La tumba fetiche | Perfil

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Desde el año pasado no hay más boletos de cartón en el metro de París. Tiraron hasta lo inverosímil. Haciéndose los giles ante la hipermodernidad siguieron circulando por ahí como hace un siglo, vendiéndose a cambio de otro resabio del pasado, las monedas, tratadas por los franceses con la devoción del viejo Grandet (los comerciantes reclaman hasta las de un centavo). Las tumbas de Truffaut, en Montmartre, y de Cortázar, en Montparnasse, siempre tenían algunos boletos esparcidos encima, como esos confites que se ponen en las tortas de cumpleaños. No es raro en una ciudad que puede transformar todo en amuleto, si hasta el butacón de Molière ha sido sistemáticamente raído, como si en los diminutos trozos de tapizado que alguien puede llevarse en el bolsillo quedara algo de la gracia del maestro. La misma pulsión con tocar y ver de cerca las tumbas célebres, que acogen a gran variedad de locales, de Sacha Guitry a Proust, de Robert Brasillach a Jean-Paul Sartre, de Baudelaire a Serge Gainsbourg, de Balzac a Margarite Duras, combinados con extranjeros, de Oscar Wilde a Jim Morrison, de Man Ray a César Vallejo. Incluso hay material para el homenaje en cementerios de las periferias, como el de Belleville, donde yace Léon Gaumont, o el de Levallois-Perret, con Gustave Eiffel, acompañado por la imagen de su torre. Y ni hablar de los espacios VIP, como la necrópolis real de la basílica de Saint-Denis o el Panteón, con Voltaire, Rousseau, Víctor Hugo, Alejandro Dumas y Émile Zola.

Celebro que los dominios de los muertos se transformen en un imán para los vivos, que lo terrenal intime sin riesgos con el Más Allá. Es que el fetichismo que le endilgo a los franceses me calza como un guante en este punto.

En la infancia leía sobre las tumbas de los egipcios, alucinada con la mística de las pirámides y Tutankamón. Si la muerte alcazaba a alguien amado, conocido o temido por muchos, tal vez no era mala, sino atractiva, deseable y un poco mágica. Ahora, cada vez que voy a un cementerio averiguo si hay una figura ilustre, como una necro Cholula de astros y cracks.

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Tengo un amigo que vive hace más de una década al lado del cementerio de Père Lachaise,​ al que peregrinamos cada vez que podemos, llueva, nieve o arda el sol, con el empeño ridículo de Bouvard y Pécuchet, quizás deseando que lo escrito sobre ellos por Borges –“Su tiempo se inclina a la eternidad; por eso no mueren y seguirán copiando, cerca de Caen, su anacrónico Sottisier”– corra de alguna manera para nosotros. Abrió sus hermosas puertas el 21 de mayo de 1804 para llevar a cabo, dos semanas después, su primer entierro. Fue el de una nena, Adélaïde Paillard de Villeneuve, cuyo cuerpo desapareció, por lo que se eligió arbitrariamente un lugar en el que dejarle, de todas formas, flores o boletos.

Tampoco los restos de Molière están en su tumba, lo que no impide que sea un epicentro de la fotografía turística y tal vez de prácticas más místicas. Y hay otra, también vacía, que atañe especialmente a los argentinos, la de Juan Bautista Alberdi. Como Piazzolla, quien cumplió con “Balada para mi muerte” soltando el último aliento en Buenos Aires de madrugada, el prócer concretó, el 19 de junio de 1884, en un asilo de Neuilly-sur-Seine, su vaticinio “moriré en París”. Había tenido la previsión de comprar una parcela en la división 91 de Père Lachaise, pero su cuerpo nunca llegó a la tumba debido a la repatriación organizada por Juárez Celman.

Mi amigo, un tipo antes que nada soñador, quiere ir a parar, cuando muera, al lugar que involuntariamente dejó vacante Alberdi. Siendo su compatriota y después de años de tener al cementerio como una suerte de parque personal en el que sus gatos buscan ratas y al que él va pasear, a escribir, a tomar sol o a entretener a visitantes ocasionales como yo, se cree con más derecho que cualquiera a ocupar ese magno lugar. Me encomendó la tarea de dejar furtivamente sus cenizas bajo la lápida que, aunque ajena, necesita de un muerto como un barco de un capitán. Me alegra que, pese a estas especulaciones, nada indique que mi amigo esté próximo a partir, ni que yo vaya a sobrevivirlo, pero es inevitable meditar sobre su pedido. De mínima tendría que encargarle una misión equivalente a cambio, pero ¿adónde lo mando? Por patriotismo debería decirle que me deje en cualquier lugar de la Argentina, pero la muerte no conoce fronteras. Quizás deba volver a las bases, rendir, al final de la vida, honor al momento iniciático en que las necrópolis, las momias y los jeroglíficos eran mis fetiches. Que deje mi cuerpo entre camellos y arena, o mejor que lo arroje al Nilo, para soñar con la suerte de Moisés y, de paso, con la de Cristo. Ser salvada por la hija del faraón y vuelta por Dios a la vida.

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