajó especialmente a San Vicente para ver qué tan verde estaba la laguna.

Educación

A más de una década de su programa de intercambio pampeano, Hill le cuenta a Viva que en su país esta planta “prospera especialmente en aguas contaminadas”, mientras que en las zonas más frías deben continuar con la liberación de insectos mediante un programa de reproducción que se apoya en una estrategia de educación comunitaria.

“Hemos demostrado que allí donde logramos controlar el camalote, los servicios ecosistémicos regresan”, afirma el experto.

La Escuela Secundaria Agraria de San Vicente, que el profesor Hill visitó durante su viaje, funciona como un nodo para la cría de los insectos que después se liberan en la laguna. Y también fomenta la educación para que las personas no sigan propagando la planta flotante.

“Hacemos un trabajo muy fuerte de educación ambiental con toda la comunidad, no solo en la escuela, también con el centro universitario mediante una Diplomatura en plantas invasoras en ambientes acuáticos”, cuentan los investigadores del FuEDEI.

Sedimentos

Las lagunas pampeanas son únicas. Funcionan como enormes piletones de agua poco profunda. Son ecosistemas extremadamente frágiles y están totalmente modificados. “Una competencia entre la sedimentación y el hundimiento, pero gana este último”, le explica a Viva Eduardo Rosello, profesor del Instituto de Geociencias Básicas, Aplicadas y Ambientales de la Universidad de Buenos Aires.

“Hacé de cuenta que arrojás paladas de tierra a un pozo que se continúa ensanchando. Los sedimentos que ingresan no logran colmatarlo y se crea una laguna poco profunda en un proceso tectosedimentario conocido como ‘cuenca hambrienta’.” Más de un centenar de especies de animales y flora nativa conviven en la Laguna del Ojo, parte de la “Reserva Natural Laguna de San Vicente”. Un formidable humedal lleno de biodiversidad a los márgenes del Conurbano sur. “Al ser la llanura pampeana muy plana, los ríos fluyen más lentamente para lograr su nivel de base en el mar”, dice Rosello, y explica que esto se debe a los procesos geológicos que provocan el hundimiento de la placa Sudamericana, por efecto de la placa tectónica Andina.

“En la cuenca del Amazonas sucede un proceso análogo, aunque más estudiado”, afirma. Finalmente, y no sin esfuerzo, el río Salado, vinculado al arroyo San Vicente, desemboca en la Bahía de Samborombón, donde el mar Argentino se une al océano Atlántico, para dar forma a uno de los humedales costeros más importantes del país.

A nivel mundial, esta planta se encuentra en más de 60 países.

“El camalote aprovecha el amonio generado por la fuerte descomposición biológica en un ciclo que se retroalimenta por el poco oxígeno disuelto en el agua asociado al estancamiento”, relata a Viva Claudia Feijoó, investigadora independiente e integrante del Programa de Biogeoquímica de Ecosistemas Dulceacuícolas, donde buscan entender las dinámicas de las lagunas pampeanas.

“En general todas las lagunas de la provincia de Buenos Aires están teniendo problemas, fundamentalmente con floración de cianobacterias, pero camalotes… solo encontramos en San Vicente, esto a su vez acelera la pérdida de superficie y aumenta la eutrofización (contaminación provocada por exceso de nutrientes).”

“Tengo fotos de hace cuarenta años y no había camalotes. Es una cosa de las últimas décadas. Alguien lo llevó y lo introdujo, y también lo vimos en afluentes de la laguna, es decir, río abajo”, explica Feijoó, que hace poco trabajó junto al equipo de investigación en el arroyo San Vicente.

Para ellos es necesario actuar antes de que el camalote se siga expandiendo. “Estamos trabajando en la cuenca del Samborombón porque es un espacio poco alterado y la laguna forma parte de sus nacientes. La idea es crear una zona de protección”, advierte.

El sol está en lo alto. La sucesión de días de lluvias se detuvieron y más de 100 personas pudieron recorrer un nuevo predio adyacente a la Reserva ganado tras un largo litigio contra desarrolladores de un barrio privado. Pese a la celebración inicial, los asistentes saben que las batallas que tiene que dar en este espacio natural no están saldadas.

Por un lado, los proyectos inmobiliarios sobre la ribera. Por el otro, la intuición de que el reflejo del sol en el agua parda de la laguna no será duradero. “El camalote va a estar presente para siempre, es imposible sacarlo”, advierten.

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