La inclusión de Argentina -y también de Uruguay- en la gira sudamericana que iniciará este viernes el papa León XIV y que también abarca a Perú -su patria adoptiva- obedece a una evidente razón: subsanar la no venida de Francisco a su terruño que, junto con Uruguay, se convirtió en el único país de la región que el pontífice argentino no visitó. Lo que nunca quedó claro es si efectivamente Jorge Bergoglio quería venir y, en tal caso, cuál fue el verdadero motivo por el cual no se concretó la mentada visita a lo largo de sus doce años de pontificado.
Por lo pronto, el laico uruguayo Guzmán Carriquiry -que durante medio siglo se desempeñó en la Santa Sede llegando a ser secretario de la Pontificia Comisión para América Latina- afirmó esta semana durante una charla ante una veintena de periodistas acreditados ante el Vaticano que en los últimos años de su papado Francisco estaba totalmente decidido a viajar a Argentina. “Me dijo con toda claridad que estaba dispuesto a ir”, reveló Carriquiry, quien construyó una amistad con Jorge Bergoglio desde cuando era arzobispo de Buenos Aires.
Más aún: contó que le dijo que tenía en la cabeza el itinerario que abarcaría ciudades como Santiago del Estero -la primera diócesis en tiempos de la colonia en suelo que sería argentino- y alguna de la Patagonia. Obviamente, también incluiría a Buenos Aires, aunque le señaló que en la capital argentina pensaba estar “poco tiempo”. Cariquiry no especificó por qué estaría allí “poco tiempo”. Una hipótesis es que, fiel a su modo de pensar, prefería los lugares alejados por lo que siempre decía: la Iglesia debe ir a las “periferias geográficas”.
Hay, sin embargo, otra probable lectura no incompatible con la anterior. Jorge Bergoglio sabía que las principales críticas que se le hacían en su país por razones políticas provenían principalmente de su Buenos Aires natal. Pese a que Néstor y Cristina Kirchner alentaron una campaña contra el entonces arzobispo porteño -se lo acusaba de haber “entregado” a la dictadura a dos sacerdotes de su orden religiosa por lo que debió declarar ante un tribunal- se le achacaba una preferencia sectaria por el peronismo.
Desde su expresión de que “hay que ayudar a Cristina” luego de que ella le pidiera ayuda y prácticamente se disculpara de su actitud en el pasado -“Yo pensé que usted era otra cosa”, le dijo en el primer encuentro en Roma- pasando por su gesto adusto durante el encuentro con el entonces presidente Mauricio Macri, los cuestionamientos fueron muy duros. A ello hay que sumar su fluido vínculo con Juan Grabois, a quien por su trayectoria en los movimientos populares ubicó en un cargo en la Santa Sede.
En rigor, Francisco en algún momento temió que Cristina Kirchner no completara su mandato, lo cual no le parecía institucional y socialmente bueno. Pero a partir del intempestivo ingreso a la residencia de Santa Marta de una delegación de La Cámpora, la relación entró en un sostenido deterioro porque consideraba que estaba haciendo un uso político abusivo del vínculo, a partir de que ella se reunió con él cuatro veces y, además, le estrechó la mano en tres viajes.
Con Macri la relación venía lastimada de sus tiempos de jefe de Gobierno porteño, cuando Jorge Bergoglio le hizo un favor político, pero el alcalde no se lo devolvió con otro que mucho necesitaba. No obstante ordenó que estuviera en la primera fila durante su asunción, pese a que Cristina Kirchner lo había excluido de la delegación oficial. Luego, en la audiencia de la famosa foto, permitió que Juliana Aguada entrara con él -y no luego como marca el protocolo-, pese a que era su esposa en segundas nupcias.
En el caso de Grabois, desde sus tiempos de arzobispo de Buenos Aires, siempre valoró su compromiso con el desarrollo de la economía popular, un recurso indispensable a la espera de que las personas puedan incorporarse a un trabajo formal. Además, como papa, le otorgó un gran relieve a los movimientos sociales para que no sean captados por el marxismo y, en el caso de su país, tener una llegada para eventualmente contener el conflicto social. Pero Grabois en los últimos años se volvió un cristinista furioso y muy agresivo.
En ese contexto, se lo acusaba de recibir solo a dirigentes peronistas porque era “un papa peronista”, más allá de que, por caso, dirigentes del PRO lo visitaban, aunque de modo discreto, sin fotos o ni siquiera decirlo. Esteban Bullrich, María Eugenia Vidal o Federico Pinedo podrían atestiguarlo, decía. Pero en el clima de polarización que desde la crisis del campo vive el país, Francisco terminó cayendo en la grieta que -dicen algunos de sus allegados- podría haber evitado si no hubiese recibido a tantos políticos argentinos.
Precisamente, fue la grieta la principal razón por la cual no volvió a su patria. La mismísima Secretaría de Estado del Vaticano le desaconsejaba viajar porque todo lo que dijese e hiciese, o no dijese o dejara de hacer, iba a ser motivo de polémica. Y en vez de contribuir con su paso a la unidad de los argentinos -que era su gran anhelo- terminaría contribuyendo a la desunión.
Ahora se sabe, según Carriquiry, que hacia el final de su papado, Francisco estaba dispuesto a tomar el riesgo. Pero el Jubileo que celebró la Iglesia en 2025 con una agenda cargada de actividades y, sobre todo, el deterioro de su salud lo impidieron. Como San Martín y tantas otras grandes figuras de la historia argentina, tampoco Francisco pude volver a Argentina.









