Son apenas 10 páginas de un torrente de más de seis millones. Un porcentaje minúsculo, visto dentro de su conjunto, que sin embargo contiene algunas de las claves para dilucidar el papel de la CIA, la agencia de espionaje estadounidense, en uno de los episodios más traumáticos de la historia reciente de México: la matanza de Tlatelolco, de la que se cumplen este viernes 58 años. La censura en ese puñado de hojas ha sobrevivido a la impresionante desclasificación de documentos desbloqueada, progresivamente, a partir de la Ley de Revisión de Documentos sobre el Asesinato de John F. Kennedy de 1992. Eso, a pesar de las obligaciones normativas y de la solicitud expresa de algunas organizaciones. La CIA ha echado el candado sobre su controvertido papel antes y después de la masacre perpetrada por el Gobierno mexicano contra los estudiantes, pero ha dejado su rastro en distintos documentos, analizados ahora por la organización National Security Archive.
Los investigadores han tratado de reconstruir el boquete a partir del resto de las revelaciones, algunas de este mismo año, sistematizando la información sobre los proyectos que la agencia tenía en México y profundizando en los lazos que estableció con los grupos de extrema derecha de la época, como el MURO (Movimiento Universitario de Renovadora Orientación), a quien aupó. “Reconocemos la necesidad de contar con un equipo de acción militante para fines específicos de acoso cuando surja la necesidad”, señala un funcionario en uno de los papeles recabados, que se remonta a 1967. “Creemos, sin embargo, que el efecto negativo de perpetuar el MURO supera los beneficios tácticos a corto plazo que se derivarían de sus acciones de acoso a instancia nuestra“, advierte el mismo agente en una de las diversas pruebas que apuntan al profundo nivel de penetración de la CIA en la vida estudiantil mexicana.
Desde que comenzó a destinarle un presupuesto, en 1963, la agencia otorgó al MURO 6.000 dólares al año, el equivalente en la actualidad a 65.000. Entonces lo calificó como una campaña de acción política destinada a influir en la política estudiantil, pero el tipo de acoso orquestado por el grupo incluía “200 tropas de choque” que, de acuerdo con los documentos de la época, fueron parcialmente responsables de la destitución de diversos rectores, como “los de Monterrey, Puebla Guadalajara y Morelia”. Así pues, apuntan los investigadores, para cuando se produjo la masacre, la agencia llevaba años financiando grupos violentos y fomentando la polarización. En conjunto, añaden, tuvo al menos cinco esquemas de actuación relacionados con estudiantes a lo largo de dos décadas, conocidos bajo los acrónimos: LIHUFF, LICOAX, LIMIX, LIAGOG y LINOODLE.
“No se puede infraestimar el caso de la CIA en México durante esa época, porque el nivel de operaciones unilaterales y la estrecha colaboración que tenía con el Gobierno mexicano eran muy activas y dinámicas”, apunta Claire Dorfman, una de las investigadores de la NSA: “El reporte revela que la cantidad de operaciones encubiertas en el país era mucho más extenso de lo que pensábamos”, añade la experta, que subraya la importancia que tuvo la estación mexicana en toda la región latinoamericana durante la guerra fría. “Se sabía que había esas operaciones de cooperación con el Gobierno de México enfocadas a la Unión Soviética o a Cuba, pero no que había muchas otras enfocadas a los propios mexicanos, ya sean trabajadores, campesinos o estudiantes”, agrega Arturo Jimenez-Bacardi, coautor del informe.
Desde que su entidad comenzó a mapear la importancia de la CIA en México, a finales de los 90, cuando la Ley se aprobó, ha habido otras cinco desclasificaciones: dos en 2017, una en 2022, otra en 2023 y una última en 2025. Es en la de este último año donde se omitió el documento clave. Cuando pidieron verlo, señala Jimenez-Bacardi, les negaron el acceso, y ha sido este mismo año cuando lo han publicado, sin avisar y con las 10 páginas cruciales censuradas. Son esas hojas las que ahora reclaman que se desclasifiquen del todo, sin ningún blancazo que impida conocer hasta dónde llegó la actuación de la agencia. “En el mejor de los casos, contribuyó activamente a la polarización de la política estudiantil de la época. En el peor, dada la estrecha relación que tenía con Fernando Gutiérrez Barrios, Miguel Nazar Haro y la Dirección Federal de Seguridad, jugó un rol principal en la planificación de la violencia”, sintetizan los investigadores en su informe.
Gutiérrez Barrios y Nazar Haro fueron dos de los grandes responsables de la violencia desatada por el Ejecutivo mexicano contra los estudiantes en la Ciudad de México. El primero era comandante de la Dirección Federal de Seguridad en aquel año y, el segundo, uno de sus agentes, que más tarde también se haría con la jefatura. Algunos de los párrafos censurados están relacionados con Nazar Haro, a quien consideran “uno de los artífices del brutal estado de vigilancia” en el país y cuyo enlace fue clave para la operación LITEMPO, con la que la CIA buscaba establecer fuertes nexos con altos mandos del Gobierno mexicano, incluidos tres presidentes, Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría.
La historia de la propia estación, redactada por la agente veterana Anne L. Goodpasture, señala que los primeros años se caracterizaron por una gestión inconsistente y una información deficiente. El proyecto, detalla, no produjo nada en un inicio porque los agentes elegían objetivos de vigilancia en función de sus propios intereses, “casos penales o enemigos políticos, en lugar de aquellos que interesaban” a la agencia. Eso cambió, precisamente, cuando Nazar Haro entró en función, reclutado por el director, Gutiérrez Barrios. El nuevo agente de la CIA no solo se formó como oficial de inteligencia en la Academia Internacional de Policía en 1965, sino que su formación en Estados Unidos fue patrocinada y subvencionada por la propia CIA, a petición del jefe de la Dirección Federal de Seguridad. De 1966 a 1969, especifican, el equipo de Nazar Haro produjo el 20% de la inteligencia de la estación.
Aunque todos esos nexos están probados y documentados, hay grandes áreas grises que impiden conocer los detalles tanto de las operaciones conjuntas como de las unilaterales, especialmente en las jornadas previas y durante la masacre de 1968, descrita por la CIA como un “tiroteo” entre “estudiantes alborotadores y el Ejército mexicano», en el que “los estudiantes perdieron”. La organización desconoce las razones por las que permanecen censuradas esas 10 páginas del expediente, habida cuenta de que sí se han desbloqueado miles y miles y miles de hojas sensibles para las autoridades. Cuando los autores del informe pidieron sin éxito el documento, el año pasado, el argumento fue que “una agencia” lo estaba revisando. Cuando se publicó este enero, con grandes blancazos en asuntos sustantivos, y pidieron acceso a la información, desde la web encargada de los archivos se les avisó de que “la CIA puede seguir reteniendo partes del documento que no estén relacionadas con el asesinato del presidente Kennedy, al amparo de las exenciones de la Ley de Libertad de Información”.









