Hay alguien que desaparece de su vida. Pronto se sabrá que se trata de un hombre troncal en su vida –¿un padre?–: sin nombre, referido como “Él”. Ella, en principio una niña solitaria atrapada en una mansión con un enorme jardín, cree escuchar su voz entre sueños, entre evocaciones. Lo único en que puede confiar a su alrededor es en un gato. “Y ahora es un momento en el que seguro que no puedo fiarme de mí, si algo he notado es que no estoy distinguiendo bien las cosas”, se lee en las primeras páginas de Las vitalidades, una nouvelle de la poeta y dramaturga española Ángela Segovia, nacida en 1987, su primera novela publicada en 2022 y que llegó recientemente a Argentina por la editorial Mar de Fondo.
La narradora, en primera persona, recrea sus etapas de crecimiento y se pregunta por lo que nombra como vitalidades. Colores, texturas, paisajes, atmósferas. Vitalidades cercanas, ajenas, vitalidades de una persona, de un bosque, de árboles.
“La mayor parte de las veces los misterios de la tierra poseen las vitalidades más lindas, es decir, las doradas, aunque al mismo tiempo pueden pasar desapercibidas”, dice.
Y en otro fragmento: “A este bosquecillo lo llamaba el bosque claro, porque a pesar de ser umbrío su vitalidad era ciertamente clara, desposeída de misterio, familiar. Por eso pasaba ahí tanto tiempo, y a menudo sentía como si yo perteneciera a esa pinaza, a esa sombra, a esas luces, a esas piedras. Él nunca venía conmigo y tampoco le vi adentrarse solo. Ahora me pregunto si quizás por este motivo él se decepcionó de mí y acabó por rechazarme de ese modo, el modo de la indiferencia”.
Un clima algo sombrío
Dice llamarse Rune. Juega con la pronunciación de la letra R. “Últimamente pasan cosas muy raras y yo tengo que estar alerta todo el tiempo”, adelanta en un clima algo sombrío, algo nebuloso. Viven en una casa grande, pero no están solos: había tres mujeres. Una de ellas llevaba un manojo de llaves atado al cinto. Era la jefa y se llamaba Poli. Las otras dos eran “las Mirtas”.
En el relato se habla de escopetas, de niños con alas, de conejos, una huerta, lajas de piedra, alfombras, sillones, ojos de pájaro, cuadernos, fuego y viento, oraciones y rezos, jardineros, torres de libros. La niña aprende a escribir mientras Él –así, en mayúscula, de forma magnánima como en la película homónima de Luis Buñuel– se sumerge en el estudio y la ignora de forma permanente.
“No es sencilla la honestidad. Me cansaba mucho. Me sentía perdida”, y recrea que todas las mañanas, con la luz nueva del día, retiraba sus vestidos de dormir y se ponía delante de un espejo. El espejo oval. Se refleja en su cuerpo escuálido, blanco, huesudo. Pero no puede dejar de pensar en Él: de pronto, su ausencia se hace insoportable.
“Así fue durante un tiempo, aparecía y desaparecía, sin aparente motivo. Nunca fuimos a la capital, nunca fuimos a buscar un vestido. Después desapareció del todo. Y yo empecé a buscar sus huellas. Las busco en mi memoria. Las busco en todas las cosas. Las cosas desaparecidas dejan huellas. A veces no sabemos distinguirlas. Pero las huellas están, son como el remanente de la vitalidad. Por eso me fijo siempre en las huellas. Siempre me he fijado”.
En Las vitalidades, Ángela Segovia construye un lenguaje de frases cortas, concisas, bloques despojados y poéticos que rompen toda temporalidad o progresión dramática. La novela se mete de lleno en el limbo mental de la protagonista, tan mística como imprevisible.
“Habría querido que ellos me enseñaran. Habría querido que él me enseñara sus libros y que me contara el motivo de su estudio. Habría querido que las mujeres me enseñaran a preparar los fiambres, las frutas en conserva, el queso. Habría querido que me enseñaran a coser la ropa, a planchar la ropa, a dejar las habitaciones limpias. Pero ellas a mí nunca me hablaban. Creo que me tenían miedo. Cuando me acercaba a ellas sus miradas se volvían. Cuchicheaban. Se iban a otra parte para seguir haciendo sus tareas. Yo las seguía. Las seguía hasta que me cansaba y entonces me iba a deambular sola, como siempre”, profundiza Rune, en un aislamiento cada vez más inasible.
Los bordes de la locura y la sensatez
En los bordes de la locura y la sensatez, de la inocencia y la crueldad, de la incomunicación y la disfuncionalidad familiar, de los sentimientos “que se derriten”, la niña-mujer, sola y joven, se hunde en la angustia, empieza a comer y dormir poco, y va perdiendo el contacto con las cosas.
Ángela Segovia es autora de Las vitalidades (Mar de Fondo). Foto: redes sociales.Dice, en monólogo íntimo: “Me arrastraba hacia el interior de la casa y subía a mis habitaciones y permanecía ahí reposando, pues estaba muy cansada”. Quieta y muda, con un gato como testigo, se enferma y un doctor la visita con frecuencia. Se suceden la misteriosa visita de un hombre llamado Bedeutung y de un hermano. Otra frase: “Las vitalidades no son mentira ni son verdad, simplemente son lo que son”. Además de Él, desaparece el jardinero, desaparecen pájaros.
“Creo que esa noche lo odié. O algo parecido. Sentí que no solo él se alejaba irremediablemente de mí, sino que yo también había empezado a alejarme de él. Las cosas cambiaban, cambiaban irremediablemente”, se confiesa, a la vez que marca que otras cosas permanecían y que “ningún secreto se revela de frente”.
Ser paciente, esperar, hacerse la despistada. Corre descalza por el jardín. Se aferra cada vez más al animal: “Así que comía poco y simplemente atendía. Fue entonces cuando más me encariñé con el gato, pues mientras todo lo demás se alejaba de mí, el gato se me acercaba, o acaso era debido al contraste que me parecía más cercano que nunca”.
Pondera las virtudes del aburrimiento mientras languidece, poco a poco, en un estado de estupor, algo que la hace dudar de las vitalidades. Espectral, estremecida, lírica y breve, Las vitalidades se toca con novelas recientes como Metempsicosis, de Rodrigo Rey Rosa, en tanto se recrea una atmósfera interior de enigma y ambigüedad, y dialoga también con la tradición de mujeres encerradas, de Cumbres borrascosas a las ficciones de Maggie O’Farrell.
Rune como una voz que escucha, que espera, que escribe, que crece entre silencios, aliados y enemigos, y un mundo desplazado de la realidad. Con aire a Emily Dickinson, la nouvelle transmite esa arcaica sensación de que no siempre hay que intentar explicar ni entender el universo de lo sensible, y arroja una inevitable pregunta: ¿querrá salir Rune de ese mundo tan estrecho y ensimismado o está imposibilitada de conectarse con otros más allá de los que pocos que conoce?
Las vitalidades, de Ángela Segovia (Mar de Fondo).









